E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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- ¿Los progresistas están interesados en reducir la deuda nacional? Por supuesto que sí, al margen de lo que a la Casa Blanca le pueda parecer.

“Pensamos que evidentemente hay Demócratas que no sienten la misma inquietud por la reducción del déficit (que el Presidente Obama)”, decía el miércoles el asesor David Plouffe durante un desayuno con la prensa y los columnistas. Pero eso no es evidente en absoluto. Ni siquiera es cierto.

No hay dudas del destino al que hemos de llegar. La duda es el camino a seguir.

Claramente, el gobierno federal no puede seguir gastando a un ritmo del 25 por ciento del PIB mientras ingresa una recaudación inferior al 15 por ciento del PIB, como es el caso este ejercicio. Llegaremos al extremo en el que la servidumbre de la deuda desplaza a la sanidad, la educación y el resto de prioridades del gusto más próximo a los progresistas. Las inversiones de calado que el país necesita hacer desesperadamente — infraestructuras e investigación energética, por ejemplo — serían imposibles. La decadencia sería inevitable.

La forma de evitar este triste futuro es armonizar el gasto público y la recaudación. Sí, habrá dolores y sacrificio. Pero no es necesario – ni inteligente — cargar un porcentaje desproporcionado del peso a la espalda de los pobres, los ancianos y la castigada clase media.

¿Cuál es la alternativa? Bueno, podríamos empezar reconociendo que aunque el gasto público es demasiado considerable, en términos históricos la recaudación es mucho más escasa. Habríamos de gravar y gastar alrededor del 20% del PIB, lo que significa que un programa sensato y justo de reducción de la deuda a largo plazo habría de incluir recortes del gasto público y subidas de la recaudación en franjas equivalentes a grandes rasgos.

Empezar permitiendo que expiren las ventajas fiscales que disfrutan los hogares que ganan más de 250.000 dólares al año implantadas en la era Bush; esto recortaría el déficit alrededor de 700.000 millones de dólares a una década. Añada la recaudación que se ganaría cerrando lagunas fiscales de las que Obama sigue hablando — eliminar ciertas deducciones a las rentas altas, exigir que los gerentes de los fondos de inversión paguen impuestos de la misma carga impositiva que sus chóferes, eliminar la deducción de los propietarios de aviones privados, y demás — y al momento se situará en las inmediaciones del billón de dólares.

El tipo fiscal corporativo nominal del 35% es una broma, puesto que las grandes empresas en realidad no pagan tanto; esas lagunas también se pueden cerrar. A continuación podríamos contemplar medidas con mayor impacto — digamos, subir o eliminar el límite de las retenciones en las nóminas.

La idea es que no hace falta tener mucha imaginación para llegar a un tiro de piedra de los 2 billones de dólares en medidas de reducción del déficit a 10 años — fijándose exclusivamente en la parte de la recaudación pública. Es la mitad de los 4 billones que tanto los Republicanos como Obama han fijado como objetivo.

Habría de producirse una cantidad equivalente en recortes del gasto público. Pero, ¿qué sentido tiene empezar por el trozo más pequeño del pastel — menos del 20% — que se denomina gasto “administrativo independiente de la defensa”? Es simplemente imposible encontrar el suficiente ahorro en ese capítulo.

Los conductores del desbocado gasto público federal son los gastos sanitarios y los presupuestos del Pentágono. Deje aparte la sanidad por el momento y fíjese en el hecho de que el gasto militar se ha venido a duplicar desde el año 2002. ¿Estamos el doble de seguros? ¿En serio nos podemos permitir gastar dos tercios de billón de dólares al ejercicio en defensa?

Si podemos recortar el gasto del Pentágono un 15% — sé que estoy soñando, pero permítame el arrebato — ahorraríamos otro billón a 10 años.

Entonces tendría sentido ocuparse del gasto médico. Sondeos y resultados electorales confirman que los estadounidenses quieren un estado que proporcione cobertura sanitaria a los pobres y los ancianos. Si es lo que vamos a seguir haciendo, y si no vamos a arruinar las arcas públicas, entonces hemos de hacer otro gesto para rebajar los costes.

Es imprudente mencionar este hecho, pero otros países desarrollados logran mejores resultados sanitarios por la mitad más o menos de lo que pagamos nosotros. Hacen esto a través de sistemas sanitarios de fondo común, muchos de los cuales prestan servicios a través de aseguradoras privadas. El excepcionalismo americano es motivo de celebración cuando, como en muchos casos, nos da ventaja — nuestro aperturismo tradicional a la inmigración, por ejemplo. Pero ¿a qué viene ser excepcional en terrenos en los que nos quedamos atrás claramente?

Existe realmente una forma de eliminar estos asfixiantes déficits con justicia y la vista puesta en un futuro más brillante. Casualmente resulta ser la forma progresista.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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