E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

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Eugene Robinson – Washington. ¿Hasta qué punto es corrupto el gobierno de Afganistán respaldado por Estados Unidos? Debe quedar claro a estas alturas que el Presidente Hamid Karzai no quiere que nos enteremos. ?l prefería que siguiéramos enviando nuestras tropas y nuestros dólares como si tal cosa, y que no hiciéramos preguntas.

El gobierno de Karzai anunció esta semana que los asesores aliados y estadounidenses, despachados a Kabul para colaborar en la investigación de la masiva y extendida práctica de la extorsión, ya no tendrán autorización para realizar ninguna investigación real. El jefe de gabinete de Karzai decía al Washington Post que el gobierno sigue decidido a eliminar la corrupción, pero tiene intención de hacerlo “dentro del marco afgano”.

Y vaya marco. Karzai está evidentemente molesto con que asesores extranjeros hayan proporcionado pruebas contra uno de sus ayudantes de mayor rango, Mohammed Zia Salehi, acusado de pedir un soborno — 10.000 dólares y un coche nuevo — a una firma de cambio de divisas. A cambio, según el sumario, Salehi cerraría presuntamente una investigación de las alegaciones de que la empresa, llamada New Ansari, había sacado del país de forma ilegal 3.000 millones de dólares en metálico. La mayoría de los fondos terminaron en Dubai, donde se han asentado muchos miembros de la élite afgana acaudalada.

Salehi fue detenido, pero Karzai intervenía para sacarle de prisión apenas siete horas más tarde. Karzai ha dicho que el uso de las escuchas para recoger pruebas contra Salehi constituyó una violación “de los principios de los derechos humanos”. Me pregunto qué otras técnicas estándar de investigación no encajan en el “marco afgano”.

Una investigación rigurosa abierta de la corrupción afgana en los niveles más altos de la administración podría afectar de forma aún más personal a Karzai y su familia. Su hermano, Mahmoud Karzai, es uno de los accionistas de referencia del Banco de Kabul, la mayor institución financiera del país, que casi se declara insolvente la pasada semana entre alegaciones de que esencialmente ha sido saqueado por enteradillos con conexiones políticas.. Mahmoud Karzai reside en lo que el Financial Times describe como “una mansión en primera línea de playa” en Dubai.

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El hermanastro del Presidente Karzai, Ahmed Wali Karzai, es la figura política más poderosa en la región de Kandahar — y según constantes acusaciones, un importante jugador del tráfico de estupefacientes en Afganistán. ?l niega cualquier implicación en el negocio del opio, y Hamid Karzai responde por él, así que no hay nada que hacer. Aquí no pasa nada. A otra cosa.

El Secretario General de la OTAN Anders Fogh Rasmussen, en Washington esta semana para una ronda de consultas con el Presidente Obama, decía al Washington Post que ha instado repetidamente a funcionarios afganos a actuar contra la corrupción. “Todas estas noticias de irregularidades y corrupción son dañinas para el apoyo de la opinión pública a nuestra presencia en Afganistán”, decía, mostrando su dominio del eufemismo.

En este extremo, es imposible evitar la conclusión de que los efectivos estadounidenses luchan y mueren para apuntalar a una administración dispuesta a tolerar — y, presuntamente, impaciente por lucrarse de — una corrupción a escala épica, incluyendo el considerable tráfico de estupefacientes. También es difícil no llegar a la conclusión de que los miles de millones de dólares enviados a Afganistán por el contribuyente estadounidense — destinados a proyectos valiosos como infraestructuras y escuelas — han sido robados por traficantes de influencias ricos con conexiones políticas que dedican gran parte de su tiempo al lujo en las playas de Dubai.

No soy ingenuo. Cualquiera familiarizado con la historia de la política exterior estadounidense sabe que no es la primera vez que Estados Unidos ha proporcionado generosamente herramientas de defensa y bienes civiles a un régimen corrupto. Lo hicimos todo el tiempo cuando los políticos estaban seguros de que nos hacían falta aliados, al margen de lo desagradable que fueran, que sirvieran de baluartes contra el comunismo. Pero la forma que tuvimos de apoyar, digamos, a la vieja cleptocracia de los Duvalier en Haití es distinta a lo que hacemos en Afganistán, donde nuestra generosidad no llega solamente en dólares sino en vidas estadounidenses jóvenes. Esto se parece más a nuestro apoyo al régimen corrupto de Vietnam del Sur — y todos sabemos cómo terminó eso.

El gobierno afgano nunca será capaz de granjearse la lealtad de la nación si los funcionarios son considerados, con razón, más proclives a robar que a liderar. Funcionarios estadounidenses y aliados afirman que Karzai comprende lo importante que es poner fin a la corrupción. Las acciones del presidente afgano, sin embargo, sugieren otra cosa.

En cuanto a las advertencias de Rasmussen, llega un poco tarde; la opinión pública ya se ha revuelto contra la guerra. Pero ahora que comprendemos cómo funcionan las cosas, podríamos volver nuestra misión en Afganistán mucho más eficaz: replegamos las tropas regulares y enviamos simplemente bolsas de deporte llenas de dinero en metálico a Kabul, Kandahar y Dubai.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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