Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington post . Siempre leo los nombres. Hay días en los que sólo hay tres o cuatro, otras veces hasta 10 o más. Observo las edades y sus graduaciones, y también cualquier disparidad entre las dos cosas. Imagino un desastre acechando bajo tierra — algún mal momento que terminó en la pérdida de hombres. Los nombres a los que me estoy refiriendo, por supuesto, son los de los caídos en combate.
Hay muy pocos — tan pocos que con los de Irak y Afganistán en total ni siquiera podemos acercarnos a algunas batallas concretas de la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial, durante la cual más de 19.000 estadounidenses perdieron la vida sólo en la Batalla de las Árdenas. En cuestión de ocho años, alrededor de 5.300 militares estadounidenses de distinta graduación han perdido la vida en las dos guerras que estamos librando ahora mismo, la mayor parte de ellos en Irak. Durante ese período, más de 250.000 estadounidenses se dejaron la vida en accidentes de tráfico.
En su libro “Esta República del sufrimiento”, Drew Gilpin Faust escribía acerca de los efectos que las grandes cifras de fallecidos tenían tanto sobre el Norte como sobre el Sur durante y después de la Guerra Civil. Alrededor de 620.000 hombres de ambos bandos murieron en esa guerra — alrededor del 2% de la población estadounidense, equivalente hoy a 6 millones de muertes. La carnicería consternó profundamente a la nación porque alcanzó a todo el mundo.

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La paradoja ahora es que está sucediendo algo parecido — no a causa de demasiadas muertes sino de muy pocas. De los muertos de la Guerra Civil, alrededor de la mitad se quedaron sin identificar — enterrados a menudo a medida que perdían la vida, una capa de cal viva y un agujero como lo que ahora llamamos camposanto. Hoy todos son conocidos. Siempre hay un nombre y una graduación — y una familia y una ciudad natal, y a menudo una fotografía de la cara que puede ser estudiada y escrutada.
El hecho de que los muertos sean relativamente escasos en número hace posible diferenciarlos. Los nombres que leo en la prensa — Gwaltney, Nichols y Taylor hace poco — se pudieron publicar porque sólo había tres. ¿Qué rotativo podría reproducir todos los nombres de los caídos en una batalla de la Guerra Civil, una media de alrededor de 600 al día, o incluso una de las de Vietnam — 26 al día, 182 a la semana? ¿Qué informativo de la televisión podría pasar por el faldón los nombres de cientos de muertos? La brevedad es lo que hace posible el luto.
La capacidad de individualizar — sin más muertos anónimos — ha cambiado sin duda América. Seguimos siendo una nación religiosa pero no como lo fuimos durante la Guerra Civil, cuando el finado intentaba consolarse a través de la certidumbre — es verdad, ¿no? — de que les aguardaba una vida mejor. La religión ha perdido ese aura de misterio. Los sacerdotes tienen menos autoridad. Morirse se ha vuelto más duro.
En contraste, nuestros enemigos encuentran consuelo religioso en sus propias muertes. No es que no den valor a la vida; simplemente es que no dan valor a esta vida.
En Irak nadie sabe la cifra de atentados suicida — miles seguramente. También en Afganistán los atentados suicida son frecuentes. En América no hay realmente nada que se parezca a un terrorista suicida estadounidense. Nosotros no elogiamos al terrorista ni paseamos a sus hijos ante las cámaras de televisión para que los demás niños les envidien por la muerte de un progenitor. Esto nos resulta extraño. Nos escandaliza. Directamente nos repugna.
¿Podemos combatir a un enemigo así? Esta es la pregunta que nadie se hace en todo ese tira y afloja acerca del incremento en Afganistán. Puede que hayamos llegado a querer demasiado la vida. La cuestión en Afganistán no es si vale o no un billón de dólares o varios cientos de vidas estadounidenses más. Es si vale o no una sola vida a más, la que se puede aislar en mapthefallen.org o la que los informativos deciden mostrar o los nombres que pasan en pantalla lentamente, cada uno con una fotografía para que podamos preguntarnos por sus vidas y preocuparnos por el costo de todo.
Esta es la pregunta que tiene que responder Barack Obama. Todos sabemos que los talibanes son asesinos misóginos alineados con al-Qaeda — y todo eso es malo. Pero lo que no sabemos es si algo de todo eso vale la vida que vemos en los informativos de la noche o de la que leemos en la prensa.
Cada día, cuando leo los nombres y hago una pausa para preguntarme por sus vidas, tengo que preguntarme cuándo voy a ser capaz de dejar de leer — cuando no haya más que leer o cuando simplemente haya demasiados.

Richard Cohen
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