Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. Para mucha más gente de la que nos gustaría admitir, el misterio de James W. von Brunn, el presunto tirador del Museo Conmemorativo del Holocausto, no es que tuviera unas opiniones tan absurdas y depravadas de los judíos y el Holocausto, sino que esas opiniones sean consideradas absurdas y depravadas. En grandes secciones del mundo islámico, demasiada gente no sólo niega el Holocausto sino que apoya el pensamiento que lo hizo posible.

En su notable discurso en la Universidad de El Cairo, el Presidente Obama sólo mencionó por alusiones esta faceta de lo que se ha convertido en una parte desagradable de Oriente Medio: tolerancia hacia y defensa de el antisemitismo a la vieja usanza. De hecho no hay nada en lo que profesaba von Brunn que no se escuche comúnmente o se publique en Oriente Medio. ¿Controlan los judíos la banca mundial, los medios, las organizaciones internacionales y a los propios Estados Unidos? Por supuesto. ¿Son capaces de las obras más asquerosas, incluyendo el infame “libelo de sangre,” que significa utilizar la sangre de menores no judíos como ingrediente de comidas tradicionales? Una vez más, por supuesto.

Este asunto es preocupante. Pero uno solo tiene que leer los despachos del Instituto de Investigación Mediática de Oriente Medio para ver que tales opiniones son expresadas con frecuencia y sostenidas de manera popular. ¿Significa eso que sean aceptadas universalmente? Lo dudo. Pero pueden ser difundidas ampliamente sin temor a la condena o, más a mi favor, al ridículo. Hace sólo dos años que me estaba tomando un café en Jordania y leía una columna sindicada en un periódico en inglés acerca de cómo fueron alertados los judíos de los ataques del 11 de septiembre de 2001 — y ninguno de ellos murió. Al parecer, el periódico pensó que ésta era una opinión digna de publicarse — una mentira demencial donde las haya.

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Tenemos casi 2.000 años de experiencia con el antisemitismo y a estas alturas conocemos su extraordinario poder. Pone las bases del horror que viene inevitablemente. Obama reconocía el más famoso de ellos cuando al día siguiente viajaba desde El Cairo al campo de concentración Nazi de Buchenwald. Fue una escala particularmente adecuada, teniendo en cuenta que Buchenwald queda al final de la carretera que sale de Weimar, una ciudad famosa en tiempos por su vida intelectual (Goethe) y por la República de entreguerras que le debe su nombre. La proximidad entre Buchenwald y Weimar dice de la naturaleza humana todo lo que es necesario saber.

Pero yo habría preferido que el Presidente hubiera ido a Kielce, la ciudad polaca en la que 42 judíos perdieron la vida tras denuncias de un libelo de sangre. Esto no sucedió en la Edad Media, sino en 1946 — 14 meses después de que Alemania se hubiera rendido. Todas las víctimas eran supervivientes del Holocausto. No fueron asesinadas por Nazis prototípicos, sino por polacos comunes y corrientes. El Holocausto, con su promesa de “nunca más,” parece cosa del pasado — un capítulo cerrado. Kielce plasma una idea diferente. El antisemitismo pasa página.

Ese antisemitismo es parte ya de la cultura de Oriente Medio. Se ha infiltrado en los libros de texto; es recitado en las mezquitas. Difundido en televisión — por ejemplo, la emisión de una obra producida por la Universidad Islámica de Gaza en la que los judíos eran retratados bebiendo sangre musulmana. ??Tienes que beber de la sangre de los musulmanes,” dice un padre a su hijo según la traducción proporcionada por el MEMRI. ??Bueno,” dice el hijo, “pero sólo un tazón, porque estoy lleno.?

Tales opiniones son desposadas de forma rutinaria por las autoridades religiosas. El MEMRI cita al Ministerio de Organización Religiosa egipcio diciendo que todos los judíos son descendientes de los cerdos — y que por tanto son aptos para la matanza. Esta declaración particular fue refutada por otros funcionarios religiosos — tal sentimiento no siempre es refutado — pero sigue siendo notable y terrorífico que para empezar se difunda.

Obama acertó al exigir que Israel deje de ampliar o engrosar sus asentamientos de Cisjordania. También acierta al reconocer las aspiraciones palestinas y la herida abierta en el mundo árabe por la creación de Israel — la nakba , o catástrofe. Pero la tolerancia de la forma más vil de antisemitismo no es una precondición para la paz — sino la advertencia a los israelíes de que el pasado puede ser el prólogo. Si los propios líderes árabes no intentan refutar y eliminar el odio a los judíos que envenena sus sociedades, descubrirán que la paz que la mayoría de ellos sin duda desea no es posible.

James W. von Brunn fue rápidamente condenado al ostracismo estadounidense y señalado como el chiflado que es. En Oriente Medio sin embargo, no sería considerado nada parecido — ninguna especie de vestigio recalcitrante del pasado, sino un caballero corriente y por tanto una amenaza extraordinaria para el futuro.

 Richard Cohen

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