E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington:  ¿Qué se puede decir de un funcionario público que ridiculiza a aquellos que “cogen la puerta” — y después comparece ante la prensa para anunciar que se marcha? ¿Una gobernadora que afirma que “el camino fácil y sin ningún valor” sería agotar los 18 meses que quedan de su mandato? ¿Una político ambiciosa que dice que “la vida es demasiado corta” para preocuparse de cosas aburridas como, ya sabe, la responsabilidad o el deber?Se puede decir que todos aquellos de nosotros que nos tomamos en serio alguna vez a Sarah Palin — o que simulamos tomarla en serio — deberíamos estar profundamente avergonzados. Y se puede decir que John McCain debería disculparse públicamente por poner en peligro a la nación que ama eligiendo a Palin como su compañera de lista. Imaginar a Palin a un pelo de la presidencia debería ser suficiente para provocar escalofríos hasta al más convencido de los Republicanos.

Los motivos que dio para dimitir no son sólo rebuscados o implausibles sino literalmente absurdos. ¿La forma más eficaz que tiene de servir a los habitantes de Alaska es abandonando el ejercicio de sus funciones como jefa del ejecutivo? ¿Que le preocupa que como funcionario saliente se vea obligada a desperdiciar de alguna forma dinero del contribuyente en banquetes inútiles? Durante su rueda de prensa estilo “No llores por mí, Alaska” anunciando su salida, las conclusiones campechanas — “Sólo los peces muertos se dejan llevar por la corriente” — sonaron a perlas de lógica Cartesiana en una bañera de puré.

Pero estoy afirmando lo evidente. El tema es que la incapacidad de Palin para desempeñar un cargo público ha sido evidente todo el tiempo. Tina Fey lo entendió a la primera; el resto de nosotros fuimos demasiado reticentes para afirmar a plena luz que el emperador, o emperatriz, está desnudo.

Existen básicamente dos motivos de que la clase política y el estamento periodístico sigan hablando y escribiendo sobre Palin igual que si fuera una figura de nivel cuya presencia en la escena nacional no es sino una broma cruel y sin gracia. El primero es el miedo — no de Palin y sus legiones de analfabetos, sino el de ser tachados de elitistas y sexistas.

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Desde el principio, Palin ha sido una maestra a la hora de tender esta trampa a sus críticos. Al igual que la mayor parte de los estadounidenses, ella no fue a una universidad de élite; al igual que la mayor parte de las mujeres, ella se enfrenta a diario a los equilibrios entre vida laboral y vida familiar. Ella destacaba estas facetas de su biografía, y a continuación las utilizaba para retratarse de víctima en cuanto alguien cometía la temeridad de criticar cualquier cosa que ella hubiera dicho o hecho. La ilustración más reciente es lo que puso la semana pasada en su página de Facebook acerca de la reacción a su dimisión anunciada:

“Qué triste que Washington y los medios nunca lo vayan a entender; es por el país. Y aunque es honorable que incontables más abandonen sus puestos para seguir una vocación superior y sin agotar un mandato, por supuesto a estas alturas sabemos que, por alguna razón, las decisiones que yo tomo se miden según un rasero diferente.”

¿De qué está hablando? ¿Quiénes son estos “incontables otros” que supuestamente han tomado la misma decisión de abandonar gobernaciones sin ninguna razón creíble? Los nombres no salen por ninguna parte. ¿Por qué cualquier crítica a la Pobrecita Sarah es el producto del “rasero diferente” que el ladino “viejo Washington y los medios” aplican siempre? Porque echar la culpa a sus presuntos perseguidores favoritos le permite ignorar la reacción contrariada de sus electores en Alaska que están perplejos y desconcertados ante su decisión de tirar la toalla.

El otro motivo de que Palin sea tomada más en serio de lo que merece es que tiene un electorado. Que el cielo nos ayude.

Palin tiene opiniones conservadoras extremas, y mientras que discrepo con ella en casi todo, su filosofía ciertamente no tiene nada de inapropiado ni ilegítimo. Pero mis condolencias para los conservadores que la eligieron como su defensora porque ella los va a dejar tirados. Articular una visión política e inspirar a la gente para creer en ella son logros ciertos, y nadie puede quitarle el mérito de eso. Pero llevar a la práctica esa visión a través de la legislación o la acción ejecutiva exige disciplina, constancia y rigor. Por volver a afirmar lo evidente, éstos son rasgos de los que carece Palin.

Cualquiera que se sienta tentado a ver su estratagema de dimisión como una jugada maestra, que la posiciona para una candidatura presidencial en 2012, está jugando con fuego. Se comportará de forma excéntrica.

Sarah Palin tiene por naturaleza más madera de agitadora mediática que de otra cosa. A los suyos se les ve venir. Podrá negarlo todo lo que quiera, pero en realidad es — glups — una de nosotros.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.

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