Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen- Washington. De vez en cuando, resucito mi Galardón Oveta Culp Hobby. Hobby fue la editora de un diario de Texas que se convirtió en la secretario de sanidad, educación y bienestar social de Dwight D. Eisenhower. Cuando fue preguntada por el motivo de no haber pedido dosis suficientes de la nueva vacuna inactivada de la polio, su respuesta, pronunciada tras incontables años de epidemias de polio y veranos de terror absoluto, fue virtualmente inmortal: “Nadie podría haber previsto la demanda pública de la vacuna”. El Galardón Hobby de este año va a la administración Obama por no prever la revuelta popular de Egipto.

Reconozco que los acontecimientos en Egipto han sido precipitados. Pero estaba claro desde hacía muchos años que Egipto reunía todos los ingredientes para una revolución de una clase u otra: un régimen represor, pobreza extendida, falta de esperanzas laborales para la clase media emergente, un tratado impopular con un vecino repudiado, una significativa oposición política secreta y un líder político que se rodeaba de pelotas e incompetentes de una suerte que no se veía desde Louis XVI. El único elemento revolucionario que brilla por su ausencia es una canción conmovedora. Ha sido reemplazada por el sonido subversivo del tuiteo.

Lo que está sucediendo en Egipto es probable que suceda en otras partes de la región. No hay regímenes democráticos en el mundo árabe, ni se ha visto ninguno nunca (con la posible excepción de Irak). Algunos de los países son la obra de una tarde de funcionarios públicos británicos, que se pusieron a dibujar líneas sobre un mapa y crearon el actual Irak, la actual Jordania y algunos de los estados del Golfo. Las fronteras se impusieron, desconocidas por las tribus locales o las nómadas. Los Hachemitas se subieron a los tronos de Irak y Jordania — un gesto bonito de un imperio agradecido, de no ser porque habían llegado desde lo que hoy es Arabia Saudí. La dinastía iraquí se extinguió en 1958 con el asesinato del monarca Faisal II.

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Egipto es una especie de excepción de Oriente Medio. Se trata de una cultura antigua, geográficamente contigua, con alguna dosis de autogobierno incluso bajo los británicos y ha sido el líder intelectual del mundo árabe. Pero aun así carecía también – y carece – de instituciones y tradiciones democráticas. Hosni Mubarak sucedió al asesinado Anwar Sadat, que había sucedido a Gamal Abdel Nasser, que, en 1952, derrocó al creativamente disoluto monarca Farouk (200 coches, todos rojos), vástago de una dinastía real que se remonta hasta 1805 nada menos — y a Albania.

Lo que resulta asombroso es que la administración Obama tuviera un plan detallado, si bien disparatado, de paz palestino israelí pero parezca cogida por sorpresa porque los acontecimientos en Egipto se salieran de madre. ¿Dónde estaba ese plan? Y si lo había, ¿por qué no siguió diciendo lo mismo un día tras otro – elogio a la democracia y dejarlo ahí? El desagradable dilema reside en que hay un conflicto entre nuestros estimados principios y nuestros intereses inmediatos. Un Egipto democrático que revoca su tratado con Israel y se vuelve hospitalario con los islamistas radicales no revierte en nuestro interés.

Ciertos activistas pro-democracia en los medios occidentales conciben un período de transición de meses que dará lugar a un éxtasis democrático en la región. No es probable. Oriente Medio tendrá primero que superar más o menos el mismo proceso que Europa Central y Europa Oriental. Antes de la Primera Guerra Mundial, no había democracias. La región estaba gobernada por monarquías.

Tras la guerra, casi todos los estados (siendo la Unión Soviética la excepción más destacada) eran democracias y uno, el más avanzado política y culturalmente de todos, tenía una ejemplar constitución y un abanico resplandeciente de partidos políticos. Sin embargo, este país osciló de la República de Weimar a la dictadura Nazi prácticamente en un abrir y cerrar de ojos.

El resto de la Europa Central y Oriental fue diferente sólo en grado, no en especie. Hacia el final de la década de los 30, estos países eran de su mayor parte dictaduras de derechas de una variante u otra. Hicieron falta otra Guerra Mundial, una Guerra Fría y montones de ayuda para que la democracia germinara. Incluso de esta forma, parte de estos países manifiestan compulsiones de reincidencia.

Pensar que Oriente Medio va a saltarse este proceso es entrañable, pero algo chiflado. La única ventaja que tiene la región es que es relativamente homogénea, árabe sunita en su mayor parte. (Los coptos de Egipto y los cristianos del Líbano están inquietos con razón). Antes de que los países de Oriente Próximo se puedan agrupar como democracias, tendrán que escindirse como algo diferente, probablemente repúblicas islámicas. Si el presidente quiere saber lo que pasará en el futuro, no tiene más que consultar al pasado. Es, como dice el cliché, el prólogo.

Richard Cohen
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