Ellen Goodman

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Ellen Goodman – Boston. Hubo un tiempo en el que cualquier mujer que atribuyera a la suerte su éxito se arriesgaba a quedar marcada por la policía feminista. Afirmar que el punto álgido de la carrera de una se debió a la buena suerte en lugar de los talentos propios, la ambición y el trabajo duro resultaba tan políticamente incorrecto como ruborizarse.

Las mujeres, después de todo, habían sido obligadas a seguir un guión cultural que reza que la feminidad y la ambición son contradicciones. Ellas aprendieron a poner reparos. La mayoría de los hombres, por otra parte, siguen el libreto cultural que atribuye grandeza a su propia capacidad intelectual y esfuerzo. Ellos son los que se hacen a sí mismos.

Bien, a riesgo de servir de carnaza, yo nunca menosprecio la suerte. Examinando mi propia vida y la de aquellas que me rodean, veo una combinación de factores que parecen golpes de suerte. No el tipo de suerte en que te toca el gordo de la lotería, sino el tipo de suerte ante la que tienes que quitarse el sombrero.

Por encima de todo, la narrativa masculina estándar acerca de alcanzar la cumbre por sus propios medios, por los méritos propios, impulsado solamente por tu propio talento, siempre me sonó a machada. La narrativa femenina no era tan humilde como realista.

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Las ideas sobre el éxito han vuelto por sorpresa a la conversación desde que Malcolm Gladwell consiguiera trepar a la cumbre de los más vendidos con su libro “Destacados,” más convenientemente titulado “La historia del éxito.? Gladwell es el anti-Horatio Alger. “No son los más brillantes los que tienen éxito… El éxito tampoco es simplemente la suma de las decisiones y los esfuerzos que tomamos a iniciativa propia,” escribe. ??Es, más bien, un regalo. Los que destacan son aquellos a los que se les da oportunidades — y que han tenido la fortaleza y la presencia intelectual para aprovecharlas.?

En su tabla de “oportunidades” se encuentran, por ejemplo, las estrellas del hockey canadiense juvenil nacidas en los primeros meses del año, cuando la fecha de nacimiento que sirve de corte les da preferencia en el entrenamiento. Aparece el ordenador comprado por el instituto de Bill Gates mucho antes que los demás centros escolares tuvieran tal equipamiento. También está la suerte cultural del que tiene chiripa: el lenguaje que da ventaja a los estudiantes chinos en matemáticas y la economía “del arrozal” que les inculca cierta ética laboral.

Hasta “la norma de las 10.000 horas,” el número de horas para alcanzar el dominio de la materia, no es solamente un asunto de voluntad, sino de oportunidad. Los Beatles se prepararon así durante largas horas tocando en clubs nocturnos de Hamburgo. Y a la inversa, los niños de nuestras escuelas más pobres no están tan desfavorecidos por el centro como por las vacaciones de verano.

Este es el momento perfecto para la historia de éxito de Gladwell. Durante las vacas gordas, nos fijamos en heroicos ejecutivos de empresa y los amos del universo financiero como si su travesía moviera las aguas que recorren. De pronto hay resaca y es más probable que veamos los denominadores comunes como familia, cultura y tiempo dedicado.

No obstante, faltan elementos entre las ideas provocadoras que compone Gladwell. En homenaje a la policía feminista, no pude evitar observar que no hay virtualmente ninguna mujer entre sus “Destacados.? Y las que aparecen son madres casi exclusivamente. Como si las mujeres viviéramos dentro de una cultura diferente.

En el mismo sentido, esta exploración del éxito descuida casualmente los grandes cambios sociales que alteraron las tornas. El antisemitismo, por ejemplo, surge extrañamente como ventaja para los abogados judíos a los que se prohibía entrar en los bufetes cotizados y que (¿por tanto?) se convirtieron en expertos de la absorción corporativa. No se menciona por ninguna parte que la cultura “del arrozal” que da lugar hoy a matemáticos de éxito dio lugar a los “peones” de los constructores del ferrocarril del siglo XIX.

¿Y qué pasa con los herederos y herederas del movimiento de los derechos civiles y los derechos de la mujer que “tuvieron la suerte” de nacer dentro de esa cultura de la adquisición de derechos? Esos movimientos están extrañamente ausentes en un llamamiento populista a reemplazar “la ensalada de golpes de suerte y ventajas arbitrarias” con “una sociedad que brinde oportunidades a todo el mundo.?

Siempre ha existido esta paradoja en el corazón de nuestra idea nacional. Los estadounidenses sí creen que los individuos son agentes de su propio destino. En ocasiones hasta el fracaso. Pero también creemos en crear una igualdad de oportunidades que permita trasladar a la realidad ese destino. Esta dualidad es tan parte de la atmósfera estadounidense como la economía del arrozal para los chinos.

En el corazón de nuestra cultura hay algo más muy en el fondo durante estos tumultuosos, problemáticos y optimistas períodos de transición. Es la creencia inquebrantable en la posibilidad de cambio. Este es el credo fundamental que define la propia historia de éxito de nuestro país: América la que destaca.

Ellen Goodman
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