Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen – Washington. Gregor Samsa, el jefe del departamento legal de una empresa exterminadora de plagas, se encontraba en Nueva York de viaje de negocios cuando fue golpeado en toda la cabeza por una maceta (de geranios) que regaba una tal Dorothy Obdean tres plantas más arriba. Esto sucedía en 1970. Samsa entró en un coma del que despertó la semana pasada nada menos. Casi inmediatamente, leía con asombro la prensa de referencia. “Por alguna razón, a Vietnam le han cambiado el nombre por el de Afganistán”, decía.

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Samsa siguió leyendo. Aparte del cambio de nombre y algunas otras diferencias sin importancia, observó que todo lo demás estaba igual. Unos cuantos mandos militares de los que nunca había oído hablar, inexplicablemente maqueados y tan inteligentes que se preguntaba porqué se habrían metido para empezar en el negocio de la muerte, predecían el principio del fin o el final del principio o una cosa parecida. Buscó la fórmula “luz al final del túnel”, pero sin motivo aparente no estaba.

Samsa pasó la página. Allí, tal como esperaba, descubría que la batalla de Marja, que antes iba a ser “el punto de inflexión” de la guerra, ahora daba bandazos. Tanto el Washington Post como el New York Times habían informado — en palabras de Rajiv Chandrasekaran, del Post — que los talibanes “habían ganado fuerza en las últimas semanas, a pesar de las primeras informaciones de éxito anunciadas por los Marines estadounidenses”. Samsa se relaja visiblemente. Ahora está seguro de que hablan de Vietnam.

Samsa sigue leyendo. Elizabeth Rubin informa en Foreign Policy que el líder del antiguo Vietnam actúa de forma errática. El líder tiene un nombre extraño para ser vietnamita, Hamid Karzai. Había despedido a su director de Inteligencia y a su ministro de Interior no, como había dicho, porque hubieran fracasado a la hora de evitar un reciente ataque de mortero, sino porque pensaba que estaban conchabados con los americanos. Karzai estaba seguro de que los americanos intentaban intimidarle. Tal vez Westmoreland pueda tranquilizarle.

El hermano del presidente, mientras tanto, al parecer pone pegas a un asalto planeado desde hace tiempo a Kandahar que se ha visto retrasado por esa razón. El hermano — hermanastro en realidad, y todos tenemos nociones psicológicas de lo que significa eso — es un señor de la guerra muy poderoso o algo así. También es igual de corrupto que el concejal medio de Chicago o, como Samsa descubrirá rápidamente, virtualmente todos los miembros de la legislatura del estado de Nueva York. Durante años literalmente, han surgido informaciones de que los americanos o su hermano (hermanastro) o tal vez la Mossad se iban a deshacer de él, pero sigue en el poder. El hecho de que nada haya cambiado resulta extrañamente tranquilizador a Samsa.

La guerra, aprendía Samsa, estaba entrando ya en su octavo año. ¡Dios mío! ¿Cómo hemos llegado a esto? Johnson siempre prometía cortarlo por lo sano. Nixon decía tener un plan secreto. Samsa había apoyado la guerra antes, pero ocho años le parecían suficientes. ¿Qué habría salido mal? Se diría que contra más tropas destaca Estados Unidos en este sitio que ahora llaman Afganistán, más bajas sufre y menos progresos hace.

The New York Times informaba que la Inteligencia militar dedicaba una cantidad creciente de tiempo a perseguir la corrupción así como a intentar determinar los fines del enemigo. La corrupción parece campar a sus anchas. No se puede confiar en nadie. Parece que donde dicen digo querían decir Diego y no significaba nada. Así es como siempre fueron las cosas en Vietnam. Se llamaba Afganistán, pero para Samsa se podría llamar Ishmael. Seguía siendo Vietnam.

Samsa leía que cada mes de este año se habían producido más bajas estadounidenses que el mes del año anterior. Leía que iban a llegar efectivos adicionales. Leía que Karzai ponía en duda que América fuera a ganar y quería negociar con los talibanes, que es como al parecer se llama ahora el Viet Cong. Leía que Estados Unidos iba a empezar a retirarse de todas formas en poco más de un año. Mientras tanto, morirían estadounidenses. Todo lo que tenía que hacer el enemigo era esperar. Ellos ya estaban “en casa”.

Samsa entendía la preocupación de Karzai. El enemigo es bárbaro y carente de escrúpulos. En 1996, el enemigo había torturado y castrado a un expresidente del país antes de asesinarle. Aun así, si no se podía ganar la guerra — y no es que alguien tuviera mucha idea de lo que suponía ganar — entonces habría que ponerle fin. La situación entristecía al recién despertado Gregor Samsa. Entonces tuvo la idea feliz.

“Un Presidente Demócrata le pondrá fin a todo”, pensó.

Richard Cohen
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