Ellen Goodman

Premio Pulitzer al comentario periodístico.

 

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Ellen Goodman – Boston. No soy el tipo de persona que satura de bromas los correos electrónicos de mis amigos. Ni acoso a la familia con enlaces al video de langostas bailarinas más reciente de YouTube.

Sin embargo, la decisiva mañana después de que Susan Boyle dejara pasmados a los jueces de “Britain’s Got Talent,” me uní a las hordas del reenvío. Su encuentro con la fama y los prejuicios, incluyendo los míos, y el momento en que su sonido vocal hizo pedazos las expectativas, pasaron a formar parte del fenómeno de las 100 millones de visitas.

Pero en cuestión de 24 horas después de haber apretado el botón de enviar, tenía la misma sensación que se tiene después de una estupenda primera cita cuando de pronto, en contra de tu voluntad, ves venir cómo se va a desarrollar la historia hasta la ruptura. El argumento en este caso pasaba de la sorpresa a la decepción, del sonido rasgado a las cejas arqueadas.

En Internet, Susan era apodada “el ángel velludo,” “la solterona cantante,” por no mencionar “la soltera parada de 47 años amante de los gatos.? La palabra ??desaseada? le fue colgada como un tatuaje. Todo el mundo la consideró su propio descubrimiento agradable. Pero sus 15 minutos de fama, bueno, sus 15 días de fama han abastecido de munición el mano a mano entre esas dos corrientes que se entrelazan e hilvanan toda nuestra cultura: la autoaceptación y la cultura del retoque.

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¿Operarse o no operarse? Esa era la pregunta que le pisó sus planos tacones al bajar del escenario y ser objeto de atención. Ella se convirtió en una plantilla de nuestra ambivalencia. Y la suya propia.

??¿Por qué tendría que importar mientras pueda cantar?? declaraba Susan a un rotativo británico. ??Por ahora estoy feliz como soy — bajita y rechoncha? ¿Qué tiene de malo parecer Susan Boyle? ¿Cuál es el problema??

Pero también decía, “No ha sido hasta que me vi en televisión que me he dado cuenta del aspecto desaseado que tengo.?

Una de las jueces aconsejaba, “Debe quedarse exactamente como está porque ese es el motivo de que nos encante.? Pero ésa era Amanda Holden, rubia de bote, botoxificada y retocada. ??En el momento en que la transformemos en un icono del glamour se echará a perder,” decía este icono del glamour.

Entonces se produjo el cambio radical light de Susan. La chaqueta negra, el pelo castaño en su sitio y teñido, las cejas recortadas, eran analizados con más intensidad que la transformación de Arlen Specter en Demócrata. Hubo más encuestas en Internet del aspecto de Susan que de los 100 días de Barack Obama. Los lectores de la página de ??Access Hollywood? prefirieron el cambio de imagen por 3 a 2 votos en la encuesta más concurrida que se recuerda. Y los lectores de US Weekly votaron en contra del cambio de imagen por un margen de tres puntos.

Estoy segura de que todos podríamos hacer mejor uso del tiempo estudiando los informes de las torturas que las fotografías del cambio de imagen. Pero rascando la superficie de la historia de Susan aparece la reinterpretación de la mítica lucha entre los finales felices alternativos de ??Shrek? y ??Pygmalion,? ??El patito feo” o “Cenicienta.?

Esta lucha entre aceptación y cambio se desarrolla en los medios que ponen el listón de la belleza sorprendentemente alto. Tenemos ??Betty la fea? (aunque con ortodoncia) coronando a docenas de estrellas que parecen supervivientes del último “Cambio Radical más Extremo.?

Después está Oprah Winfrey, una mujer que hace campaña por la autoestima en solitario en cualquier forma y tamaño. Pero el número de la revista O trae un apartado de cambio de imagen (al que sólo cambia que el tema es combatir el cáncer), y también predica la cura de la celulitis, otra más en la creciente lista de partes del cuerpo que necesitan de retoques.

Susan Boyle deja un rastro de lágrimas en la audiencia por ser un talento estéticamente desafortunado. Pero también las provoca el disputado y autocompasivo concurso “El mayor perdedor.?

Esos incondicionales que le suplicaban que no cambiara un solo pelo de sus cejas defienden su autenticidad. Rosie ???Donnell elogiaba a “esta dama friki,” como “algo auténtico en un mundo normalmente prefabricado.? ¿Pero no hay diferencia entre autenticidad y un mal día? ¿Es auténtica la halitosis mañanera y “prefabricada” la pasta de dientes?

Mi propia narrativa Susan descansa sobre el temor a que en nuestra ambivalencia busquemos con demasiada fruición que alguien (diferente) sea una fuerza de resistencia de una única mujer en guardia. Tanto las mujeres que luchan contra como las que sucumben a estándares de belleza que vienen pareciendo tan implacables como poderosos quieren que alguien que no sea ellas dé la nota correcta. También quieren ver a alguien feliz con su piel desmaquillada y marcada por la celulitis. Es una tremenda presión que poner sobre una mujer de mediana edad que está a punto de hacer frente a una segunda ronda de escrutinio de su talento delante de una audiencia mundial. En realidad no es su lucha, es la nuestra.

Susan Boyle es una persona, no un fenómeno. La vida la está cambiando radicalmente. Que la lleve donde deba.

Ellen Goodman
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