Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. Hay razones para pensar que el núcleo de la política exterior de Barack Obama no lo ocupa ninguna inquietud en absoluto. Consiste en su lugar de una serie de desafíos — de problemas que hay que resolver, no de errores que es necesario corregir. Como Winston Churchill dijo en una ocasión de cierto plato, el enfoque de Obama en asuntos exteriores carece de cuerpo. También parece que carece de él el caballero en persona.

Por ejemplo, no está claro que Obama esté consternado por los pasmosos antecedentes de China en materia de derechos humanos. Tan apenas parece conmovido por la constante represión en Rusia. Trata a los israelíes y a sus diversos enemigos igual que plagas de idéntica integridad moral. El presidente no parece respaldar sinceramente gran cosa.

Este, por supuesto, es el enigma Obama: ¿quién es este tipo? ¿Cuáles son sus convicciones irrenunciables? El presidente en persona no es de gran ayuda en esta cuestión. Cuando se trata de su propia imagen, se hace el sueco. Malinterpretó considerablemente lo que decían algunas personas cuando exigían que se enfadara por la catástrofe petrolera del Golfo y las declaraciones del director ejecutivo de BP Tony Howard que añadieron más leña al fuego. (Caprichoso Hayward, habría que llamarle).

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Lo que buscaban en realidad estas personas no era una muestra de indignación, ni un berrinche, ni una denuncia a gran escala de una petrolera. Lo que querían en su lugar era una señal de que esta catástrofe significaba algo para Obama, que no era simplemente otro problema que se había abierto paso hasta su escritorio — y que esta vez no iba a delegar simplemente. No mostró el menor signo en el idioma que cuenta realmente en una era de medios de comunicación — el lenguaje corporal – de que le importara un comino. ?l podía ver su dolor, podía hablar de su dolor, pero no dio ninguna indicación de que lo sintiera.

Es comprensible. El padre de Obama abandonó a la familia y más tarde visitó a su hijo sólo en una ocasión. Fue separado en dos ocasiones de su madre, que vivía en Indonesia sin él. Fue criado en parte por sus abuelos – una pareja blanca de edad avanzada. Si el presidente es lo que los psiquiatras llaman “un adulto antes de hora”, ¿quién puede culparle? Es irónico que Oprah Winfrey fuera tal vez la partidaria más relevante de los primeros cuando el propio caballero es tan anti-Oprah. No sabe mostrar emociones.

Las consecuencias son desafortunadas. La opacidad de Obama ha permitido a sus enemigos — que no son simples críticos — definirle a voluntad. Se convierte en socialista, cosa que no es, o en un musulmán, cosa que tampoco es. Hasta sus aliados están confundidos. La izquierda pensaba que él era uno de izquierdas. No lo es. La derecha también pensaba que era uno de izquierdas. ?l es, por encima de todo, un pragmático. Esto hace mucho más fácil decir lo que no es que lo que sí es.

La suerte no ha sonreído a la presidencia de Obama. Su único atributo indiscutible – un intelecto brillante – ha pasado a ser motivo de sospecha. Un mundo de tipos inteligentes se ha vuelto en su contra. Todo el mundo en Goldman Sachs es inteligente, pero parece que tienen la amoralidad de la que hizo mofa el compositor Tom Lehrer en su parodia del célebre científico estadounidense Wernher von Braun, un ex Nazi (“‘Una vez que los cohetes se lanzan, ¿a quién le importa dónde caen? No es de mi competencia’, dice Wernher von Braun”).

La industria petrolera está llena de listos y también la industria hipotecaria. Los listos no parecen habernos traído sino problemas. La inteligencia sin valores es peligrosa — amenazadora, siniestra, virtualmente antiamericana. Este es el motivo de que una retahíla de excéntricos archiconservadores hayan triunfado. Sus valores son evidentes, a menudo hasta extremos impactantes. Sabemos lo que quieren, lo único que no es la forma en que van a lograrlo. La experiencia se ha convertido en un estorbo y la inexperiencia en una virtud. La inteligencia ya no se lleva. La necedad está de moda.

La política exterior es el ámbito en el que el Presidente está más cerca de gobernar por imposición. Por decreto ejecutivo, la guerra en Afganistán ha sido escalada, pero parece carecer de algún componente moral de urgencia. Tiene una fecha de caducidad a la vista incluso si las chicas pueden no ser capaces de asistir a la escuela y los talibanes pueden volver a gobernar. En algunos aspectos, estoy de acuerdo — contra antes nos marchemos de Afganistán, mejor — pero si nos quedamos incluso un momento, tiene que ser por razones relacionadas con principios. Algo parecido se aplica a China. Es correcto tener relaciones comerciales con China. También es correcto condenarlo.

El pragmatismo está bien — mientras sea complicado por el arrepentimiento. Pero esa mueca de dolor indispensable es precisamente lo que Obama no manifiesta. No es esencial que se cabree o que llore. Este esencial, sin embargo, que nos muestre quién es. A fecha de hoy, no tenemos ni idea.

Richard Cohen
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