E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. La evaluación inicial del ataque contra un aparato comercial el día de Navidad que hacía la secretario de Seguridad Nacional — que “el sistema funcionó” — no está a la altura del “Brownie, estás haciendo un trabajo fabuloso” de Bush con el Katrina. Pero sólo porque lo corrigió enseguida.
¿Un sistema que permite que un hombre de quien se había dado parte a agentes estadounidenses como amenaza potencial — por su propio padre preocupado — embarque en un vuelo de Ámsterdam a Detroit con explosivo de gran potencia cosido a su ropa interior? ¿Que permite que este caballero detone su explosivo cuando el aparato se preparaba para aterrizar, provocando un incendio potencialmente catastrófico? ¿Que depende de que haya un joven pasajero atlético sentado en las inmediaciones? ¿Que cuenta con que este héroe accidental reaccione con la suficiente rapidez para frustrar los planes del terrorista?
Si es así como funciona el sistema, necesitamos un sistema nuevo.
No me entienda mal. No estoy achacando a la administración Obama el supuesto atentado terrorista de Umar Faruk Abdulmutalab, y sería condenable que cualquiera intentase utilizar el incidente para ganar puntos políticos. La Casa Blanca es culpable sólo de adoptar la postura defensiva al no reconocer inmediatamente lo evidente: tenemos un problema. En la práctica, tenemos dos problemas.
El primero es que el incidente Abdulmutalab revela serias deficiencias en “el sistema” que Napolitano entre otros se dio tanta prisa por defender. En este punto, nadie puede dudar de que la aviación civil sigue siendo un objetivo prioritario de al-Qaeda, sus ramas y sus imitadores simpatizantes. A la mayoría de nosotros se nos ha dado la impresión de que quitarnos los zapatos en el aeropuerto y limitarnos a llevar esos pequeños tubos de muestras de pasta de dientes, crema de afeitar y loción para el afeitado basta para garantizar un vuelo seguro.

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Para el pasaje del vuelo Northwest 253, no fue el caso.
Una solución — cara y agresiva, pero eficaz — sería hacer uso obligatorio de las nuevas tecnologías de vigilancia aeroportuaria. Un escáner “de cuerpo completo”, que da una imagen mucho más detallada que el detector de metales usual, o una máquina “de rastreo organoléptico”, que analiza los rastros de productos químicos, habrían detectado probablemente los explosivos que presuntamente transportaba Abdulmutalab.
En este caso, sin embargo, el sistema parece haber funcionado incorrectamente mucho antes de que Abdulmutalab se personara en el aeropuerto Schiphol de Ámsterdam.

El padre de Abdulmutalab, el rico banquero nigeriano Alhaji Umaru Mutalab, había advertido a las autoridades nigerianas y estadounidenses de la creciente radicalización de su hijo — información que condujo a agentes estadounidenses a introducir el nombre de Abdulmutalab en una lista de seguimiento junto a otro medio millón de nombres, pero no a revocar su visado de entrada o impedirle abordar un aparato comercial con destino a Detroit.
Es una experiencia infrecuente que cualquiera procedente de un país en vías de desarrollo obtenga un visado para entrar en Estados Unidos. Ya hemos rechazado montones. No va a ser fácil, pero el sistema debe ser reformado con el fin de dejar pasar a la gente correcta e impedir el paso a los peligrosos.

Cuando Abdulmutalab presuntamente se prendió fuego, no había agentes en vuelo para gestionar la situación. Me doy cuenta de que no es posible destacar un agente federal armado en cada vuelo. Pero al margen del algoritmo que utilicen los funcionarios para determinar los vuelos que van a tener agentes a bordo, evidentemente necesita de mejoras.

El segundo problema al que nos enfrentamos es mucho mayor, y realmente no tiene solución a la vista.

Según las crónicas de las declaraciones a las autoridades realizadas por Abdulmutalab tras su detención, afirma haber recibido el explosivo — y las instrucciones de cómo utilizarlo y cuándo — de agentes de al-Qaeda en Yemen. Como observé anteriormente en esta columna y quedaba ilustrado por la soberbia crónica publicada el lunes por el Washington Post, Yemen destaca prominentemente en los planes de expansión de al-Qaeda.

La versión de Abdulmutalab sugiere que alguna infraestructura de adoctrinamiento, formación y fabricación de explosivos ya está funcionando, y que esta joven rama ambiciosa de al-Qaeda se siente lo bastante segura en sus capacidades para lanzar un ataque contra lo que la administración George W. Bush llamaba inapropiadamente “la patria”.

Nuestro enemigo al parecer entiende que su futuro que se encuentra en lugares como Yemen — o puede que Somalia, un estado disfuncional desde hace casi dos décadas en donde el islam fundamentalista militante está en auge.

Es seguro que la dirección del enemigo se ha instalado en las zonas remotas de Pakistán, más allá del alcance del gobierno. Pero Estados Unidos tendrá pronto 100.000 tropas registrando Afganistán hasta debajo de las piedras, donde la presencia de al-Qaeda es a estas alturas mínima.

Entiendo y aprecio el temor a que si los talibanes vuelven al poder del nuevo, puedan invitar a al-Qaeda a volver a Afganistán para abrir una delegación. Pero no puedo evitar la sensación de inquietud por estar librando, y escalando, este último conflicto — mientras el enemigo abre el próximo.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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