Ellen Goodman

Premio Pulitzer al comentario periodístico.

 

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Ellen Goodman – CASCO BAY, Maine – Estoy de vuelta en mi puesto. Pies plantados en la barandilla del porche. Espalda relajada contra el familiar contorno de la silla Adirondack.

En el comedero de aves que tengo delante, jilgueros nerviosos compiten por la misma percha como si no hubiera un montón de salientes vacantes en su banquete de semillas de girasol. Un valiente colibrí deja de perseguir a sus enemigos mayores para ver si me merece la pena su tiempo y después sigue.

La casa está tranquila esta mañana. Un chaparrón veraniego ha dado paso, por fin, al sol. Un verano familiar ha dado paso a la soledad. Los superhéroes a los que hay que obedecer y los mini-médicos que buscan un paciente adulto han guardado su imaginación y nos han dejado en paz para difrutar del paisaje. La algarabía de nietos es sustituída por el zumbido de la motora del vecino en la cala.

Escardar, dice el dicho, es el programa de pleno empleo del jardinero. Pero los niños son el programa de pleno empleo de los abuelos. El cultivo de uno ha dejado libre el otro. La mala hierba se ha convertido en la producción más fiable de nuestro jardín.

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Así que dedico mi atención al jardín y después me dedico a mi escarda.Es hora de seleccionar las fotos familiares de mi portátil. La foto de nuestro payaso del Cuatro de Julio. Los cangrejos en el balde. La épica guerra de agua. Los primos de picnic en un extremo rocoso que antes sólo podían navegar con ayuda adulta y ahora suben con soltura en solitario.

Elijo la mejor – un álbum de posados felices en días soleados – aunque no sin preguntarme por mi papel como editora. Las Brownie y Kodachrome de mi infancia y maternidad han sido sustituidas por la cámara digital y el omnipresente teléfono móvil como abuela.

Estos vienen con sus botones de instantánea y borrado que dejan constancia de la infancia como una gran sonrisa. Hay hasta una cámara con un detector de sonrisas que toma la foto automáticamente al despuntar el blanco de los dientes. ¿Ahora se editan los ceños fruncidos de las fotos de la infancia igual que antes se eliminaban las fotos con el flash reflejado en los ojos?

Pero estoy aquí como abuela, no como editora. Así que voy a transformar el álbum de fotos de experiencias en recuerdos, y los voy a añadir a la galería de recuerdos familiares que hace cola en el pasillo de nuestra casa. Hay primos que pueden verse a sí mismos y su infancia en una especie de animación.

Es, supongo, oficio de los abuelos crear recuerdos y el vínculo de los recuerdos: las tradiciones. Queremos presentar momentos, como instantáneas, en el video del momento fugaz. Queremos ampliar la zona de confort de rutinas emocionales.

Sospecho que ésta es una forma de formar vínculos con unos nietos que hacen propias las tradiciones con la misma facilidad natural con la que, paradójicamente, juegan al último juego de ordenador.

Mi nieta de 7 años ya tiene lista de tradiciones estivales. Ella llega en el ferry con su Tamagotchi y una lista de cosas que hacemos en la isla. El paseo a la tienda de helados. La recogida de vidrio y conchas de mar que se ordenan cuidadosamente sentadas en la misma piedra de clasificar. Ella viene también con recuerdos para los que no hay fotografías. El día del gusano de la tomatera. La noche de los murciélagos.

Mi nieto de 6 años espera la “comida del cóndor” de la abuela para desayunar y un cuento al acostarse. Memoriza auténticas “historias de la abuela” de mi repertorio, e insiste en otra variación del cuento protagonizada por “una mano siniestra y otra amiga”. Junto a los juegos electrónicos que tememos se hayan apropiado de su capacidad mental, hay espacio para todas las historias de travesuras infantiles de su abuelo.

Los padres – me acuerdo muy bien – están atrapados en la cotidianeidad de la educación de los hijos. Sin embargo los abuelos, imbuidos de un sentido diferente del tiempo, crean un arco narrativo a través de generaciones. Si los padres son el impulso de la vida de un niño, nosotros nos convertimos en los conservadores de las tradiciones.

Qué extraño, pienso mientras ordeno las fotografías, que de todas las generaciones, la mia acabe como tradicionalista. ¿No éramos los que cuestionábamos toda la cultura, las relaciones entre maridos y mujeres, las ideas preconcebidas sobre la familia? ¿No somos los que nacieron antes de la televisión y, en un abrir y cerrar de ojos, tengo tarjeta de Medicare y iPhone al mismo tiempo? ¿No éramos los agentes de cambio declarados de nuestro país?

Sin embargo, aquí estamos después de todo este tiempo, con los hijos de nuestros hijos. Nos hemos convertido, de todas las cosas, de todas las personas, en los coleccionistas de recuerdos y constructores de las tradiciones familiares. Esto es lo que hacemos con la gente menuda en una pequeña isla, una imagen, una historia, y un verano tras otro.

Ellen Goodman
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