Richard Cohen

Columnista en la página editorial del Washington Post desde 1984.

 

Sobre Cohen

Sus columnas, ahora en radiocable.com

Otros columnistas del WP

 

   

Richard Cohen -Washington. Uno de los aspectos más preocupantes del hostigamiento de China a Liu Xiaobo, el disidente encarcelado y premio Nobel de la Paz de este año, es que la administración ni siquiera se molestó en incriminarle. Es el método estándar utilizado por los regímenes totalitarios para justificar lo injustificable, pero China no siente ninguna necesidad de aplacar a Occidente ni de mofarse al menos de su sistema judicial, así que impuso rápidamente el arresto domiciliario a su esposa, denigró al Comité noruego del Nobel y censuró cualquier crítica a sus propias acciones – una muestra de petulancia feroz que recuerda a la Rusia estalinista y la Alemania Nazi o, en los cuentos de hadas, al frustrado Enano Saltarín dando pisotones.

El pataleo de China bastó para intimidar a los 16 países restantes que boicotearon la ceremonia de entrega del Nobel la pasada semana, algunos de ellos porque la persecución del disidente es artesanía nacional (Venezuela, Rusia, Cuba) y otros simplemente porque China es un valioso socio comercial (Sri Lanka). En cualquier caso, hasta países como Rusia habrían pasado por el engorro de procesar al disidente – como hizo con el notablemente valiente Mijail Jodorkovsky – ya que pretenden parecer una democracia. Esta patética tentativa de justicia fingida es la huella de un régimen inseguro y a menudo se salpica de confesiones obtenidas bajo coacción y denuncias de antiguos socios y, en los días de gloria de Stalin, cónyuges.

China no tiene tales remordimientos. Se está volviendo a asignar el papel de Zhongguó moderno, no tanto en cuanto a era como a mentalidad — la convicción etnocéntrica de que ocupa el centro del mundo y está rodeada de bárbaros. Los bárbaros incluyen en este caso a Estados Unidos, un país moroso con un sistema educativo decrépito, y también Japón y Corea del Sur. China ha dispensado a estas dos naciones un desprecio indisimulado. John Pomfret describía hace poco en el Washington Post cómo el encargado diplomático de China, el jefe del órgano ejecutivo del Partido Dai Bingguo, voló hasta Corea del Sur sin invitación ni aviso, exigió aterrizar en unas instalaciones reservadas normalmente a los jefes de estado e insistió en ver al presidente de inmediato. En su favor, el Presidente Lee Myung-bak hizo esperar a Dai un día.

Publicidad

Los chinos, supongo, tienen derecho a cierto grado de arrogancia. Quién los ha visto y quién los ve. Durante muchos años, China fue obsequiosa con Occidente, saqueándola varios países por motivos comerciales o sus recursos y hasta alentando allí el consumo de opio. Ahora China es la segunda mayor economía del mundo y, con 1.300 millones de habitantes, va camino del primer puesto. Es un importante acreedor estadounidense, un apreciado socio comercial aunque no del todo justo y ahora una importante potencia militar. Su anterior actitud de modestia en cuestiones internacionales ha sido descartada. China se ha convertido en una especie de matón.

El nacionalismo pujante es inherentemente inestable, y Estados Unidos debe proceder tan cauta como firmemente al tratar con China. La beligerancia de Pekín ha dado lugar tanto a los albores de una coalición anti-China en el Lejano Oriente como a cierta dosis de diplomacia de represalia por parte de Estados Unidos. Con su sentido de superioridad, China ha ido demasiado lejos. En cuanto a Estados Unidos, no ha ido lo bastante lejos.

Por supuesto, China simplemente es demasiado grande y poderosa como para ser intimidada. Todo en ella es masivo. Alberga casi 3 billones de dólares en reservas de divisa extranjera y es el principal cliente petrolero de Arabia Saudí, no Estados Unidos. No obstante, Washington tiene que cuestionar la insistencia de China en que lo que hace en su propio país es únicamente asunto suyo. Su brutal trato a los disidentes es espantoso — no más autóctonamente chino que inherentemente ruso el brutal apaleamiento de periodistas. Estados Unidos no tiene que respetar a China. No necesita respetar sus represores métodos.

Por extraño que parezca, la tenaz Mía Farrow mostró el camino. Con vistas a las Olimpiadas de Pekín, hizo campaña contra la protectora relación de China con el brutal régimen de Sudán — las “Olimpiadas del Genocidio” las llamó. China presionó a Sudán para que al menos moderara su comportamiento, sugiriendo que aunque sea por un poco, tales tácticas pueden ser eficaces. La reprobación moral de hoy es la represalia de ayer.

El Congreso, que en tiempos seguía de cerca la trayectoria de China en derechos humanos, se ha obsesionado tanto últimamente con la importancia económica de China que ya no dice gran cosa de la forma en que Pekín trata tanto a los disidentes políticos como a los religiosos. Pero China no puede ser el imperio renaciente, imponiendo sus normas en todos los terrenos desde reclamar de forma unilateral un trozo de océano hasta encarcelar a los activistas políticos más asertivos. El dinero de China compra muchas cosas, pero — por el bien de sus propios disidentes y de nuestro orgullo nacional — no puede comprar el silencio de América.

Richard Cohen
© 2010, Washington Post Writers Group
Derechos de Internet para España reservados por radiocable.com

Sección en convenio con el Washington Post

Print Friendly, PDF & Email