Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen-Washington. Aún es pronto, no consumidos ni tan siquiera las dos terceras partes de los cacareados 100 días, y todos somos advertidos de no hacer juicios o predicciones calamitosas. Pero ya se ha hecho bastante como para que, sin temor a que la historia me ridiculice algún día, pueda afirmar que Nancy Pelosi [presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos] va por un camino realmente prometedor. El presidente, desgraciadamente, es harina de otro costal.La historia de dos figuras políticas quedaba escrita un día de la semana pasada en el que Pelosi bajó al estrado de la Cámara y lanzó la propuesta de ley encaminada a gravar fiscalmente con saña a los malos de AIG que recibieron grandes bonificaciones. Utilizar el código fiscal para imponer un castigo por motivos políticos es a la vez muy mala política y muy mala norma -¿por qué no meter a los propietarios de armerías y a los de las tabacaleras en la horquilla fiscal de los que más impuestos pagan?- pero atravesó la rama del gobierno que preside Pelosi como una exhalación sin ninguna audiencia y pocas palabras desalentadoras, y sólo la más benigna de las sugerencias por parte del presidente de que la ley era en realidad una idea muy estúpida.

La presión para aprobar la legislación fue considerable. En apenas un día, Charlie Rangel, presidente del Comité de Financiación de la Cámara pasó de oponerse a la idea, a presentar la misma propuesta de ley que con anterioridad había denunciado. Rangel tenía preparadas todas las sentencias comunes -cosas sobre sueños rotos y ejecutivos avaros, lo cual se aproxima bastante a la verdad- pero acertó al decir primero que el código fiscal no se debe utilizar como “arma política. ???? Con tamaño cambio de postura, es un milagro que no saliera lesionado.

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En cuanto a Obama, más o menos al mismo tiempo que esta legislación extremadamente mal considerada atravesaba el Congreso a toda marcha y Pelosi se despachaba a gusto en televisión, el templado presidente acudía al programa de Jay Leno. Su comparecencia pública era histórica, se nos dijo solemnemente, pero también resultó ser útil para sacarle de la ciudad. El Congreso se está convirtiendo rápidamente en el activo más tóxico de Washington, donde la mayoría Demócrata amenazaba con enviarle una desagradable legislación que podría ser muy difícil de vetar. Con amigos así?

En los primeros días de la administración, la Casa Blanca autorizó al Congreso a redactar la ley de estímulo de 787.000 millones de dólares. Ya fue bastante malo que el candidato que prometía cambio no tuviera otra elección que apuntalar a parte de las instituciones más vilipendiadas o más anticuadas del país -instituciones financieras, fabricantes automovilísticos, etc.- pero peor es que en la ley llegara rebosante de gastos adicionales. Eso permitió que los Republicano se hicieran pasar por veteranos y apasionados detractores del gasto de tintes políticos, dando lugar a una nociva nube de hipocresía que se trasladó a la deriva del Congreso a la Casa Blanca. No era éste el aire fresco del cambio, sino el aire viciado del retorno a la normalidad.

Algo parecido sucedía con la ley de gasto multidisciplinar de 410.000 millones de dólares. Las partidas económicas eran autorizadas. ?sta no era ley del presidente puesto que se originó bajo la administración anterior, pero Obama no ofreció resistencia a las partidas ni pareció enfurecerse por ellas y en la práctica las declaró agua pasada. La presidenta, como es costumbre, se salió con la suya y, una vez más, el cambio quedó aparcado en algún paraje, esperando el momento oportuno para volver a Washington. Ya se hace tarde.

El presidente se está desplomando en las encuestas. El mes pasado tenía un índice de popularidad del 64%. Este mes era del 59%, pero añadiendo más leña al fuego, el astuto Charlie Cook, del National Journal, observaba que los independientes políticos se están decantando por los Republicanos. Algo de esto estaba destinado a suceder, pero parte es consecuencia de que Obama permanezca sin diferenciarse, más definido por aliados como Pelosi que por detractores como el Partido Republicano.

En política exterior, en donde el presidente es el rey, Obama ha sido un agente de cambio. Pero en temas nacionales, la imagen de Obama se ha visto mermada. Sigue siendo más popular que verosímil. ¿Dónde traza la línea? En delitos fiscales no, está claro, y en las partidas tampoco, claramente, y tampoco en una verdadera reforma educativa, la cual defiende pero ha hecho poco por poner en práctica. A veces dice estar enfadado, como con las bonificaciones de AIG, pero es una imagen paternal diseñada para convencer a los niños y no una emoción genuina. Obama evita a toda costa la política de símbolos.

Este no es el caso de Pelosi. Es una presidenta de la Cámara muy firme, al mismo tiempo ideóloga y pragmática, que disfruta de sus privilegios y protege su territorio -más al estilo de Newt Gingrich que de los anteriores presidentes Demócratas de la Cámara- pero su mensaje no es en absoluto el del cambio. Aún es pronto, pero ella ya ha dejado su huella en el gobierno -y por el camino, por toda la imagen de Obama.

Richard Cohen

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