Romeo no podía creer que, después de todo, Julieta hubiera cometido semejante estupidez. Curiosamente, Romeo se daba perfecta cuenta de que esa sensación, ese sentimiento profundo y primario que le dominaba no le traería, después de todo, nada bueno. Viviría y moriría para contarse a sí mismo que sin ella no podía vivir, y sin embargo con lo que no podía vivir era con la sensación, permanente y eterna en la inmensa ausencia de Julieta, de que si bien quizás no supo entenderla, fue ella la que no le entendió a él. Qué ironía que, después de todo, fuese Julieta, que al despertar de su engaño descubriese lo miserable y arrogante que era Romeo. No pudo soportalo.

… y es que hay historias que terminan mal.