Escribe hoy Maruja Torres que el verano es la estación del año que más terror le produce, aunque abril tenga el prestigio literario de los meses más atroces. Todavía recuerdo el que transcurrió tras los primeros bombardeos a Irak. Allí la primavera, como escribió el poeta, avanzó como pudo con una esquina rota y tropecientos mil muertos a la espalda.

Pero? Ay, del verano. Tengo la sensación, como escribe Torres, de que son meses crueles y sin vigías. Lo malo de esta época es que hay un atentado, por ejemplo, o los incendios arrasan la mitad de una provincia, veinte mil tanques devastan el Líbano, vuelan un autobús los terroristas y, pase lo que pase, son acontecimientos que caen en un paréntesis donde todo es posible. Como si en estos meses, de todo lo que ocurriera, devorara el sol las causas y las consecuencias.

La autora original escribe desde Beirut, yo lo hago desde un domingo insomne del que me quedo con dos titulares: ‘Dos hombres menos’ (se mataron en el andamio) y ‘Marea de libertad‘.

Con escasa conciencia del ritmo acelerado de la semana, me imagino que el verano fuera como ayer sábado, día del orgullo gay. Donde coreando música que nos parecía divertida y un tanto hortera, cualquier utopía parecía posible y ni el Banco de España se libró del arco iris en la azotea. Me temo que mañana lunes, ni siquiera me acordaré del cierre del artículo de Torres: ‘Nunca despotrico de la información. Solo añoro mi capacidad antigua para esquivarla’… remotamente antigua.