E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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“Antes de tipificar el partidismo político como falta grave, punible con incesantes conferencias de senadores electoralistas y tertulianos presuntamente “despiertos”, recordemos que ciertas elecciones son reales, tienen repercusiones y resultan mutuamente excluyentes.

No estoy hablando de la clase de partidismo por saturación que practica el secretario de la oposición en el Senado Mitch McConnell — la noción de que los Republicanos deben ponerse de parte de cualquier cosa que sea políticamente nociva para los Demócratas, con independencia de cuál pueda ser el impacto sobre la nación. “Lo más importante que queremos lograr es que el Presidente Obama sea presidente de una única legislatura”, decía McConnell el pasado año manifestando una franqueza muy poco común en Washington.

Hablo del partidismo apoyado en polémicas, elecciones legislativas y filosofías incompatibles en torno a la naturaleza y el objetivo del estado. Poderosas fuerzas tiran de la nación en direcciones opuestas. El riesgo del exceso de compromiso es que acabemos donde estamos.

Un ejemplo clásico es la tentativa de relanzar la economía tras la peor recesión vivida desde la Gran Depresión. Cuando Obama llegó a la administración, la crisis era acusada; consumidores y empresas estaban traumatizados, y había un riesgo real de consolidar la tendencia. Cualquier seguidor del economista británico John Maynard Keynes — y Obama estaba siendo asesorado por keynesianos convencidos — tenía para recomendar un empujón muy considerable al gasto público.

En aras del compromiso, sin embargo, un tercio de la batería de medidas de estímulo avanzada por la Casa Blanca consistió de rebajas tributarias — cosa que un keynesiano diría es mucho menos estimulante que el gasto público directo. La historia contará que este gesto al bipartidismo no inmunizó al estímulo frente a la crítica constante de los Republicanos, a pesar de su amor eterno a las bajadas de impuestos. Redujo probablemente la eficacia del estímulo, dando munición a los Republicanos con su reclamación de que no funcionó.

Ahora mismo nos encontramos en una encrucijada parecida. Conservadores y progresistas deberían poder convenir en que la deuda nacional a largo plazo de 14,3 billones de dólares es un grave problema. Las soluciones eficaces, no obstante, no se prestan al compromiso intermedio.

Existen básicamente dos formas de reducir la deuda como porcentaje del PIB: bajar el gasto público o hacer que la economía crezca. El problema reside en que hacer más de lo uno se traduce en hacer menos de lo otro.

Los consumidores todavía son reacios a gastar — cosa comprensible, teniendo en cuenta el paro por encima del 9% y que el valor de la propiedad inmobiliaria no se ha recuperado de la drástica caída. Las empresas tienen una enorme pila de liquidez que son reacias a gastar — no tanto por incertidumbres como por la debilidad de la demanda.

El estado, con bastante acierto, ha intervenido para llenar el vacío. Si recortamos el gasto público demasiado, corremos el peligro de dar al traste con la recuperación — y elevamos la demanda de caros servicios públicos como la prestación por desempleo. Hemos de tomar una decisión: ¿lo más importante ahora mismo es que la economía crezca o recortar el gasto público? Si nos ponemos a hacer las dos cosas, acabaremos no haciendo ninguna de las dos.

Esto es solamente la versión reducida del debate más generalizado acerca del tamaño y las competencias del estado. Hay que tomar decisiones reales.

¿Queremos un gobierno que garantiza la atención médica de los pobres y los ancianos? Según un reciente sondeo del Washington Post, el 72% de los estadounidenses son contrarios a rebajar el gasto público en el programa Medicaid de los pobres como forma de reducir la deuda; el 54% es contrario a elevar la edad de jubilación de los afiliados al programa Medicare de 65 a 67 años.

¿Queremos un gobierno que proporciona a los jubilados una renta adecuada al nivel de vida? El 53% de los estadounidenses es contrario a alterar la seguridad social de forma que se reduzca el ritmo al que crecen las pensiones, según el sondeo del Post. Estas prestaciones son sagradas no sólo para los Demócratas sino también para los Republicanos. En el seno de las dos formaciones, los estadounidenses prefieren ver impuestos más altos a las rentas altas.

Los conservadores de derechas que albergan una opinión radicalmente distinta — de un gobierno mucho más limitado sin los medios para brindar esta clase de red de protección social — controlan hoy la Cámara de Representantes y al Partido Republicano. En el debate del techo de la deuda, han rechazado soluciones a largo plazo que han accedido a la mayor parte de lo que ellos exigían. Lo quieren todo.

Los progresistas que dicen no — que reconocen que hemos de reducir la deuda de formas que no tumben el crecimiento económico ni evisceren las prestaciones — están siendo partidistas por la mejor posible de las razones: mucho está sujeto al compromiso, pero no nuestro futuro como gran nación.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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