E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Muchos artistas saben impresionar o entretener, pero solo unos pocos saben sorprender. Michael Jackson lo hizo en dos ocasiones. La primera tuvo lugar en octubre de 1969, cuando el single “I Want You Back” presentó a un niño de 11 años de aspecto angelical que cantaba con increíble madurez, sentimiento y ritmo. La segunda fue en marzo de 1983, cuando el prodigio — ya crecido, delgado y anguloso — bailaba su paso de espaldas durante un electrizante “Billie Jean,” dejando a una audiencia televisiva nacional con la boca abierta ante la naturalidad con la que desafiaba las leyes de la física.La trayectoria personal de Jackson, sin embargo, era insoportable. Nunca he dado mucho crédito a la idea de que el talento devora siempre a aquellos a los que bendice. Jackson tenía fallos y debilidades, por decirlo diplomáticamente, pero también las tenemos todos. El dinero y la fama hacen posible que el rico y famoso sucumba a sus instintos más bajos. Las sanguijuelas que rodearon a Jackson toda su vida hicieron no sólo posible esa entrega sino inevitable.

Desde el principio — desde el momento en que Joe y Katherine Jackson decidieron modelar a sus hijos no en una familia sino en un escenario — Michael fue la verdadera fuente de recursos. No pretendo ofender a Jackie, Marlon, Tito y Jermaine, pero si se hubieran presentado a la prueba de Berry Gordy Jr., de Motown, como los “Jackson 4,” él los habría devuelto a Gary, Ind., en el primer autobús. Michael era la estrella.

Jackson ha declarado que su padre solía pegarle, quizá porque él era “el chico de oro.” Joe Jackson siempre ha negado las agresiones físicas, pero en cierto sentido no importa. Me parece que vincularse al hijo de uno igual que una babosa y negar a ese hijo cualquier atisbo de infancia equivale a un abuso.

Jackson habló en una ocasión durante una entrevista de trabajar hasta altas horas de la noche en un estudio ubicado al otro extremo de un recreo — y llorar porque quería jugar en los columpios y el tobogán, no cantar la misma canción delante de un micrófono una y otra vez.

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Estando de gira, Michael no pasaba mucho tiempo con los chicos de su edad. Dormía en literas con sus hermanos mayores, que habían entrado en la pubertad — y que, con bastante naturalidad, tenían un acusado interés en las incondicionales que los abordaban tras los conciertos y les pedían visitar los camerinos. No es exagerado imaginar que Michael podría acabar algún día con ciertas ideas y sentimientos confusos en torno a la sexualidad humana.

Cuando Michael probó suerte en solitario, pudo tomar sus primeras decisiones por primera vez. Pero no tenía práctica tomando decisiones, y mientras que las decisiones profesionales que tomó fueron soberbias — los álbumes que grabó al principio de su colaboración con el productor por excelencia Quincy Jones, “Off the Wall” y “Thriller,” son clásicos universales — sus decisiones personales fueron torpes, desaconsejables y cada vez más barrocas.

La peor elección, por supuesto, fue la forma en la que jugueteaba con menores en su Rancho de Neverland. Jackson fue absuelto de cargos de pedofilia, pero también pagó una cifra de siete ceros en un acuerdo de conciliación a la familia de una presunta víctima. Deje que sea claro en que ningún trauma de la infancia justifica el comportamiento impropio delante de menores. Mi pregunta, sin embargo, es dónde estaban los miembros del séquito y los agentes y los pegotes — que tenían sospechas de que a lo mejor no iba todo bien en Neverland. ¿Eligieron mirar a otro lado?

Estoy seguro de la versión de Jackson de que sufría de vitíligo — aunque no creo que el vitíligo ni ninguna otra forma de enfermedad de la piel fuera el motivo de la atroz cirugía plástica que convirtió su cara en una máscara pálida y grotesca. Tenía que ser la repugnancia hacia sí mismo — no necesariamente una tentativa de volverse “blanco” sino de hacerse repulsivo.

También creo su versión de que se enganchó a los tranquilizantes mientras se recuperaba del accidente en el que se quemó gravemente mientras grababa un anuncio de Pepsi. El gurú espiritual y autor Deepak Chopra, que consideraba a Jackson un amigo de más de 20 años, declaraba el viernes a la CNN que Jackson era un consumidor crónico de la Oxicodina y el Demerol entre otros opiáceos.

Otros se encontraban en la residencia a la salida de Sunset Drive en la que Jackson dejó de respirar, incluyendo al médico personal del artista. En el momento de su muerte, Jackson intentaba someterse a un duro calendario de ensayos programado para preparar una farsa de 50 conciertos en Londres — 50 agotadores conciertos a los 50 años de edad. No podía más. Sufría dolores.

A los sicofantes de Jackson sólo les preocupaba mantener contento a la fuente de sus lentejas. Aunque sólo hubiera sido por egoísmo, deberían haberse preocupado más de mantenerlo vivo.

 

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.

 

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