Richard Cohen

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“El profesor permanece en pie delante de un aula de jóvenes caballeros. Está flanqueado por ventanales abiertos. Un desfile militar discurre por los exteriores del centro escolar y la música castrense llena el aula. El profesor, un tal Don Kantorek, insta con vigor a sus estudiantes a alistarse. “Estoy seguro de que será una guerra rápida”, dice, “y de que habrá muy pocas bajas”. Corre el año 1914, la guerra duró cuatro años y las bajas fueron sobrecogedoras. Así es como empieza la película “Sin novedad en el frente occidental”. Así es como empezó la jornada del 11 de septiembre de 2001.

Décimo aniversario de los atentados terroristas contra el World Trade Center y el Pentágono que provocaron una enorme pérdida de vidas y un horror todavía emotivamente imposible de gestionar. Me encontraba en el Bajo Manhattan aquella jornada, y durante mucho tiempo después el triste y desanimado llanto de las gaitas — los inevitables temas “Danny Boy” y “Amazing Grace” — tiñeron la isla, un sepelio tras otro. La circulación puntual de un camión de bomberos, para aplauso espontáneo, fue una experiencia emotiva. En ese sentido tantos otros y yo debemos de ser como esos estudiantes teutones. Nos íbamos a la guerra.

Han pasado ya 10 años y la guerra no ha terminado aún. Seguimos luchando en Afganistán y en Irak, guerras ya sin sentido ni, en el caso de Irak, razón. Como esos estudiantes, nos contagiamos de la fiebre bélica y desfilamos encabezados por caballeros — un presidente y su vicepresidente — igual de incompetentes por lo pronto que el káiser alemán o, en el otro bando, esa manada de estadistas y mariscales de campo que permitieron que Europa se viera sacudida por un conflicto cuyos efectos todavía se sienten.

Es el mismo caso del desastre en Irak. No fue Saddam Hussein quien nos atacó y no era Saddam Hussein el que tenía arsenales de armas químicas y biológicas ni un programa nuclear. Ninguna de estas cosas existía — no un simple error del espionaje, como se dice ahora, sino un error provocado por las ideas preconcebidas, la insistencia en ver fantasmas en cada esquina, un programa nuclear en el débil destello de la esfera de un reloj y el apetito lujurioso por la cabeza de Saddam. Ostras, desfilamos con astucia camino del conflicto equivocado.

Corre una estación melancólica en Washington, gran revuelo acerca del declive de América y de cómo se ha averiado nuestro vanagloriado sistema. Yo no voy a poner reparos. Pero la avería de mayor repercusión de nuestro sistema se plasma en emprender una guerra innecesaria y luego — historia, prepárate — con la reelección de los incompetentes que la habían emprendido. ¿Es posible que a pesar de todos los discursos emotivos acerca de “los caídos” y de todos los respetos a las tropas, nos importen tan poco que como si tal cosa concedemos segundas legislaturas a las mismas personas que derrocharon sus vidas?

Esta falta de transparencia no se limita a nuestras empresas militares desafortunadas. Después de todo, el sistema económico se derrumbó, pero después no hubo ajusticiamientos metafóricos. La gente de recursos modestos, los imbéciles inducidos a creer que una casa en propiedad era el regalo que va con la ciudadanía, lo perdieron todo, pero los tipos en la cima pasaron un par de ejercicios malos y luego recibieron las primas a las que estaban acostumbrados. La Comisión de Valores y Cambio permitió que Bernie Madoff desplumara a los donantes de caridad y a sus organizaciones de caridad, y de nuevo el verdugo se quedaba sin alguien al que ajusticiar. Somos una nación de superación, que siempre sale adelante.

Aun así, Irak era diferente. Se perdieron vidas, no casas — y Oriente Próximo se ponía patas arriba. Cuando las cosas se calmaron, nuestro enemigo Irán era más fuerte, crecida su influencia incluso dentro del propio Irak. A la guerra contra al-Qaeda y sus aliados talibanes de Afganistán se le daba escasa importancia. El paso del tiempo difuminó su objetivo y de esa forma luchamos, como Aníbal en Italia, porque no se nos ocurre qué otra cosa hacer. Extraña razón para morir.

Me marché a casa el 11 de Septiembre con los zapatos llenos del polvo de los escombros del World Trade Center. Sentí un odio que me era totalmente novedoso. Poco después empezaron los ataques con ántrax y estaba listo para la guerra — contra al-Qaeda y los talibanes, claro, pero también contra Saddam Hussein. Me equivoqué, y de eso tengo la culpa yo, pero culpo a todos los otros por asumirlo y luego recompensar la incompetencia con otra legislatura. Estoy seguro de que será una guerra rápida, dijo efectivamente nuestro profesor.

El 11 de Septiembre es la jornada interminable.

Richard Cohen
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