Por primera vez desde 1972, volverá a haber una misión espacial tripulada a la Luna, la Artemis II, que llevará a cuatro astronautas a su órbita. Pero además de este hito, la misión de la NASA inaugura una nueva era de la convivencia entre humanos y robots en el espacio. En The Conversation detallan cómo la Artemis II va a dar los primeros pasos para tener una base lunar permanente en la que los robots y la inteligencia artificial tendrán un papel clave. Por primera vez se trabajará con modelo de colaboración en el que humanos y máquinas compartan responsabilidades críticas.



El astronauta Frank Rubio (izquierda) y la ingeniera de trajes espaciales Zach Tejral (derecha) en el vehículo lunar diseñado por la empresa Astrolab para el programa Artemis de la NASA.
NASA/James Blair, CC BY-SA

David Rodríguez Martínez, Universidad de Málaga

Desde que el 14 de diciembre de 1972 el astronauta Eugene Cernan dejara la última huella humana en la Luna, esta ha permanecido en un silencio únicamente perturbado por la llegada puntual de naves no tripuladas. Hoy, sin embargo, nos encontramos a unos pocos días del lanzamiento de Artemis II, actualmente programado (después de varios retrasos) para el 1 de abril. Esta nueva misión de la NASA enviará por primera vez en más de medio siglo a un grupo de cuatro astronautas a orbitar nuestro satélite natural.

Más allá de la nostalgia que pueda producir el retorno del ser humano a la Luna, y a pesar de su naturaleza experimental, Artemis II no es una misión más. Con ella se inaugura una era sin precedentes: la de la convivencia entre humanos y robots en los entornos más hostiles de nuestro sistema solar.

Una nave espacial y un cohete en una plataforma de lanzamiento por la noche con la Luna a la izquierda de la imagen

El cohete Artemis II SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial) de la NASA y la nave espacial Orión, en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida, el domingo 1 de febrero de 2026.
NASA/Ben Smegelsky

En busca de un nuevo récord

De la mano del comandante Reid Weisment, el piloto Victor Glover y los especialistas de misión Chirstina Koch y Jeremy Hansen, Artemis II realizará una trayectoria de retorno libre desde la Luna a bordo de la cápsula espacial Orión. Aunque no habrá alunizaje, la tripulación viajará más allá de la cara oculta de la Luna, en un viaje de ida y vuelta de diez días.

Una nave espacial en una nave de trabajo de la NASA con operarios que la observan

Cápsula Orión de la misión Artemis II.
NASA/Flickr, CC BY-NC-ND

Durante ese tiempo se realizarán comprobaciones clave de los sistemas de soporte vital, de navegación autónoma y de gestión de recursos, poniendo a prueba a la Orión en un entorno característico del espacio profundo. Se prevé que Artemis II bata un nuevo récord: el de la misión que más lejos ha llevado a humanos de la historia, superando los 400 171 kilómetros del Apolo 13.

Aunque igualmente motivado por la amenaza de agentes externos, el programa Artemis, a diferencia de las misiones Apolo, nace con una vocación de permanencia. De materializarse, la hoja de ruta trazada por este y otros programas subyacentes de la NASA, como el Commercial Lunar Payload Services (Servicios Comerciales de Carga Útil Lunar), formará parte de uno de los experimentos más ambiciosos jamás emprendidos para comprobar si somos capaces de habitar de manera sostenible más allá de la órbita baja terrestre.

Ilustración que muestra las principales etapas de la misión Artemis II.

Resumen de la misión Artemis II.
NASA

Primeros pasos hacia una base lunar

Desde que a comienzos del siglo 20 el autor de ciencia ficción polaco Jerzy Żuławski publicara su Trilogía Lunar, pasando por las propuestas de los científicos y escritores Arthur C. Clarke (autor de 2001: Una odisea del espacio) y Wernher von Braun, hemos fantaseado con la idea de establecer una presencia permanente en el objeto celeste más próximo a la Tierra. El verdadero salto cualitativo de Artemis II es que dará los primeros pasos para lograrlo: establecerá los primeros protocolos para una presencia humana continuada, comenzando por el trabajo en órbita.

Los que llevamos ya un tiempo siendo testigos de diversos planes para la explotación del espacio, la minería de asteroides o la fabricación a gran escala en órbita, sabemos que muchas hojas de ruta acaban siendo más aspiracionales que reales. Aun así, mantenemos la ilusión casi infantil por que Artemis no sea un programa más destinado (únicamente) a plantar una bandera.

Robots: la clave en esta nueva era del espacio

Para llegar a tener esa base sostenible y permanente a casi 400 000 km de la Tierra, los humanos vamos a tener que depender de robots e inteligencias artificiales encargadas de todas aquellas tareas que serían ineficientes o extremadamente peligrosas para un ser humano.

Con Artemis II y, más significativamente, en las misiones subsiguientes, pasamos a un modelo de colaboración estrecha, en el que humanos y máquinas compartan responsabilidades críticas. Los robots deberán actuar, en muchos casos, como extensiones del cuerpo y mente de los astronautas.

Hablamos de robots capaces de excavar, transportar y transformar el regolito lunar, así como de construir y mantener infraestructuras vitales. Veremos flotas de vehículos autónomos explorar los cráteres en sombra permanente de los polos lunares en busca de compuestos volátiles y otros recursos, operando de forma independiente durante semanas.

Los robots dejarán de ser meros exploradores científicos para convertirse en operadores y compañeros de trabajo. La Luna se transforma así en un banco de pruebas para la logística autónoma a gran escala.

Una persona con traje espacial manipula un artilugio en un rover espacial

El astronauta Joe Acaba despliega el panel solar del vehículo lunar Eagle de Lunar Outpost, diseñado para el programa Artemis, durante las pruebas realizadas en el Centro Espacial Johnson de la NASA.
NASA/Robert Markowitz, CC BY-SA

Un laboratorio espacial para aplicaciones terrestres

Pero quizás el impacto más profundo de esta alianza no se produzca en la Luna, sino en la Tierra. La automatización y la robótica ya forman parte de muchas tareas cotidianas, pero el programa Artemis llevará esta convivencia a un nivel de exigencia y dependencia sin precedentes. Si logramos que humanos y robots colaboren con éxito para reparar un sistema de producción eléctrica en la oscuridad lunar o para desplegar flotas de robots en una misión de rescate, habremos perfeccionado tecnologías que tienen una aplicación directa e inmediata en la Tierra, y cada vez más necesaria.

Este aprendizaje acelerará la integración de robots en entornos terrestres complejos: desde operaciones de rescate tras desastres naturales o conflictos armados hasta la gestión de infraestructuras críticas en entornos marinos, polares o desérticos. Además, las exigencias del espacio –eficiencia extrema, autonomía prolongada, capacidad de autodiagnóstico y autorreparación– impulsarán una robótica terrestre más sostenible y resiliente.

La Luna se revela así como el gran laboratorio natural para ensayar una cooperación humano-robot que será imprescindible no solo para la exploración espacial, sino también para un futuro terrestre cada vez más dependiente de sistemas autónomos capaces de operar en entornos complejos, remotos y hostiles. El futuro no es de los humanos contra las máquinas, ni de las máquinas sin los humanos, sino de una alianza que comenzará a forjarse con el lanzamiento de Artemis II, a miles de kilómetros de casa.The Conversation

David Rodríguez Martínez, Investigador y Profesor Beatriz Galindo, Laboratorio de Robótica Espacial, Universidad de Málaga

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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