A principios de semana, el gobierno de Bush anunciaba un plan de rescate para ayudar a Freddie Mac y Fannie Mae, las dos grandes compañías hipotecarias del país amenazadas por la quiebra. Las raíces inmobiliarias de la actual crisis internacional también han llegado a España. Martinsa-Fadesa solicitó la suspensión de pagos el lunes provocando el debate de si el Estado debe ayudar con dinero público a estas empresas en problemas o no. Hay quien considera que algunos corrieron demasiados riesgos o no supieron gestionar bien su negocio.

El edificio de Fannie Mae

En este contexto The Político acaba de publicar que Fannie Mae y Freddie Mac se han gastado en la última década unos 200 millones de dólares para intentar comprar influencia política. En concreto han financiado lobbies y hecho donaciones a campañas políticas. Las dos grandes hipotecarias han desarrollado un sistema de operaciones de lobby muy sofisticado que incluyó tanto a figuras en Washington como a pequeños grupos locales que presionaban a sus representantes.

Según Político, han “tenido en nómina” a brokers del poder político de todas las ideologías: desde el director de campaña de John McCain, Rick Davies -que fue durante años presidente de un grupo de presión a favor de Fannie Mae y Freddie Mac- hasta Jim Johnson, uno de los encargados inicialmente de elegir al candidato a vicepresidente de Obama que dimitió hace unas semanas. Curiosamente también trabajó para las hipotecarias, Arthur B. Culvahouse Jr. uno de los expertos seleccionados por McCain para ayudarle a elegir vicepresidente.

Y sólo en este último ciclo electoral, el comité de acción política y los empleados de Freddie Mac han donado 555.567 dólares a congresistas y senadores, mientras que los de Fannie Mae han duplicado esa cifra llegando al 1,1 millon de dólares.

Estas agresiva tácticas políticas han ayudado a Fannie y Freddie a impedir un endurecimiento de la legislacion y ha preservar sus especiales privilegios como estar exentos de determinados impuestos y poder dar préstamos a bajos intereses. Algunos economistas como Paul Krugman han criticado estos procederes aunque creen que no constituyen la raiz de sus problemas.