E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson-Washington. Hay que aprobar el pésimo acuerdo.

Me duele escribir estas palabras, porque el acuerdo que alcanzó el Presidente Obama con los Republicanos en materia fiscal es verdaderamente horrible. Sé que hay progresistas que han terminado considerando el paquete “un segundo estímulo” inteligentemente disfrazado, pero simplemente están racionalizando. El hecho es que nadie partiría de cero y diseñaría un empujón económico que ofrezca tan poco empujón por tanta pasta.

A cambio de un coste a dos años de casi 1 billón de dólares, obtenemos poco más de 300.000 millones en nuevas medidas que son verdaderamente estimulantes: un recorte de las retenciones en la nómina, una disposición que permite a las empresas desgravar inversiones, y una ampliación de la prestación por desempleo. El resto lo gastaremos — yo diría que nos endeudaremos por el importe del resto, y luego lo gastaremos — en prolongar las medidas fiscales vigentes que obviamente no están pisando el acelerador de la creación de empleo.

El acuerdo básicamente no invierte nada en el futuro de la nación. Tenemos que canalizar dinero a la educación y las energías renovables, donde pueda ayudar a Estados Unidos a seguir siendo competitivo frente a China y el resto de rivales económicos — no en las rebosantes cuentas bancarias de los ricos.

Pero a los legisladores Demócratas no les queda otra elección que taparse la nariz, tramitar el asunto y luchar por su vida otra jornada más. La oportunidad de modelar un acuerdo mejor — sin esas deducciones innecesarias, injustas y supinamente irritantes a los hogares que ingresan más de 250.000 dólares al año — ha pasado.

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Como cuestión práctica, no veo que los Demócratas vayan a poder pensar de forma plausible que tienen la influencia para obtener concesiones antes del final del año. Los Republicanos pueden esperar simplemente a que se marchen, sabiendo que los Demócratas van a estar en una posición mucho más débil cuando el nuevo Congreso inicie el curso en enero.

Los Demócratas tienen a la opinión pública de su parte — o la tenían, por lo menos. Los sondeos muestran que la mayoría sustancial de estadounidenses contrarios a la ampliación de las deducciones fiscales Bush a los ricos era mucho más significativa antes de anunciarse el acuerdo. Ahora las tornas han cambiado, y no para bien.

Examinando el acuerdo, nunca se imaginará que la administración federal estaba en déficit. Antes de sellarse el acuerdo, los Demócratas decían que era inconsciente prolongar una enorme deducción fiscal a los ricos en un momento en que la nación está tan fuertemente endeudada. Los Republicanos argumentaban que era irresponsable seguir ampliando la prestación por desempleo sin pagar recortando de otra parte. ¿La solución? Hacer las dos cosas. Supongo que esto hace que el paquete inconcebible y desmesurado, pero no importa. Ah, y también vamos a ampliar las deducciones a la clase media.

Es como si bajo el árbol de Navidad hubieran dejado un regalo brillante, caro y bellamente envuelto. El interrogante político es si alguien se va a atrever a quitarlo.

Hace seis meses, los Demócratas podrían haberse negado al compromiso — y haber forzado al Partido Republicano a jugar la baza de los “recortes fiscales de los millonarios” antes de unas elecciones. Obama y los líderes legislativos podrían haber alcanzado un acuerdo mejor y tal vez – ¿quién sabe? – hasta haber salvado algunos escaños.

Pero tanto como simpatizo con los progresistas dispuestos a ir a las barricadas, seamos realistas. Tumbar el acuerdo a estas alturas significaría una subida tributaria a la clase media, ninguna ampliación de la prestación por desempleo y ninguna reducción en las retenciones de la nómina. Los votantes pensarían desde luego que les han robado — y los Demócratas, puede que injustamente, acarrearían la culpa.

Como ya he dicho, esto es doloroso. Los legisladores Demócratas están comprensiblemente furiosos al recibir lecciones de forma tan severa de un presidente para el que poner fin a las deducciones de los ricos era tan importante que no se negoció — hasta que no hubo más remedio.

Es una historia triste, para el país y especialmente para el Partido Demócrata. Estoy seguro de que la Casa Blanca sigue subestimando la indignación y el desencanto entre el electorado del partido — y la necesidad de alguna victoria, o por lo menos alguna batalla pírrica, que eleve la moral de los creyentes. Obama tiene que dominar su recién descubierta pasión e indignación orientándolas hacia sus rivales en el Partido Republicano, no contra sus amigos y partidarios a los que su portavoz bautizó con desprecio en una ocasión “la izquierda profesional”.

Las victorias pírricas no van a mejorar las cosas, no obstante. Y eso es lo que sería claramente tumbar el acuerdo fiscal.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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