E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard yEditor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington.  La tradicional lectura de aceptación del Premio Nobel de la Paz, pronunciada cada año en el modernista ayuntamiento de Oslo, no incluye normalmente palabras como: “Soy responsable del despliegue de miles de jóvenes americanos en batalla en un país distante. Algunos asesinarán. Otros serán asesinados”.
El presidente Obama aceptó el Nobel a la pacificación pronunciando una reflexión elocuente y con frecuencia pesimista de la naturaleza y la necesidad del conflicto bélico. Cualquiera que ponga en duda su compromiso con la guerra de Afganistán, que ha escalado con un “incremento ampliado” de 30.000 efectivos estadounidenses nuevos, debería leer la transcripción del discurso de Oslo. Los militaristas que sospechaban — y los pacifistas que esperaban — que Obama fuera un pacifista encubierto verán que aunque no buscó ser un “presidente de guerra”, ha aceptado su destino.
Los principales discursos de Obama con frecuencia establecen no sólo la postura que adopta ni la decisión que ha tomado, sino también el proceso mental que le ha llevado ahí. Escuchando su conferencia el jueves, tuve la impresión de estar escuchando argumentos a favor y en contra que podrían haberle pasado por la cabeza durante el largo examen político que condujo al incremento en Afganistán.
Un alto funcionario de la administración, hablando bajo condición de anonimato, me decía esta semana que el día en que Obama tomó la decisión del incremento de efectivos fue el más difícil del Presidente hasta la fecha. Las opciones, según el relato que hace este funcionario, eran malas todas.

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El presidente ha concluido que iniciar una retirada — que es lo que estoy convencido que debería hacer — era demasiado arriesgado, teniendo en cuenta las pruebas de “amenazas reales y graves” para Estados Unidos que aún emanan de la región entre Afganistán y Pakistán. Dejar los niveles de efectivos como están habría perpetuado el inaceptable estatus quo, decidió el presidente, sin tan siquiera una ruta teórica al día en que las fuerzas estadounidenses puedan retirarse con seguridad.
Obama realizó una apuesta doble. Concedió al General Stanley McChrystal la mayoría de las tropas que solicitaba — no sólo un contingente de técnicos con los que intentar poner en forma al ejército afgano, sino también fuerzas de combate para desmantelar y “fragmentar” a la insurgencia talibán. Y fijó la fecha de julio de 2011 para empezar a retirar las tropas, esperando que eso moviera al Presidente afgano Hamid Karzai a adoptar las reformas urgentemente necesarias.
Obama vio este rumbo de acción como el que tiene más posibilidades de crear las condiciones necesarias para traer a casa al mayor número de tropas estadounidenses en la fecha más próxima posible, dijo el alto funcionario. Pero varios funcionarios de la administración han dejado claro en sus comentarios a la prensa que julio de 2011 está pensado para ser el inicio de una retirada, no el final, y que la política de Obama no anticipa la fecha en que el último soldado estadounidense apagará la luz y cerrará la puerta.
En su discurso de Oslo, el presidente hizo una breve historia de la guerra — desde los “albores de la historia” a través de los terribles conflictos del siglo XX pasando por las “guerras dentro de naciones” de la actualidad, en las que “mueren muchos más civiles que soldados, se siembran las semillas de los futuros conflictos, las economías son destruidas, las sociedades civiles hechas pedazos, los refugiados aglomerados y los menores traumatizados”.
Su conclusión básica es que la guerra es siempre trágica pero a veces es necesaria: “las negociaciones no pueden convencer a los líderes de al-Qaeda de deponer sus armas”. Y mientras que reiteraba su apoyo al multilateralismo, defendía vigorosamente el papel que ha jugado Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial como superpotencia militar, que actúa en “interés ilustrado”.
De manera que la cuestión en torno al uso de la fuerza militar no es un si, más bien cómo y cuándo.
Acerca de cómo debe emprenderse la guerra, Obama prometía que Estados Unidos cumplirá religiosamente los estándares de la Convención de Ginebra, que la administración Bush parecía considerar flexibles y desfasados. Me sigue pareciendo increíble que un presidente estadounidense tenga que renunciar expresamente al uso de la tortura, pero es una obligación que Obama heredó.
Acerca de cuándo utilizar la fuerza, Obama no ofreció ningún consuelo a aquellos que puedan sentir “una acusada ambivalencia a propósito de la acción militar hoy, sin importar la causa”. El presidente dio una lista de causas potenciales que en la práctica fue bastante completa. Dijo que la guerra puede estar justificada por motivos humanitarios, como en los Balcanes. Mencionó los estados disfuncionales, como Somalia. Habló de las ambiciones nucleares de Irán y Corea del Norte.
Obama concluyó con revitalizantes palabras de esperanza, pero hizo una clara distinción entre el mundo que nos gustaría y el mundo que es. No, desde luego no fue el tipo de discurso de Nobel al que estamos acostumbrados.

Eugene Robinson

Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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