E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington . Ha pasado un año desde que el sistema financiero se derrumbara igual que un soufflé pasado, y la sensación de crisis acusada ha disminuido. Los magos de Wall Street están que no ven la hora de volver a lo de siempre – y si les dejamos, sólo nosotros tendremos la culpa cuando se presente la próxima crisis.

La administración Obama y la Reserva Federal reciben muy poco reconocimiento por capear con habilidad esta crisis terrible de una manera que le ha impedido convertirse en una auténtica debacle. Instituciones financieras que obedecían la consigna del demasiado grandes para quebrar fueron mantenidas con vida o reformadas hasta la irrelevancia a través de vías creativas que involucraban inyecciones masivas de fondos de los contribuyentes – pero evitando descubiertos masivos. La industria del automóvil, víctima colateral de los daños, fue costosamente desfibrilada y una vez más tiene pulso. Casi 100 bancos han quebrado en lo que va de año – en comparación con 25 en 2008 y sólo tres en 2007 – pero el dinero de los titulares de los depósitos se salvó.

Pero en el proceso, el gigante de las empresas financieras se ha hecho mayor. Y ahora que la economía ha comenzado a revivir, el mercado de valores está feliz de nuevo. Estoy tan contento como cualquier hijo de vecino de ver una subida del Dow, pero alguien tiene que dar una bofetada a la incipiente sonrisa de Wall Street.

Por un lado, el resto del país apenas sonríe ?? aún no, por lo menos. La “buena noticia” es que “sólo” alrededor de 200.000 estadounidenses están perdiendo su puesto de trabajo al mes, en lugar de los más de 700.000 mensuales que veíamos a principios de este año. El paro roza el 9,7 por ciento y sigue creciendo, aunque más lentamente, y puede remontar por encima del 10 por ciento. Los avances en los mercados son un mal consuelo para el trabajador al que se le acaba de comunicar el despido.

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Y muchos economistas creen que se avecina otro golpe. El mercado de la vivienda puede estar tocando fondo, dicen, pero aún hay que reanimar el mercado inmobiliario comercial. En este punto, surge la tentación de preguntar qué diferencia supondría otro billón de dólares más. Pero lo sentiríamos, y no en el buen sentido.

Tengo fe, no obstante, en que los administradores de la crisis en el Tesoro y la Reserva minimizarán cualquier dolor que nos quede por sufrir. En lo que no tengo fe es en la disposición del Presidente Obama y su equipo a contemplar, y mucho menos poner en práctica, cualquier clase de cambio fundamental en la forma en que funciona Wall Street.

Hasta con las reformas que propone el Presidente, vamos a seguir viendo una situación en la que la casa se empieza por el tejado — siendo el tejado el sistema financiero y la casa la economía real. El papel teórico del sector financiero es el de distribuir el capital de la forma más eficiente entre las compañías capaces de hacer el mejor uso de él. El papel real de Wall Street se parece más al de un casino gigante en el que los jugadores son recompensados por asumir riesgos escandalosos e inmorales con el dinero de los demás. Si las apuestas responden, los jugadores ganan. Si las apuestas arriesgadas resultan haber sido demasiado arriesgadas, los que pierden somos nosotros.

“No vamos a volver a los días de comportamiento temerario y excesos sin supervisión,” decía Obama el lunes en su discurso a Wall Street. “Las viejas costumbres que condujeron a esta crisis no pueden mantenerse.”

Obama dijo que su propuesta de programa de reforma de la regulación se basa en el fomento de una mayor “transparencia y responsabilidad.” Nadie puede discutir eso. Pero los mayores desastres del sector financiero son lo bastante transparentes para que podamos verlos todos. Los Amos del Universo crearon instrumentos como los títulos derivados o las cuentas de deuda intercambiable, y alentaron el mercado de estos títulos exóticos para que creciera más que el mercado de títulos reales de empresas reales. Las empresas financieras gastaron millones de dólares desarrollando software de última generación para poder comprar y vender valores — de la clase real o exótica — una fracción de segundo más rápido que el software de la competencia, generando así un pequeño beneficio en cada venta. ¿Cómo canaliza esto todo este capital hasta su mejor uso? ¿Cómo beneficia a la economía cualquiera de estas cosas?

La compensación es la cuestión en la picota — las cantidades ingentes de dinero que lo supuestamente más granado de Wall Street se pagó entre sí por asumir riesgos estúpidos con nuestro dinero. No veo cómo difiere esto sustancialmente del robo, y no escucho nada a Obama acerca de recuperar cualquier cantidad de este dinero. Pero la remuneración de los ejecutivos es de verdad una barraca de feria.

El factor que marca la diferencia es obligar a Wall Street a que cumpla un papel en la economía de nuevo, en lugar de ser al revés. Poner más cámaras de seguridad alrededor del casino no basta.

Eugene Robinson

Premio Pulitzer 2009 al comentario político.

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