E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Los escépticos del cambio climático están desperdiciando sus emisiones. El juego de ocultación que se está desarrollando no tiene nada que ver con la ciencia, sino con las soluciones ?? concretamente, los objetivos de emisiones contaminantes que los ilustrados líderes del mundo prometen cumplir. Es ahí donde las cifras no cuadran.
Cuando la cumbre del clima se reúna en Copenhague la próxima semana, las naciones europeas que han encabezado la cruzada contra el calentamiento global podrán anunciar que el continente ha cumplido los objetivos de reducción de emisiones contaminantes fijados en el Protocolo de Kioto de 1997. Podrían producirse lesiones de hombro de tantas palmaditas de felicitación en la espalda que se van a repartir.
Pero los objetivos de Kioto ya estaban casi alcanzados antes incluso de que fueran fijados. Los objetivos se basan en los niveles de contaminación de 1990 ?? después de que la Unión Soviética y el Bloque Oriental hubieran pasado años saturando el aire con su anticuada industria pesada muy contaminante. Cuando los regímenes comunistas ?? y sus agrietadas economías ?? se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos, las emisiones de la zona bajo dominio soviético se desplomaron casi un 40%. Ahora vuelven a subir, pero siguen estando alrededor de un 35% por debajo de los niveles de la cota fijada por Kioto en 1990.
Esta debacle industrial post-soviética justifica una parte mucho mayor del avance en la reducción de las emisiones contaminantes que nada que puedan poner sobre la mesa los europeos. No es que los europeos no hayan hecho nada. Dejando a un lado el colapso soviético, lograron mantener sus emisiones contaminantes relativamente constantes. En contraste, Japón ?? el orgulloso anfitrión de las conversaciones de Kioto — ha visto elevarse sus emisiones contaminantes desde entonces casi un 9%.

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Los Estados Unidos, por supuesto, nunca ratificaron el tratado de Kioto. Desde 1997, las emisiones contaminantes aquí se han elevado alrededor del 7%. En China ?? que a estas alturas ha reemplazado a Estados Unidos como la principal fuente a nivel mundial de gases de efecto invernadero ?? las emisiones contaminantes prácticamente se duplicaron durante los dos últimos años. Junto a las demás potencias de rápido crecimiento económico como la India o Brasil, China se saltó a la torera cualquier límite que Kioto pudiera haber deseado imponer.
La idea básica es que desde el acuerdo de Kioto hace 12 años, las emisiones contaminantes en todo el mundo se han elevado casi un 30%.
El Presidente Obama, que ha decidido asistir a la Cumbre de Copenhague, planea ofrecer una reducción de 17% de las emisiones contaminantes estadounidenses ?? utilizando niveles de 2005 como referencia ?? antes del año 2020. Dejando a un lado por el momento la cuestión de si esto es factible, política o tecnológicamente, el problema sigue siendo que el cambio climático es un fenómeno global. La acción a nivel local puede terminar teniendo un impacto insignificante.
China está dispuesta a ofrecer su primer objetivo de emisión en Copenhague, y a primera vista parece impresionante: reducción de entre el 40 y el 45% para el año 2020 de su ??intensidad contaminante?. Pero este asunto de la ??intensidad? tiene una letra pequeña de enorme impacto, porque se refiere a las emisiones contaminantes en relación al tamaño de la economía china. Si la economía creció un 10% en un año cualquiera y las emisiones contaminantes crecieron ??sólo? alrededor del 9%, eso cuenta como una reducción. Suponiendo que el crecimiento se prolonga al ritmo actual, las emisiones contaminantes de China podrían elevarse con facilidad un 40% para el año 2020 — y los líderes chinos podrían anunciar al mundo sin mentir haber cumplido sus objetivos.
Hay un montón de cifras, un montón de suposiciones, y un montón de escenarios. Pero incluso si la cumbre de Copenhague resulta ser un éxito arrollador, la concentración de emisiones de efecto invernadero en la atmósfera seguirá creciendo. Esto no significa que todo el ejercicio es inútil, simplemente significa que Copenhague no va a proporcionar la solución definitiva que tantos científicos afirman es un problema urgente.
También es cierto que incluso si todas las emisiones de efecto invernadero pudieran detenerse en seco mañana por arte de magia, los elevados niveles de dióxido de carbono en la atmósfera ?? superiores a los de cualquier momento de los últimos 800.000 años, según los investigadores que estudian las muestras de hielo recogidas en la Antártida ?? tardarán muchas décadas en volver a los niveles históricos.
Si el planeta es hoy más cálido a consecuencia de los gases de efecto invernadero generados por la actividad humana, se va a calentar más. Si las bajas Islas Maldivas desaparecen bajo el Océano Índico debido a la subida del nivel del mar, será un desastre. Si fenómenos atmosféricos ??extremos? tales como huracanes de fuerza considerable llegan a volverse realmente más frecuentes, eso va a elevar el riesgo de catástrofes en las ciudades costeras de todo el mundo.
Pero, ¿qué pasa si la temporada de cosecha en las latitudes más elevadas se alarga? ¿Qué pasa si el transporte a través de los polos reduce drásticamente los gastos logísticos del comercio? ¿Qué pasa si los inviernos son más suaves ?? más agradables incluso ?? en Chicago, Moscú o Pekín? Todos podríamos estar en esto juntos, pero va a haber ganadores y perdedores. Eso es algo de lo que también deberíamos hablar en Copenhague.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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