E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Es difícil querer a la Agencia de Seguridad en el Transporte, especialmente ahora que el personal aeroportuario parece tan decidido a tocarle los huevos a la gente. Pero la labor de la Agencia no es ser encantadora, es ser infalible — y también, al parecer, sufrir siendo injustamente calumniada.

Claro, el tipo del “no me toques el culo” tocó una fibra sensible. Dedico el tiempo suficiente a superar las colas de seguridad de los aeropuertos para compartir su frustración ante protocolos en permanente cambio que parecen caprichosos, intrusivos y a veces simplemente aberrantes. Pero, ¿Cuál es, concretamente, la alternativa?

Las pasadas Navidades, Omar Faruk Abdulmutalab trató presuntamente de abatir un avión comercial detonando explosivos ocultos en su ropa interior. El dispositivo no explotó correctamente, pero el incidente sensibilizó a la Agencia al peligro de que explosivos terroristas puedan superar los detectores de metales — de ahí la prisa por instalar dispositivos de exploración integral que producen una imagen clara de lo que hay debajo de la ropa de la gente, culo incluido.

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¿Una invasión inaceptable y antiamericana de la intimidad? No es eso lo que los críticos decían en aquel momento. La evaluación que hacía la Secretario de Interior Janet Napolitano del atentado frustrado de la ropa interior — que “el sistema funcionó” porque un pasajero saltó sobre Abdulmutalab – fue ridiculizada. Si existía alguna tecnología que pudiera haber detectado el dispositivo de la ropa interior, preguntaban los críticos, ¿por qué no estaba instalada?

De manera que ahora se instalan los detectores – y algunos se quejan de que hacen un trabajo demasiado bueno, en lo que a la imagen se refiere. La respuesta de la Agencia es ofrecer al pasaje la opción de someterse a un registro manual comparablemente exhaustivo. Frustraría toda la finalidad de la maquinaria que la gente pueda decir simplemente “no gracias” y después someterse a un registro superficial que pudiera pasar por alto un dispositivo como el explosivo de la ropa interior. El cacheo, si se trata de eso, tiene que ser exhaustivo.

¿Es todo esto realmente necesario? Eso depende de lo seguro que quiera estar, o más bien de lo seguro que quiera sentirse.

El dispositivo que llevaba Abdulmutalab encima se cree ha sido diseñado y construido por la filial de la organización de Osama bin Laden en Yemen, llamada Al-Qaeda en la Península Arábiga, o AQAP. Este grupo ha estado cada vez más activo y no hace ningún secreto de su tenaz deseo de derribar aviones comerciales estadounidenses.

El domingo, Al-Qaeda en la Península Arábiga se jactaba de haber colocado dos sofisticados explosivos — camuflados como cartuchos de tinta de impresora — en aparatos de carga con destino a Estados Unidos el mes pasado. Los poderosos artefactos fueron interceptados en tránsito, en Gran Bretaña y Dubai, y parecían diseñados para explotar en tránsito.

En otras palabras, esta gente de Al-Qaeda en la Península Arábiga es ingeniosa y tiene resolución. Bien, podríamos decidir que tratar como reos de Guantánamo a todo el pasaje estadounidense es ir demasiado lejos — que al hacerlo, investimos a un puñado de terroristas de un poder que no merecen. Eso podría tener sentido, pero tendríamos que entender las consecuencias.

En el caso de cualquier individuo, la probabilidad de perder la vida o salir herido en un atentado terrorista seguirá siendo infinitesimal. Pero la probabilidad de que en alguna parte, de alguna manera, Al-Qaeda en la Península Arábiga logre abatir con el tiempo un aparato comercial aumenta considerablemente.

No hemos decidido, y probablemente no decidamos, poner esto en la categoría de riesgos aceptables, junto a los accidentes aéreos debidos a las malas condiciones meteorológicas o a las bandadas de gansos. El daño económico y psicológico de los atentados terroristas es tan enorme que hemos resuelto evitarlos. Esto es lo que pedimos que haga la Agencia de Seguridad en el Transporte.

Lo que los críticos quieren decir realmente no es que la Agencia debería dejar embarcar a los que llevan explosivos en la ropa interior. Lo que están diciendo es: No me registre a mí, ni registre a mi abuela. Limítese a registrar a los terroristas potenciales.

En otras palabras, quieren el fichado. Es una idea seductora, supongo, si usted no pasa mucho tiempo preocupado por las libertades civiles. Pero podría no funcionar. Nuestros enemigos terroristas pueden ser malos, pero no son idiotas.

Si sólo registramos a la gente que tiene “aspecto de terrorista”, Al Qaeda enviará a personas que no encajen en el perfil. No es casualidad que la mayor parte de los terroristas del 11 de septiembre de 2001 procedieran de Arabia Saudí; en aquella época, era más fácil a los súbditos saudíes obtener visados estadounidenses que a los ciudadanos de los demás países árabes. Si los terroristas son lo bastante inteligentes para esconder explosivos en cartuchos de tinta, con el tiempo descubrirán un terrorista suicida de aspecto idéntico al suyo, al mío o al de la abuela.

Tenga paciencia con la Agencia de Seguridad en el Transporte. Y feliz Acción de Gracias.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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