Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

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Richard Cohen – Washington. Los franceses tienen a la atractiva Marianne, los británicos tienen a la seductora Britannia, y nosotros tenemos a la accesible Dama de la Libertad. Me permito sugerir, durante lo que dure la presente recesión al menos, un nuevo emblema femenino de nuestros tiempos: Marvene Halterman, de Avondale, Ariz. A los 61 años de edad, tras 13 años de prestación por desempleo ininterrumpida y otros tantos al menos de vivir de la ayuda social, consiguió una hipoteca.

Consiguió esa hipoteca hace menos de dos años. La consiguió incluso habiendo tenido en un momento dado a 23 personas residiendo bajo el mismo techo (175 metros cuadrados, un solo baño) y unas cuantas dependencias desvencijadas. La consiguió por 103.000 dólares, una cantidad que superaba con creces el valor del inmueble. El lugar ha sido desde entonces declarado en estado de ruina.

Este relato, tan estadounidense desafortunadamente como el pastel de manzana, era contado recientemente otra vez en el Wall Street Journal. Como la historia fue publicada durante un largo fin de semana de vacaciones, es posible que se le pasara, por no hablar del ocasional miembro del Congreso o, Dios lo prohíba, las diversas agencias públicas de regulación. Es la única explicación posible a por qué no ha habido ejecuciones, por no hablar de detenciones.

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La residencia de Halterman nunca fue exactamente una casa de revista — el consistorio municipal la había multado por toda la basura (ropa, neumáticos, etc.) en su césped. No obstante, una institución financiera local, con el nombre inspirador de confianza de Fondos Integridad S.L. le concedió una hipoteca, tasando su casa en el doble de la cantidad al menos por la que se vendió un inmueble similar cercano.

Según el Journal, Fondos Integridad vendió a continuación el préstamo a Wells Fargo & Co., que lo vendió a HSBC Holdings PLC, que a continuación lo titularizó junto a miles de hipotecas de riesgo más y ofreció este indigesto potaje a los inversores. Standard & Poor’s y Moody’s Investors Service lo examinaron por completo, como se supone que hacen, y lo declararon ??triple-A.? ??Doble-A? debe ser cuando no tiene agua potable.

En cada paso de este proceso hipotecario, se cometió un crimen moral. El tipo de interés de Halterman se habría hinchado al 15,25 por ciento, cuando con toda probabilidad pagar el 1 por ciento habría sido un trago en su caso. (Su prestación social y pensiones por discapacidad alcanzaban en total 3.000 dólares al mes.) Tras amortizar sus deudas y las comisiones habituales, Halterman arrojaba 11.090 dólares. Tras dar salida a su hipoteca, Fondos Integridad calculó más o menos lo mismo: 9.243 dólares.

Llegamos ahora a Bernard Madoff, el facineroso que presuntamente dirigía una estafa piramidal de 150.000 millones de dólares. La lengua inglesa carece de palabras de desprecio suficientes para este hombre que aplicó las palabras de Maimónides ?? la sagrada obligación de la filantropía — para estafar a entidades de caridad un dinero destinado a los pobres. Sus víctimas eran ricos y no tan ricos, veteranos Amos del Universo y profesores ancianos, igualmente en quiebra ahora, una equiparación del nivel de riqueza que no se le pasó por la cabeza ni a Lenin. El desastre es considerable.

Pero párese a pensar: ¿Ha habido una estafa piramidal mayor que la que estranguló a incontables propietarios de casas con pocos recursos financieros? ¿Alguien ha ido a la cárcel? Nadie. ¿Quién ha restituido las enormes cantidades de dinero ganadas en concepto de servicios financieros? Nadie. ¿Dónde está el antiguo genio financiero que ha prometido devolver su prima — o donarla a la caridad — porque estaba supervisando una enorme fábrica de sueños que no fabricaba sino una quimera tan grande como para tocar el cielo? ??Tenga, lo siento, no me lo he ganado.? Palabras que usted no oirá nunca.

¿En qué sentido era tan diferente la presunta estafa de Madoff? ?l podría entrar en prisión. Los demás salen impunes. Pero tenían que saber por obligación que Halterman nunca podría amortizar su hipoteca. Sabían por obligación que ella no se podía permitir un tipo de interés del 15,25 por ciento. No importaba. Una institución vendía a otra, se llevaba sus comisiones, pasando este título piramidal igual que una patata caliente — no lo tengas mucho tiempo o te quemarás — y a continuación lo ofrecía al elogiado, todopoderoso y claramente perfecto Mercado, nuestro dios secular.

Ah, Halterman, es usted nuestra Marianne involuntaria, nuestra Britannia. Representa usted las consecuencias de un Congreso engañado y comprado a la vez. Personifica usted presidencias de éxito sucesivas (Clinton, Bush) que se embriagaron de liberalización. Encarna usted a una opinión pública que creía fervientemente en el chollo de los precios de la vivienda en permanente crecimiento y en un sistema financiero que se imaginaba que nadie tendría que encargarse nunca de la situación… hasta que no hubo más remedio.

La pequeña casa de West Hopi Street tiene programada su demolición. Una pena. Porque por apenas 18.000 dólares, su valor tasado por el momento, podría ser adquirida por el gobierno y convertida en un adecuado monumento a nuestra era: el Museo Estadounidense de la Avaricia. No se moleste en entrar. Todos somos miembros honoríficos.

Richard Cohen

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