E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

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Eugene Robinson – Washington Post. La tendencia se ha convertido en el sucedáneo de la lógica en Afganistán. No estamos luchando porque haya un conjunto claro de objetivos factibles. Estamos en guerra, al parecer, porque estamos en guerra.

No se puede sacar más conclusión de las declaraciones circulares, contradictorias y confusas que los mandos y los partidarios del conflicto siguen haciendo. El Presidente Obama, durante una entrevista con la CBS grabada el pasado viernes, decía que es “importante para nuestra seguridad nacional acabar el trabajo en Afganistán”. Pero mientras finalizaba el mes más letal para las tropas estadounidenses, Obama distaba de ser claro a propósito de cuál puede ser exactamente ese trabajo.

“Nadie cree que Afganistán vaya a ser un modelo Jeffersoniano de democracia”, decía Obama. “Lo que pretendemos hacer es difícil — muy difícil — pero es un objetivo bastante modesto, que es: no permitir que los terroristas operen desde esta región. No permitirles crear grandes campos de entrenamiento y planificar ataques contra territorio estadounidense soberano con impunidad”.

Pero si el objetivo de la guerra es eliminar la base de al-Qaeda en Afganistán desde la que se concibieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, ese objetivo se logró hace mucho. No hay presencia sustancial de al-Qaeda en el país ya; las filiales de la red terrorista en lugares como Yemen o Somalia son mucho más robustas, y se sabe que la dirección se oculta en Pakistán. ¿Qué sentido tiene combatir a al-Qaeda donde solía estar, en lugar de hacerlo dónde está ahora?

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Al anunciar su escalada del conflicto, Obama describía su incremento de efectivos como un incremento temporal y prometía iniciar la retirada el próximo julio. La administración sigue insistiendo en que ésta es la política oficial — pero advierte que no esperemos, ya sabe, una retirada real.

“Mi opinión personal es que las retiradas de efectivo regulares serán al principio en cifras bastante limitadas”, decía el domingo el Secretario de Defensa Robert Gates. “Creo que tenemos que volver a hacer hincapié en el mensaje de que no nos marchamos de Afganistán en julio de 2011. Empezamos un proceso de transición y una reducción de nuestras filas, y el ritmo dependerá de las condiciones sobre el terreno”.

Gates afirmaba que la política de la administración en Afganistán “en realidad está muy clara”. Pero es así como la describía: “Estamos en Afganistán porque fuimos atacados desde Afganistán, no porque queramos intentar construir y levantar una sociedad mejor en Afganistán. Pero hacer cosas para mejorar la administración, para mejorar el desarrollo en Afganistán, en la medida en que contribuye a la seguridad de nuestra misión y la eficacia del gobierno afgano en la zona de seguridad, eso es lo que vamos a hacer”.

El Almirante Mike Mullen, jefe del estado mayor, daba una descripción parecida de la misión estadounidense: “Afganistán debe ser lo bastante estable, tiene que tener la administración suficiente, tiene que crear el empleo suficiente, tiene que tener una economía lo bastante buena para que los talibanes no puedan volver” a establecer un régimen brutal con buenas relaciones terroristas.

¿Está bastante claro? No practicamos, repito, no practicamos la construcción de la identidad nacional — pero vamos a reformar una administración indiferente, generar desarrollo económico y crear montones de puestos de trabajo nuevos. A mí me suena a construcción de la identidad nacional en contraterrorismo.

Según Mullen, “la misión central en Afganistán ahora mismo es proteger a la población, desde luego, y eso abarca a todo el mundo. Y eso, en una insurgencia y una contrainsurgencia, es realmente el centro de gravedad”.

Vale, estamos allí para proteger a la población afgana. Pero según todas las crónicas, este esfuerzo ha traído escasos dividendos. La táctica con más éxito ha sido el asesinato selectivo, utilizando vehículos no tripulados con asiduidad, de líderes talibanes — lo que es consistente con una estrategia de contraterrorismo, no con nuestra política de contrainsurgencia declarada. Pero es difícil ganarse el afecto y la lealtad de los afganos mientras al mismo tiempo matamos a civiles inocentes en ataques aéreos contra los talibanes. Podemos ser adorados como los garantes que construyen carreteras y escuelas, o podemos ser temidos como los guerreros que hacen llover la muerte desde el cielo. Es difícil ser las dos cosas.

El Senador Lindsey Graham, R-S.C., firme partidario de la política de la administración en Afganistán, decía estar preocupado porque “una alianza maldita entre izquierda y derecha aunando esfuerzos” pueda consolidarse en contra de la guerra. “Perder allí sería desastroso”, decía. “Ganar allí sería monumental. Y creo que tenemos buenas posibilidades de ganar, pero el resultado no está cantado en ningún sentido”.

Se equivoca. Sin definición real de la victoria ni de cómo alzarse con ella, nuestras posibilidades de “ganar” son cero.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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