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Fernando Berlín, el autor de este blog, es director de radiocable.com y participa en diversos medios de comunicación españoles.¿Quien soy?english edition.

El Juzgado número 2 de Granada ya tiene la orden. Tendrán que exhumar la fosa. Como conté, he tenido la oportunidad de acudir a varias exhumaciones. Una de ellas tuvo lugar en Gumiel de Mercado (Burgos). Allí fue donde conocí al antropólogo y forense Francisco Etxeberria que ahora forma parte del equipo de expertos solicitado por el juez Baltasar Garzón. Etxebarria estaba desarrollando la exhumación de los cuerpos en aquella fosa y trataba de explicar, con suavidad, a los familiares, en qué condiciones se habían producido las muertes de hermanos y padres.

El orificio de bala, y la postura en la que estaban amontonados los cuerpos indicaba cómo cayeron. A menudo con las rodillas dobladas y los brazos estirados, efecto de un disparo en la nuca tras haber sido empujados a arrodillarse junto a la fosa. Probablemente, entonces, ellos mismos hubieron sido obligados previamente a cavarla.

A veces, contaba Etxeberria, aparecía algún cuerpo alejado, una veintena de metros, del lugar, lo que normalmente indicaba que le habían dejado con vida para rellenar la tumba de sus compañeros y le habían ajusticiado más tarde, tras la falsa promesa de libertad. Otras veces, intuyendo el dramático final, la víctima había tratado de escapar. A menudo, en ambos casos, la bala entraba por la parte trasera de la cabeza, es decir habrían sido asesinados por la espalda. El cuerpo cuando recibe un impacto así tiene una forma muy característica de caer.

Etxeberria, como explicó, no hacía sino leer los huesos, relacionándolos con los testimonios. Los orificios de las balas, los objetos personales, las características del cuerpo, la posición. Son tantos los detalles.

A veces, algunos de los cuerpos yacen unos sobre otros, decía, agolpados, con los brazos estirados. Seguramente, entonces, fueron lanzados a la fosa por dos personas, uno cogió de los pies y el otro de los brazos, lo que determina la posición. Si están al fondo, habrán sido los primeros en caer en el hoyo, si están encima, quizá asistieron al asesinato de sus compañeros.

Algunas familias describen los zapatos que llevaba la víctima el día que desapareció. Otras se acuerdan de cómo era la cartera de piel que solía llevar en el bolsillo, las gafas, o el hueso que tuvo roto cuando sólo era un crío, tiempo antes de la guerra.

Cuando aparece una zapatilla, unas gafas, una marca en los huesos, o una cartera de piel en un bolsillo de aquellos deshilachados restos, el silencio vuelve por unos segundos a la fosa. Los huesos hablan y nadie quiere molestarlos. Es el último legado de las víctimas, su historia, y tienen derecho a contarla.

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