Ellen Goodman

Premio Pulitzer al comentario periodístico.

 

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Ellen Goodman- Londres. Sí, hay algo más cosmopolita que tener arenques ahumados para desayunar. Es que te ofrezcan donaciones para lavar la conciencia.
Tras 7 horas y 5.351 kilómetros llego aquí, abro el periódico y me encuentro con que un laboratorio de ideas británico, el Fondo de Población ?ptima, me ofrece una oferta. Como buena medioambientalista, puedo contrarrestar las 1,1 toneladas de emisiones lanzadas a la atmósfera por mi vuelo trasatlántico haciendo una donación de 7 dólares a un programa de planificación familiar.
Bueno, no soy aficionada a los bonos de intercambio de emisiones, que se podrían describir como comodines. No me entra en la cabeza la idea de que podremos contrarrestar nuestras díscolas costumbres plantando árboles en la Amazonia. La idea de que puedo equilibrar viajar en avión evitando unas pequeñas emisiones me parece de un elitismo propio del Raj. Para demostrar realmente la idea, el artículo de la prensa era ilustrado mediante una composición de bebés africanos dentro de un círculo. Así que puedo barrer de un plumazo a los de los bonos de población.
Pero la ironía reside en que al menos tres instituciones así están creando una relación entre crecimiento de la población y cambio climático. Es más de lo que están haciendo los científicos en la conferencia de Copenhague.

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Los de las instituciones pueden hacerse los sordos, pero los asistentes a la conferencia parecen más sordos que una tapia. Las materias a debate van de las energías limpias a la protección de los bosques, pasando por los bonos de emisiones y la implantación de un tratado. Los países discuten de todo lo relativo al cambio climático inducido por el hombre menos de la cantidad creciente de hombres que lo inducen.
Un viejo fatalismo en torno al crecimiento de la población se ha asentado desde 2007, cuando el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático declaró el asunto virtualmente intocable. “El alcance y la legitimidad del control de la población”, advertían, seguían siendo “objeto de un debate en curso”.
Una parte importante de la polémica, por supuesto, queda sobradamente ilustrada en la implicación de que algunos países puedan mantener su elevada fracción de emisiones a base de reducir la natalidad en los demás países. Como dice Robert Engelman, autor de un reciente informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), “Existe la percepción de que los países ricos con menores índices de fertilidad están arrojando dudas sobre los países más pobres con elevadas tasas de natalidad, culpándoles por tener demasiados hijos”.
El vínculo entre crecimiento de la población y medio ambiente también se ve afectado por el hecho de que los pocos jóvenes de mi familia estadounidense son responsables de emisiones contaminantes superiores a las de muy pocos habitantes de los países en vías de desarrollo. Lo que es aún más importante, existe la idea persistente — fijada por la represiva política de un hijo por pareja que impone China — de que la planificación familiar es “control de la población” impuesto por los gobiernos en contra de los deseos y la voluntad de las familias.
Pero desde la conferencia de población de la ONU en 1994, la política de planificación familiar internacional se ha centrado en permitir que hombres y mujeres tomen sus propias decisiones. Hemos conocido la relación directa entre educación y oportunidades económicas para las mujeres y las familias más pequeñas, más sanas y más adultas.
Resulta que toda sociedad que ofrece un abanico amplio de opciones anticonceptivas e información a las mujeres tiene un índice de natalidad de dos hijos o menos — y esto incluye a los países en vías de desarrollo como Irán o Tailandia. El tamaño medio de una familia hoy se ha reducido de cinco hijos a dos y medio. Pero sigue habiendo cientos de millones de mujeres casadas que no tienen acceso a estos servicios o esta información.
Kathleen Mogelgaard, especialista en población y cambio climático de Population Action International, está segura de que “lo bello de establecer esta conexión es que gran parte de este debate medioambiental está relacionado con decir a la gente lo que no puede hacer. No puede talar bosques ni consumir combustibles fósiles. ?sta es una forma de abordar el desafío dándoles lo que quieren”.
En la actualidad hay casi 7.000 millones de personas en el mundo. Los científicos proyectan que hacia 2050 habrá 9.500 millones. En la práctica podrían ser 8.500 millones o 10.500 millones.  Dependiendo de lo que hagamos.
Como dice Thoraya Obaid, del UNFPA, “No hay inversión en desarrollo que cueste tan poco y que acarree beneficios tan enormes y generalizados”.
Sigue habiendo gente incómoda con la noción de que pueda haber demasiado de algo bueno: seres humanos. Pero Engelman responde, “Nuestro impacto sobre el planeta es sobrecogedor. Decir que no tiene nada que ver con nuestra cantidad es ridículo”.
En Copenhague, la conversación se centra en las soluciones tecnológicas y las renuncias políticas. Las respuestas son redactadas por científicos, gobiernos, meteorólogos y expertos en economía. El silencio en torno a la población se origina en la creencia de que el problema humano es el menos abordable. Pero puede que no lo sea.
¿Qué pasa si podemos aligerar el peso sobre el planeta al tiempo que ampliamos las oportunidades de las mujeres? Ese es el tipo de contrapeso que me va.

Ellen Goodman
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