Más suave que la seda,  su delicadeza se asemejaba a la ambrosía de los dioses, cuando  se ofrecía a Ellos envuelta en nubes. Sabiéndose  el manjar favorito del Olimpo, era consciente de su encanto mientras se recreaba recorriendo los labios de quienes lo habitaban. Le habían sido otorgados poderes afrodisíacos y fue conocida como Cynara,  una muchacha seducida por Zeus.

Pero también entre las divinidades la gloria es efímera y,  en algún momento de su existencia, fue expulsada del monte sagrado por una diosa muerta de celos y  envidia que veía en ella demasiados desafíos. En su huída, se vio obligada a cubrir su blanca desnudez con ásperas  hojas  de la ladera para sobrevivir. Aquella deidad que había visto una rival en su propia inseguridad, decidió también enterrar su nombre de cuna. La dureza de aquel con que la renombró le viene dada por la ??f? que  lo divide. Y es que ??la mala entre las malas? ni siquiera le permitió utilizar el  que le había adjudicado para el destierro con su sonido árabe, mucho más  delicado y acorde a su naturaleza: “al-qabsil”.
El mundo gris lo dio por bueno, dado que  la orden  venía de donde venía,  y porque la ignorancia siempre es perezosa para mirar dos veces un mismo asunto.
Y así siguió la senda, guardando su secreto en lo más íntimo del corazón.

Cuando escucha la palabra ??alcachofa? gira su majestuosidad romana sin alterarse, con la aceptación  rebelde de que podrían robarle todo, absolutamente todo, excepto su naturaleza. Sabe que, al final, la  mediocridad  siempre tiene la batalla perdida.

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