E. Robinson

Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Esto puede parecer de perogrullo, pero Roland Burris tiene que dejar de dar explicaciones y empezar a embalar sus cosas. El desgraciadamente olvidadizo senador de Illinois debería volverse a casa y no salir de allí, y le aconsejaría también hacer voto de silencio.

Probablemente no lo hará, desafortunadamente -no por propia voluntad, al menos. Siguiendo la tradición del hombre que le designó para ocupar el escaño vacante de Barack Obama en el Senado, el ex Gobernador acosado por los escándalos Rod Blagojevich, Burris parece decidido a mostrar perseverancia frente a la adversidad. Alguien debería de recordarle que esta estrategia no le fue de gran ayuda a Blagojevich, excepto para mostrar a los ejecutivos de televisión su enorme potencial como presentador de debates- asumiendo que el ex gobernador no haga una parada obligatoria en una prisión federal.

Burris probablemente no corra un gran riesgo legal. Al contrario que Blagojevich, sin embargo, él tiene una admirable trayectoria como empleado público y pionero afroamericano que se remonta décadas atrás. Ya ha deshonrado esa herencia y va camino de destruirla por completo. Cuando aprovechó la oportunidad de poner el colofón a su carrera con dos años -puede que más- en el Senado, dudo que pretendiera ser recordado por tomarse licencias absurdas con la verdad.

En enero, prestando testimonio bajo juramento ante legisladores del estado de Illinois, Burris sólo reconocía una conversación con un funcionario de la oficina de Blagojevich acerca del posible candidato al Senado. Negó haber hablado con los demás miembros del gabinete de Blagojevich y negó haber ofrecido al gobernador algo a cambio -un punto clave, teniendo en cuenta las alegaciones de que el gobernador le expulsó de su puesto.

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Blagojevich es acusado, en un auto federal, de, entre otros presuntos delitos, intentar “vender” al mejor postor el escaño del Senado a cambio de un futuro puesto, donaciones de campaña u otras prebendas. ?l negó cualquier mala obra pero fue expulsado del cargo mediante votación unánime del Senado estatal de Illinois, dado que los legisladores eligieron fiarse de las largas transcripciones de conversaciones telefónicas que implican al gobernador y que fueron grabadas en secreto por detectives del FBI.

El pasado fin de semana, Burris contaba una historia distinta. Decía que realmente sí habló con otros ayudantes de Blagojevich, y añadía que uno de ellos -el hermano del ex gobernador, que también era su presidente de finanzas- llamó a Burris en tres ocasiones para pedir su ayuda en la recaudación de fondos. Algunos días después de esa admisión, Burris destapaba que realmente hizo tentativas de recaudar dinero para Blagojevich, aunque fue incapaz de encontrar a alguien dispuesto a donar.

La explicación que da Burris a la discrepancia -cómo lo que sonaba a un inequívoco “yo no lo hice” realmente significaba “lo hice”- rezuma incredulidad. Se apoya en temas de sintaxis, y eso es siempre una mala señal. Las complejidades de la gramática no alteran la ecuación básica: teniendo en cuenta las acusaciones presentadas contra Blagojevich, Burris tenía motivos para dar la impresión de que solamente tuvo el contacto más remoto y mínimo con la oficina del gobernador. Y ésa es la impresión que dio.

Hay rumores en Illinois de intentar vertebrar una acusación de perjurio contra Burris, pero creo que su construcción de las oraciones es suficiente para sustentar la duda razonable y hacer inverosímil su procesamiento. Su capacidad para representar adecuadamente a la ciudadanía de Illinois en el Senado de los Estados Unidos, sin embargo, quedaba en cuestión desde el principio. Ahora tenemos la respuesta.

A los 71 años, Burris había intentado hacerse con un alto cargo y fracasado en varias ocasiones; realizó su primera tentativa al Senado en 1984. Es comprensible que aprovechara la oportunidad de hacer realidad su sueño, incluso si le era ofrecida por el corrupto Blagojevich. Los políticos son optimistas por naturaleza. Probablemente Burris se convenciera a sí mismo de que una vez que se convirtiera en senador, no importaría nada cómo llegó a serlo; que los votantes tienen mala memoria; que podría utilizar los dos últimos años del mandato de Obama para establecerse, y que para entonces podría estar en posición de presentarse a un nuevo mandato propio de seis años. Podría corregir simplemente el tema de sus contactos con Blagojevich -después de todo, nadie sabe de quién era la conversación registrada para la posteridad en esas cintas del FBI- y después volver a su rejuvenecida carrera política.

Es un escenario atractivo, pero las cosas no han salido así. Burris habría podido superar las dudas de la integridad de Blagojevich, pero no las dudas nuevas sobre la suya. ¿Quiere que la gente le vea como codicioso y débil? ¿O como un buen hombre que demuestra al mundo, al final de su vida, que es lo bastante fuerte para admitir que cometió un error?

Sí, estoy apelando a su vanidad. Estoy intentando lo que obviamente funciona.

Eugene Robinson

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