Ay, que bien, ya están aquí las promesas electorales, las mejores amigas de los políticos, las más infieles de los incautos votantes.

Es bonito imaginar el país que nos ofrecen nuestros gobernantes, rebosante de derechos, obligándonos a elegir entre las muchas ayudas a las que tendremos derecho, deseosos de invertir, comprar, procrear… de tantas facilidades y apoyos como nos estarán esperando a la vuelta de las elecciones. Es bonito y puede tener su utilidad.

Por un lado, las promesas nos ayudan a imaginar el proyecto de país al que queremos tender y nos obliga a pensar lo que queremos hacer no ya con la patria y todos esos rollos, sino, sobre todo, con nuestras calles, nuestros hospitales, nuestras escuelas, nuestros negocios y todos esos otros elementos que constituyen la vida real. Y por otro, refuerza nuestro papel de ciudadanos activos, aunque sea para hacer como que creemos lo que nos prometen.

Es tontería ponerse como víctimas propiciatorias por que como decía Lessing, el dramaturgo inglés, tanto se daña el que promete demasiado como el que confía demasiado, así que resulta más práctico participar de esta pequeña pantomima y empujar en la dirección que más se ajuste a nuestras ilusiones. Cuanto más promesas hagan en el sentido de nuestras aspiraciones, más cerca estaremos de alcanzarlas.

Por lo demás, siempre será mejor comprometer la palabra por una ilusión que no darla jamás, por no empeñarla. Queridos representantes, prometan, que algo siempre queda.