E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Sarah Palin es una escéptica tan convencida de relevancia de la Cumbre de Copenhague sobre cambio climático que no sorprenderá a nadie que haya pedido al Presidente Obama que no asista. Después de todo, Obama podría unirse a otros líderes en el reconocimiento de que el calentamiento es un “desafío global”. Podría aplazar “oportunidades de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero”. Hasta podría explorar formas de “participar en los mercados de intercambio de emisiones”.
Ah, espera. Esos comentarios no están sacados de algún ideario Euro-socialista. Proceden de una orden administrativa que Palin aprobó en septiembre 2007, siendo gobernadora de Alaska, que establece la creación de un “sub-gabinete” de altos funcionarios estatales destinado a desarrollar una estrategia para paliar el cambio climático.
En aquel entonces, Palin era gobernadora de un estado en el que “la erosión de la costa, la fusión del hielo, el retroceso del hielo marino y las cifras récord de incendios forestales entre otros cambios están afectando, y seguirán afectando, al estilo y la calidad de vida de los habitantes de Alaska”, escribió textualmente. Consciente de esa realidad, sensatamente constituía un grupo de trabajo de alto nivel para trazar un rumbo de acción.

“El cambio climático no es sólo un asunto medioambiental”, escribía Palin. “También se trata de un asunto social, cultural y económico importante para todos los habitantes de Alaska”.

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Palin dejarla caer la creación de la unidad de cambio climático en una columna que firmaba la semana pasada en The Washington Post. Lo que no reconocía era el contraste entre lo que dice ahora del cambio climático y lo que decía — y dijo — en la materia siendo gobernadora del estado se corre un mayor riesgo. Mientras ocupó la gobernación, Palin consideró el asunto como grave, complejo, y merecedor de atención urgente. Ahora que es el icono de un movimiento populista que reacciona con virulencia ante la muestra más remota de intelectualismo idealista más resabiado, escribe como si la idea entera de buscar formas de mitigar el cambio climático fuera una estupidez.

“El clima de Alaska se vuelve más cálido”, escribía Palin a los habitantes de Alaska en un boletín de julio de 2008. “Mientras que se han producido tendencias hacia el enfriamiento y el calentamiento con anterioridad, los expertos del clima nos dicen que el actual ritmo de calentamiento carece de precedentes durante el período de existencia de la civilización humana. Muchos expertos predicen que el clima de Alaska, junto a nuestros vecinos de las latitudes más altas, se volverá más cálido a un ritmo superior al de muchas otras zonas, y el calentamiento se prolongará durante décadas”.

En su decreto, Palin solicita al subcomité que desarrolle recomendaciones en torno a “las posibilidades de reducir las emisiones de efecto invernadero vertidas desde Alaska, incluyendo el uso generalizado de combustibles ecológicos, medidas de ahorro energético, medidas de eficacia energética, energías renovables, administración del suelo y planificación de infraestructuras”. También solicita específicamente al grupo que examine “los mercados de intercambio de emisiones”.

Pero en su columna de la pasada semana, Palin — al tiempo que reconoce la existencia de “tendencias medioambientales cíclicas y naturales” y la posibilidad de que la actividad humana pueda contribuir al calentamiento — afirma sin sonrojarse que “cualquier beneficio potencial de las políticas de reducción de emisiones propuestas se ve sobradamente contrarrestado por su coste económico”. Lo que otrora llamó “mercados de intercambio de emisiones” ahora es denunciado como “la propuesta de intercambio de emisiones de los Demócratas”.

Palin cita el “Clima-gate” del escándalo de los correos electrónicos como motivo suficiente para que el presidente se salte la cita de Copenhague. He escrito con anterioridad acerca de esos correos y del motivo de que, a pesar de lo que dicen los escépticos, ni siquiera se acerquen a demostrar que la ciencia del clima sea un fraude, esté politizada o esté fundamentalmente equivocada. La prueba más evidente de cambio climático se encuentra en el Ártico, y Palin lo ha visto de primera mano.

En su boletín de 2008, Palin menciona expresamente una aldea costera, Newtok, que tendrá que ser desplazada a causa de la inundación causada por los efectos del ascenso de las temperaturas. Desde entonces se han desarrollado planes de contingencia para dos municipios más, Shishmaref y Kivalina. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército ha identificado más de 160 aldeas que están amenazadas, según un reciente boletín enviado por el sucesor de Palin, el Gobernador Sean Parnell. Al menos 31 ocupan la categoría de riesgo “inminente”.

En caso de que alguien se lo esté preguntando, el municipio natal de Palin, Wasilla, se encuentra asentado sobre una formación a 333 pies — a salvo y seco.
El secretario del grupo de trabajo del gabinete que constituyó Palin para desarrollar una estrategia de cambio climático, Larry Hartig, está convocado para realizar una presentación en la cumbre de Copenhague. Colgada en la red con antelación, la presentación ilustra que en los habitantes de Alaska no se quejan únicamente de la posibilidad abstracta del impacto del calentamiento. Se están enfrentando a una situación muy real.

Predigo que vamos a ver más piruetas artísticas de esta clase por parte de Palin. Tomó un buen número de decisiones inteligentes, razonables y prácticas como gobernadora — y ahora parece que va a estar obligada a renunciar a todas ellas. Sus legiones de detractores de la política fiscal tienen una única respuesta — una negativa a alaridos — para cualquier pregunta.
Palin es más lista que todo eso, pero tiene que bailar al son de sus seguidores — no mientras Roma arde, sino mientras el municipio de Nome se derrite.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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