Siempre por encima del miedo le acompañó la rebeldía. Ese traje de alas que hace que los toros bravos se vengan arriba y mueran con la boca apretada. Cuando descubrió que escupir al cielo le cubría la cara de babas y no le dejaba ver, fue el día en que apartó el pié al caer una bandeja con tazas de Herend, en vez de meterlo debajo para intentar lograr que se salvara algo como había hecho siempre (Esfuerzo inútil, por cierto, porque cojita hubieran sido innecesarias todas las fábricas de porcelana del mundo al no poder servir el café. Pero eso lo sabe ahora… ) Dejó de llorar cuando le dio a su miembro dolorido la dignidad de cetro y fue en ese instante que le otorgó la independencia al dolor. A este pudo entonces mirarlo y admirarlo como una creación de la naturaleza, observarlo desde arriba sin pisarle la cabeza ni besarlo en la boca.
Le vino bien, porque en aquel momento no tenía tiempo para llorar y como la liebre de Marzo de Alicia en el país de Las Maravillas, empezó una carrera contrarreloj para que sus cachorros desayunaran todos los días pan con esperanza y sonrisas (tres bienes que les habían arrebatado injustamente) Muchas veces el espejo le devolvía más que una risa un rictus, pero se convencía de que solo se trataba de la agonía de su desesperación que estaba dando los últimos coletazos. Y en cualquier caso, ese espejo solo lo miraba ella. Ella y su perro, al que no podía engañar y que apoyaba la peluda cabeza en su rodilla cuando de noche se encerraban los dos solos en la habitación. En aquel momento, tomó una decisión: si la pena tiñe cuando estalla (como decía Miguel H.), la risa también lo hará ¿no? ¡Pues riamos entonces!.
No sé si esa naturalidad para cambiar el gesto se la dio su naturaleza o su coraje aprendido ¡No lo sé! pero… ¿qué mas da? Lo importante es que era un bien privado. Un poder que le pertenecía (al que nunca había renunciado sin saberlo) y que le tiritaba de ansiedad por salir de los bolsillos de su espíritu.
Entonces, empezó a ser feliz.

Ha pasado mucho tiempo, tanto que a veces piensa que el único real es el de ahora. Pero tiene muy claro que al dolor no le va a otorgar, jamás en la vida, ni la más mínima concesión ¡es tan aburrido y tiene tan poco glamour… Es verdad que por el rabillo del ojo no lo pierde de vista y le produce un respeto enorme la gente que lo sufre. Pero ella ya le ha ganado la guerra ¡No una batalla, sino la guerra! Porque ahora sabe torearlo y cuando se pelea contra algo tangible, se sabe también que armas utilizar para aislarlo. La única fuerza del dolor es lo desconocido, el miedo al ??¿y ahora… que va a pasar conmigo… ?? Pero cuando se descubre que ??tú? eres ??TU? y que lo mismo que se nace con la debilidad del llanto, se nace con la fuerza de la risa, la victoria está servida (es mentira que nazcamos desnudos, esa es la engañifa. La verdad es que solo consiste en dar el primer paso y el resto viene solo, aunque ese primer paso ¡no te lo quita ni dios!).

Desde entonces, nada espera ni nada desespera ¡simplemente fluye!. Pero, es verdad, que aunque le puso límites al dolor diciéndole ??¡quieto, esta tierra es mía!?, no lo hizo así ni con la risa, ni con el entusiasmo, ni con esa especie de locura (tantas veces cuestionada por algunos) que hacen de cada día de su vida una aventura si final predecible, excepto el de que ella (peinada o despeinada por el trasiego…) saldrá victoriosa. Porque si sale bien ¡eso que se lleva al cuerpo! y si sale mal seguro que algo ha aprendido. Pero ¡eso sí!, no deja al libre albedrío nada que se cueza cerca, bueno o menos bueno y como una parabólica capta todo lo que se mueve, porque ¡seguro, seguro! que algún mensaje lleva dentro para su aprendizaje, y su crecimiento. Que por instinto sabe – como los ratones del desierto van a la carrera hasta tirarse al mar sin una razón aparente- que es el motivo por el que ha nacido: su evolución como ser humano ¿Cuál si no… ?.