Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. El movimiento de protesta fiscal no tiene líder. No tiene dirección, no tiene teléfono y no tiene sede en Washington. Está en todas partes y en ninguna. Para Barack Obama, el movimiento de protesta fiscal es la quintaesencia del enemigo asimétrico, muy al estilo de los talibanes de Afganistán. El presidente tiene bastantes números para perder en los dos frentes.

The Washington Post, constando de un pelotón, salió en busca del movimiento fiscal. De los 2.300 grupos que dicen ser una única organización del movimiento, el Post sólo pudo encontrar a 647. En cuanto al resto, “no está claro que sean simplemente difíciles de contactar o que no existan”, dice el Post. La mayor parte de los grupos conocidos no respaldan a ningún candidato, no tienen plataforma, recaudan fondos escasos y no están muy seguros de lo que defienden. Están muy cerca de lo que decía Will Rogers de su propia afiliación política: “No soy miembro de ninguna formación organizada. Soy Demócrata”.

La diferencia entre ser un Demócrata de principios del siglo XX y ser miembro del movimiento fiscal en el siglo XXI está en internet. Con ella el intermediario desaparece — en este caso un partido político real, Republicano o Demócrata, que antes se llamaba organización porque estaba organizada físicamente. Ahora eso se hace de un portátil a otro para que gente de orientación parecida pueda encontrarse, incluso si no se encuentran realmente. El movimiento de protesta fiscal existe en el aire. Para Obama, es la refutación de lo que dijo Joe Louis antes de su encuentro con Billy Conn en 1941: “Puede correr, pero no puede esconderse”. El movimiento fiscal puede hacer las dos cosas.

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Como resultado, el enfadado Obama viene dando giros bruscos, espantando fantasmas. Ha tratado de encumbrar al insulso John Boehner a la categoría de rival digno, pero su rostro tiene de anodino lo que su nombre de impronunciable. Obama trataba de convertir en enemigo público número 1 a la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, pero la mayoría de estadounidenses saben que la Cámara es un grupo de tipos con camisas de manga corta y corbatas de nudo prefabricado que patrocinan los desfiles del 4 de Julio. Ha tratado de perseguir a las grandes multinacionales y a los perversos banqueros, pero ellos están donde está — o solía estar — el empleo, y aunque los dos son más o menos despreciados, el mensaje se pierde.

Obama está atascado en el dilema clásico del enfrentamiento bélico asimétrico: ¿Quién y dónde está el enemigo? En Afganistán, el General David Petraeus va encarrilando a los talibanes — combatiéndoles al tiempo que también les invita a conversaciones de paz. La estrategia puede funcionar y, si lo hace, Obama puede preguntarse el motivo de no hacer algo parecido. “¿Por qué debería estar negociando con los talibanes y no con el movimiento fiscal?” me preguntaba el consultor político Demócrata Douglas E. Schoen.

El sondeo que hizo el Post del movimiento de protesta fiscal sugiere que Schoen se ha topado con algo. A pesar de la repelente vena de racismo entre las filas del movimiento — el Post concluye que el 11% de los miembros del movimiento dicen que la raza, la religión o el origen étnico de Obama son “muy importantes” o “algo importantes” para el movimiento — la emoción que se impone a todas las demás es la indignación. La indignación es desagradable de advertir, pero es comprensible y generalizada en la misma medida. ¿Quién además de las morsas no estaría indignado con el puente a ninguna parte? ¿Quién no estaría indignado ante las partidas presupuestarias extraordinarias y las exorbitantes pensiones públicas y las carreteras en mal estado y los desastrosos centros escolares y los impuestos que parecen demasiado altos — en otras palabras, con un sistema que necesita reformas desesperadamente?

CAMBIO — una emoción que sigue muy cerca a la indignación — fue lo que Obama trasladó a la Casa Blanca. A medida que el movimiento de protesta fiscal recibía atención, él podría haber hecho causa común con él — no en cuestiones sociales, por supuesto, pero ellas no son tan importantes como las económicas. Ellas y la desconfianza generalizada en la administración son lo que motiva a la mayoría de los integrantes del movimiento, descubría el Post. Su fidelidad a cualquier partido político es mínima. Obama, sin experiencia política casi, podría haber hecho avances entre esta gente. En lugar de eso, logró transformarse en la encarnación del gobierno intervencionista — no sólo con sus programas (tan necesarios como pudieran ser) sino con su figura y su aislamiento dentro de la Casa Blanca. Prohibió a los lobistas, pero logró transformarse en el mayor de todos. Se lo cargó.

El movimiento de protesta fiscal ha llegado para quedarse aunque sólo sea porque internet no va a desaparecer. Pero sus emociones y sus quejas pueden ser persuadidas para la causa, hechas propias, absorbidas y convertidas en parte de la maquinaria de cambio que Obama en persona personificaba y prometía en la misma medida en tiempos. Según recuerdo, el movimiento fiscal original estuvo abierto a todo el mundo. Todo lo que hacía falta para ser admitido era estar indignado.

Richard Cohen
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