Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. La verdad es que si el Mayor Nidal Hasán, el presunto asesino de 13 personas en Fort Hood, hubiera entrado en el club de oficiales de allí con una bonita bolsa al hombro, un neceser de Gucci tal vez, habría salido del Ejército al final de la semana. Pero al no ser más que un antisocial, un inadaptado, un psiquiatra independiente y un probable fundamentalista islámico, fue contratado y ascendido. Esto dice algo de América. En la cuestión de los homosexuales, somos unos mojigatos.
Esa irracionalidad me abofetea casi a diario. Uno de los mandamientos más destacados y arraigados de la derecha del Partido Republicano – su único ala, me parece a mí – es la oposición al matrimonio homosexual. Sé esto a través de las diatribas de tertulianos como Bill O’Reilly.
En una reciente columna, O’Reilly nos invitaba a leer algo llamado ??La declaración Manhattan?, que era difundida a finales del mes pasado por una coalición de cristianos conservadores ?? católicos y protestantes por igual. Contiene 3 puntos. El primero se refiere al aborto, y no sorprende a nadie que los firmantes sean detractores de él. El tercero — ya lo sé, volveré al segundo en un momento ?? se refiere a la ??libertad religiosa? y los esfuerzos puntuales del gobierno por obligar a las instituciones religiosas a respetar la legislación pública. Es una noción que vale la pena considerar.
El punto 2 ?? y la sección más larga de la declaración ?? se refiere al matrimonio homosexual. Equivale, en la práctica, a una confesión de confusión, un grito de ayuda de los desorientados que han terminado pensando que el matrimonio homosexual es la piedra angular ?? la piedra podrida ?? de mucho de lo que aqueja a nuestra sociedad. Desde el divorcio a la promiscuidad, todo lo contenido en esta sección se afronta sin reconocer en ningún momento que el matrimonio homosexual, al igual que todo matrimonio, es una forma de contener la promiscuidad (o por lo menos inducir a la culpa) y que no tenerlos no va a reducir la promiscuidad a la mínima expresión. Esto lo doy por hecho.

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La declaración considera la natalidad al margen del matrimonio ??el indicador más alarmante y revelador? del derrumbe de ??la institución del matrimonio?. Sí. Pero ese colapso tuvo lugar mucho antes de que el matrimonio homosexual se pusiera de actualidad, por no hablar de hacerse realidad, y por tanto no tiene nada que ver una cosa con la otra.
Sigue siendo cierto que la familia es el mejor lugar con diferencia en donde educar a los hijos. Siendo ese el caso, el matrimonio homosexual atendería el mismo objetivo. Sé de niños educados por parejas del mismo sexo y no parecen estar peor por la experiencia, aunque ?? ojo O’Reilly ?? carecen de la antipatía determinada hacia los homosexuales, las lesbianas, los transexuales y la gente del ramo de la sexualidad diferente.
Parte de la declaración está redactada en términos religiosos y con eso no puedo discrepar. Pero es su atractivo para el sentido común lo que encuentro tan decepcionante. Al abordar el matrimonio homosexual, la declaración se inventa un futuro en el que ??las uniones polígamas, los hogares polígamos, hasta hermanos, hermanas o hermanos y hermanas adultos viviendo relaciones incestuosas? serán legales. No es probable, pero no es ésta la intención del movimiento que pretende legalizar el matrimonio homosexual mucho más de lo que se suponía que el matrimonio entre un hombre y una mujer permitía a Enrique VIII tener seis esposas o a Elizabeth Taylor siete maridos, uno de ellos dos veces.
El razonamiento de la declaración es tan alambicado que recuerda a las crudas advertencias de antaño de lo que iba a suceder si se permitía el matrimonio entre negros y blancos ?? por no hablar de las referencias parecidas a lo que supuestamente tenía en mente el Todopoderoso. Este tipo de comparaciones irrita a muchos afroamericanos contrarios al matrimonio homosexual, pero yo no veo ninguna razón por la que el derecho civil ampliado por el Supremo en Loving contra el Estado de Virginia (unión interracial) sea diferente en algún sentido de lo que pretenden gays y lesbianas. El matrimonio conlleva ciertas ventajas económicas, e impedir el acceso a ellas basándose únicamente en los gustos religiosos o, en el fondo, en cierta repulsa envuelta de convencionalismos es claramente una cuestión de derechos civiles.
En último término, la justicia resolverá esta cuestión. Para eso está. No estaba mucho más claro que los electores de Virginia iban a permitir casarse a Mildred y Richard Loving en 1967 de lo que la opinión pública en general aprueba el matrimonio homosexual en la actualidad. Este caso, protagonizado por la extraña pareja política de David Boies y Ted Olson, es probable que llegue a la Corte Suprema en un futuro no muy lejano. Entonces, sospecho, las campanas de boda doblarán por todo el país ?? y tras una pausa, América se preguntará a qué venía tanto escándalo.

Richard Cohen
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