Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

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Richard Cohen-Washington. En el municipio de Nueva York, el número dos del Departamento de Bomberos se jubila con una pensión de 242.000 dólares al año. En el estado de Nueva York, un solo funcionario público que simultanea dos cargos y una pensión se jubiló con 641.000 dólares anuales. Un teniente de la policía de la Autoridad Portuaria se jubiló con una pensión anual de 196.767 dólares, y a 738 de profesores, directores y funcionarios del municipio equiparables les quedan pensiones de más de 100.000 dólares anuales. Su antiguo jefe, no hace falta decirlo, echa fuego por la boca. Su antiguo jefe soy yo.

Estos ejemplos de pensiones mórbidas están sacados de la prensa local, que nunca deja de impactar con las revelaciones de lo buena que es la vida que llevan aquellos que en tiempos trabajaron para el consistorio, el estado o cualquier otra de las diversas instancias de la administración pública. En ciertos casos, la jubilación se produce tan sólo 20 años después más o menos de que la agencia tributaria conociera al jubilado y, si es lo bastante afortunado para fingir una discapacidad – ¡ay, mi pobre espalda! – el cielo es virtualmente el límite. La tercera parte completa de todos los maderos del municipio de Nueva York que se jubilaron durante un período reciente de 17 meses lo hicieron de forma anticipada por motivos de discapacidad conservando toda la pensión. Tienen puestos de trabajo peligrosos, todos lo sabemos — pero tampoco tan peligrosos como el peón corriente de Ferrocarriles de Long Island. Casi todos se jubilan con discapacidad. ¡Pasajeros al tren!

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Me detengo ahora para dejar constancia de mis credenciales. Me afilié a un sindicato por primera vez estando en la universidad y seguí cotizando al Newspaper Guild durante toda mi carrera, abonando las cuotas hasta cuando dejé de tener que hacerlo. Sé silbar el cancionero sindical y me siento henchido de orgullo ante la antigua imagen de mi abuelo, posando con su buen amigo el sindicalista. También sé lo que sucede cuando los sindicatos son débiles o brillan por su ausencia. El capitalismo es cruel. No busque caridad.

Pero, en serio, ya basta. Los empleados públicos de Wisconsin que se están manifestando en Madison tienen mi simpatía, pero no mi apoyo incondicional. Reconozco que han ofrecido concesiones y también reconozco que el Gobernador Scott Walker ha ido demasiado lejos – sin intentar reventar a los sindicatos, como se afirma, pero desde luego tratando de paralizarlos. En la línea de Ronald Reagan despachando a los manifestantes estudiantiles de Berkeley en 1966, Scott se convertirá en el defensor del hombre corriente, el estadounidense medio y todo eso. Esto funciona. Reagan, recordará, llegó a presidente.

Reagan encarnó el desprecio que muchos estadounidenses sienten hacia los universitarios rebeldes (y desagradecidos). Scott personifica la sensación de resentimiento y rabia hacia los funcionarios públicos que han sacado tajada tan bien del sistema que algunos se van a jubilar con pensiones más sustanciales que el salario del estadounidense medio — y también con cobertura médica. Al igual que Reagan, Scott ha sabido explotar la sensación de disgusto — la impresión siempre peligrosa de que usted y yo hemos respetado las normas y ahorrado pensiones modestas mientras los funcionarios, a nuestras costillas, se embolsan pensiones que no merecen. Sentimos que se nos ha tomado el pelo.

En su favor, algunos líderes sindicales han reconocido que han ido demasiado lejos. Han accedido — o van a acceder — a hacer concesiones, y los sindicatos de profesores están reconociendo que algo hay que hacer con los docentes incompetentes. (Aún así, si hay recortes, se harán por antigüedad — lo que significa que algunos profesores muy buenos pero muy jóvenes se van a la calle).

Pero en general, el daño ya está hecho. El año pasado, David Brooks, del New York Times – con la mención apropiada a Jonathan Rauch, del National Journal – apuntaba que las administraciones estatal y local están tan endeudadas con sus plantillas en concepto de pensiones y otras obligaciones que casi no les quedan recursos para cualquier otra cosa. Ponía unos ejemplos: La policía estatal de California se jubila a menudo a los 50 años con el 90% del sueldo. Los funcionarios de prisiones de ese estado ganan 70.000 dólares como salario base. Nueva York, la capital de la práctica sindical de obligar a los empresarios a contratar más plantilla de la necesaria, financia a 10.000 policías jubilados antes de los 50.

Estas cifras explican el motivo de que la Casa Blanca Obama haya sacado a pasear su robusta indecisión habitual hacia los manifestantes de Wisconsin. Le hace falta la influencia política sindical pero también tiene que reconocer que no puede dar imagen de situarse en el bando equivocado de la codicia. Una cosa era cuando los sindicatos iban a por las multinacionales administradas por tipos que jugaban al golf en clubes muy selectos. Pero cuando hablamos de empleados públicos, nosotros somos el jefe y nosotros pagamos la nómina. Citando lo que dijo Sam Spade a la amante en “El Halcón Maltés”, “yo no voy a recibir los palos por usted”. Cuando hablamos de sindicatos de funcionarios, eso es lo que pienso exactamente.

Richard Cohen
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