E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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La carga más terrible de la presidencia – el poder de enviar a hombres y mujeres a morir por su país – parece pesar tremendamente a Barack Obama en este momento. Acudió a la base de las Fuerzas Aéreas en Dover a recibir con honores los ataúdes de los soldados caídos. Pronunció un conmovedor discurso en la ceremonia en honor a las víctimas de los asesinatos de la semana pasada en Fort Hood. El Día del Veterano, después de la tradicional ofrenda floral en el Cementerio Nacional de Arlington, dio un paseo no programado entre las hileras de lápidas de mármol del Sector 60, donde están enterrados los muertos de las dos guerras abiertas.

Obama debería tener presentes estas imágenes mientras decide si escalar o no la guerra en Afganistán. Los cálculos geopolíticos tienen consecuencias humanas. Enviar más tropas significará que van a llegar más ataúdes a Dover, que se celebrarán más funerales en Arlington, y que habrá más tensión y dificultades para las familias de militares. Sería equivocado exigir sacrificios así en ausencia de objetivos militares claros, alcanzables o dignos.

¿Y qué objetivos en Afganistán satisfacen remotamente estos criterios?

The Washington Post informaba el miércoles que el embajador estadounidense en Kabul, Karl Eikenberry, enviaba hace poco dos comunicaciones clasificadas a funcionarios en Washington expresando lo que el rotativo calificaba de “dudas serias” de enviar más efectivos ahora.

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El General Stanley McChrystal, elegido por Obama para encabezar a las fuerzas estadounidenses destacadas en Afganistán, ha solicitado alrededor de 40.000 efectivos adicionales para llevar a cabo una campaña de contrainsurgencia. Los Napoleones de sillón en Washington, cómodamente instalados en sus oficinas de librerías alineadas, insisten en que Obama tiene que “escuchar a los generales.” Pero Eikenberry era un General de cuatro estrellas hasta que Obama le eligió a principios del año como representante diplomático. Encabezó a las tropas estadounidenses en Afganistán entre 2006 y 2007. También debe ser escuchado.

En lo que se describen como comunicaciones clasificadas de lenguaje muy calculado, Eikenberry expresa al parecer serias dudas de la voluntad del Presidente afgano Hamid Karzai de combatir la corrupción y la mala administración que han vuelto a su ejecutivo tan impopular e ineficaz — y que han permitido a los Talibanes conservar en la práctica el control de gran parte del país.

Karzai, recordará usted, cometió lo que los observadores describieron como fraude electoral flagrante y generalizado “obteniendo” un nuevo mandato para gobernar. En muchas regiones de Afganistán, el gobierno de Karzai es percibido de una manera tan débil y corrupta que los Talibanes han sido capaces de colarse como la menos mala de las alternativas.

Resulta axiomático que un programa fructífero de contrainsurgencia exige una sociedad con un gobierno legítimo y fiable. Si el régimen de Karzai no es un socio así, el objetivo que debería seguir McChrystal de seguir adelante con esos 40.000 efectivos extra no debería ser factible.

Obama también está considerando presuntamente escenarios en los que enviaría alrededor de 30.000 tropas extra, convenciendo de alguna manera a nuestros reticentes aliados de la OTAN de aportar la diferencia, o enviar alrededor de 20.000 tropas y modificar el plan de McChrystal optando en su lugar por una estrategia “híbrida” compuesta parte de contrainsurgencia y parte de contraterrorismo. Soy escéptico con que los objetivos fijados por cualquiera de estas opciones sean factibles, y estoy seguro de que ninguno de los objetivos está claro.

Tras sus visitas a Dover, Fort Hood y el Cementerio de Arlington, Obama debería centrar la atención de la Casa Blanca y el Pentágono en una cuestión que con demasiada frecuencia se deja a un lado: ¿Qué tropas?

Nuestras fuerzas armadas profesionales llevan ocho años en guerra sin final a la vista, cumpliendo calendarios de turnos de hasta 15 meses en las zonas de guerra de Irak y Afganistán. Se han movilizado muchas unidades para cumplir múltiples rotaciones. En contraste, la mayor parte de los veteranos de la Guerra de Vietnam estuvieron en el ejército un único turno de un año de duración.

Librar dos guerras simultáneamente con fuerzas armadas sometidas a tales tensiones ha puesto un enorme peso emocional, psicológico y económico sobre las familias de los militares. El índice de suicidios en las Fuerzas Armadas ha crecido constantemente, como la incidencia de los desórdenes por estrés entre los veteranos. El Pentágono es aficionado a enviar a su gente por todas partes y ha encontrado la forma de proporcionar los 40.000 efectivos que quiere McChrystal. Pero cualquier nuevo despliegue pasará una considerable factura — un coste humano — mucho más allá de los miles de millones de dólares necesarios para entrenar, equipar, transportar y mantener a las unidades que se están enviando.

Hay rumores de que Obama se ha negado a aprobar cualquier plan hasta que sus asesores le digan la forma en que proponen poner fin a la guerra ampliada que defienden. Pero esto suena como otra forma de decir: quiero saber la forma de corregir el error que estamos a punto de cometer.

Mientras nuestros objetivos en Afganistán sigan estando tan cogidos con alfileres como ahora, Obama no debería enviar tropas. Debería estar trayéndolas.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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