Acaba de recobrar la libertad, aunque el mundo no se había enterado de que la había perdido. El periodista del New York Times, David Rohde llevaba siete meses retenido por talibanes entre Afganistán y Pakistán, pero la noticia se mantuvo en secreto, porque se consideró que era lo mejor para su seguridad. Ahora ha conseguido escapar de sus captores junto a otro reportero afgano.

El caso alimenta el debate sobre cómo se debe proceder informativamente cuando un periodista es secuestrado. Una cuestión que ya surgió cuando José Cendón y Colin Freeman fueron capturados en Somalia. En España se dió abundante información, mientras que en el Reino Unido, ni si quiera se informó de la indentidad del reportero británico.

 

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David Rohde, destacado reportero galardonado dos veces con el premio Pultizer fue secuestrado a unos 60 kilómetros de Kabul, junto a otro periodista afgano, Tahir Ludin y el conductor de ambos. Posteriormente fueron trasladados a distintas aldeas tribales de Pakistán. La comunicación de los captores con la familia o autoridades fue muy esporádica.

Según Bill Keller, director del NYT, ??desde el principio, la familia de David, expertos en casos de secuestros y oficiales del gobierno consideraron que hacer público el secuestro aumentaría el peligro para David y los otros rehenes. Lo mismo dijeron al principio los secuestradores. Decidimos seguir este consejo al igual que en otros casos de secuestro y estamos muy agradecidos a otras organizaciones de noticias que al enterarse del caso de David y este petición han hecho lo mismo”.

Nadie ha dado detalles sobre una posible negociación para liberar al periodista o el pago de un rescate e incluso los talibanes han negado ser los autores del secuestro, pero finalmente él propio Rohde junto al reportero afgano parece que lograron escapar por sus propios medios. Tahir Ludin ha revelado que ambos trazaron un plan para su huida una vez que se convencieron de que sus secuestradores no parecían estar negociando en serio su libertad.

Los dos periodistas estudiaron durante semanas las vías de escape fingiendo enfermedades o “confraternizando” con sus captores sobre criquet. La noche elegida, se dedicaron a cansarles retándoles con un juego de mesa. Cuando los guardias cayeron dormidos, aprovecharon para escapar, usando un cuerda para destrepar un muro de unos 7 metros. Ludin se lesionó el pie, pero Rohde consiguió bajar ileso. Luego llegaron a un puesto de control de la milicia pakistaní, donde finalmente terminó su odisea.

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