E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington.  La candidata del Presidente Obama a ocupar la vacante del Tribunal Supremo, la magistrada Sonia Sotomayor, es una mujer latina orgullosa y competente. Este hecho aparentemente está empujando a algunos destacados Republicanos a farfullar incoherencias envenenadas.”Un candidato varón blanco racista sería obligado a retirarse. Una mujer latina racista también debería retirarse,? se despachaba el ex presidente de la Cámara Newt Gingrich el miércoles en Twitter. Mi primera reacción fue que los políticos a partir de una determinada edad nunca deberían recorrer en solitario los parajes flanqueados de peligros de una red social. Mi duda fue: Oye, Newt, ¿qué me estás contando ?

Rush Limbaugh también — como era de esperar — divagó sin parar acerca de cómo Sotomayor es “una racista al revés,” y de cómo Obama también lo es. Pero al contrario que Gingrich, Limbaugh no pide que se le tome en serio. Simplemente espera que se le pague.

El arrebato de Gingrich fue la reacción a un comentario ampliamente difundido y sacado de contexto de un discurso del año 2002 en el que Sotomayor reflexionaba acerca de cómo su identidad afectaría o no afectaría a sus veredictos como juez federal. Lejos de ser alguna especie de perorata “racista,” el discurso se trataba en realidad de una meditación en torno a la experiencia de una verdad universal por parte de Sotomayor: quienes somos va a influenciar inevitablemente lo que hacemos.

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Cada uno de nosotros arrastra por la vida un conjunto único de experiencias. Las de Sotomayor resultan ser las experiencias de una mujer latina brillante y dinámica — una  neoyortina que creció en los complejos sociales del Bronx, se licenció con matrícula de honor en Princeton, dirigió el Yale Law Journal, trabajó como fiscal en Manhattan y abogado corporativo, y ocupó un puesto durante 17 años en la magistratura federal y como juez de apelaciones.

Teniendo en cuenta la clase de trayectoria impoluta — y teniendo en cuenta que, según el asesor presidencial David Axelrod, tiene más experiencia en el estrado federal que ningún candidato a ocupar un puesto del Supremo en 100 años por lo menos — es comprensible que los críticos Republicanos tengan que agarrarse a clavos ardiendo.

La acusación de que es “una activista judicial” no encuentra sustento en su voluminosa trayectoria. Sus críticos han aprovechado un veredicto de un caso que instruyó llamado Ricci contra DeStefano, que implica la demanda por discriminación inversa de un grupo de bomberos blancos de New Haven, Conn. Pero la acción de Sotomayor en ese caso es entendida más adecuadamente como ejemplo de contención judicial.

Lo que sucedió fue que el consistorio convocó unas oposiciones para bomberos y ningún afroamericano — y sólo un hispano — las aprobaron. Temiendo perder apoyos en su iniciativa por diversificar la dirección del parque de bomberos, y temiendo la demanda de los grupos de derechos civiles, el ayuntamiento canceló las oposiciones. Los bomberos que aprobaron no obtuvieron el ascenso que esperaban. El juez del distrito dictaminó que el consistorio había actuado en el marco de la ley, y un panel de jueces de distrito de apelaciones de Nueva York — que incluía a Sotomayor — ratificó la sentencia.

Los atacantes de Sotomayor no comprenden o no reconocen que el asunto ante la justicia no era si el consistorio de New Haven había actuado con justicia o no al anular los resultados de las oposiciones, sino si había actuado o no dentro de la legalidad. Había bastantes precedentes que apuntaban a que la acción era, en la práctica, legal. Yo pensaba que toda la teoría de la contención judicial consistía en que no queríamos que jueces que no han sido elegidos democráticamente fueran diciendo lo que tenían que hacer a nuestros gobernantes electos. Pensaba que la idea conservadora era que se suponía que los jueces sólo debían “juzgar el partido” — lo cual es precisamente lo que hicieron Sotomayor y sus colegas.

Ah, pero siempre hay segundas lecturas. Al igual que con el discurso de 2001 de Sotomayor, el caso de New Haven giraba realmente en torno a pertenencia a minorías — y el poder. En ambos casos, como interpretaron los críticos de Sotomayor, las minorías reclamaban u obtenían una especie de ventaja sobre los varones blancos. No importa que esta percepción carezca de cualquier base. El concepto mismo parecía ser suficiente para iniciar una reacción termonuclear.

A pesar de los mejores esfuerzos por parte de Gingrich y Limbaugh entre otros, probablemente el proceso de confirmación no va a girar en torno a la raza. Sus cualificaciones son impecables, su trayectoria es moderada y, según sus colegas, su personalidad es ganadora. Durante las vistas de su confirmación, tendrá oportunidad de aportar el contexto ausente en cualquier comentario que se le reproche. En ausencia de alguna sorpresa de última hora, no puedo imaginar alguna forma en que sus detractores en el Senado pudieran desencaminar su nombramiento.

Tampoco puedo imaginar que vaya a simular ser alguien diferente a quien es. Sonia Sotomayor ha dejado claro que está orgullosa de su identidad, y ofrece ese orgullo no como una afrenta, sino como un ejemplo — no es blanca, no es un varón, no es sajona, no se inclina a pedir perdón. Ella es la nueva cara de América, y tiene una sonrisa deslumbrante.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.

 

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