Un estudio apoya la idea de que la vida pudo llegar a la Tierra en un meteorito marciano
La panspermia, la idea de que seres vivos simples puedan viajar por el espacio y sembrar vida allí donde caen, ha intrigado al ser humano desde antiguo. Algunos científicos apuestan por probar que es factible para pasar de la mera especulación a la ciencia. Una investigación, que detallan en Sinc, apoya la posibilidad de que los primeros microbios terrestres pudieran ser nativos de Marte y haber llegado a bordo de un meteorito.
☄️Una investigación apoya la posibilidad de que los primeros microbios terrestres pudieran ser nativos de Marte
Por @yanes68
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Hace 2 500 años, Anaxágoras habló de las semillas de la vida lloviendo del cielo para germinar en la tierra. Estas palabras del filósofo griego se consideran la primera referencia histórica de un concepto cuya versión actual comenzó a moldearse en el siglo XIX: la panspermia, o propagación de la vida por el universo mediante gérmenes que se dispersan a través del espacio.
La idea ha sido tan atractiva para la ciencia ficción como dudosa para la ciencia real, pero no faltan estudios que indagan en ello. Un nuevo trabajo pasa una prueba para una de las preguntas más intrigantes: ¿pudo la vida llegar a la Tierra importada desde Marte?
Una idea antigua
La idea de la vida procedente del espacio es tan obvia que no solo se manejó en la antigua Grecia, sino también en Egipto e India. Pero después de la antigüedad clásica, la panspermia cayó en un hiato durante siglos, cuando la noción de otros mundos habitados se convirtió en algo peligroso según los cánones del pensamiento medieval cristiano. La idea se reavivó durante la Ilustración con el hallazgo de los microbios y con el debate sobre la vida extraterrestre, defendida por pensadores y por astrónomos como Christiaan Huygens.
En el siglo XVIII el francés Benoît de Maillet propuso que la vida viajaba por el espacio en forma de semillas, y en el XIX los meteoritos se identificaron claramente como de procedencia extraterrestre. A ello se sumó la refutación de la generación espontánea por Louis Pasteur y otros: si la vida no surgía de la nada y la evolución descrita por Charles Darwin no resolvía su origen, ¿por qué no pudo llegar desde algún lugar externo a la Tierra?
Esta fue la propuesta del botánico y médico alemán Hermann Richter, para quien la vida existía desde siempre en el universo y había llegado a la Tierra de algún otro lugar a bordo de meteoritos. La de Richter fue la primera hipótesis racional moderna de la panspermia, consolidada gracias al apoyo entusiasta de otros científicos como Lord Kelvin en Reino Unido. A esta panspermia basada en rocas, o litopanspermia, el químico sueco Svante Arrhenius sumó en 1903 otra modalidad, la radiopanspermia: esporas que se desplazan por el espacio empujadas por la presión de la radiación estelar.
Alienígenas sembradores
En su versión moderna, la panspermia ha sobrevivido gracias a sus dos principales impulsores, el astrónomo británico Fred Hoyle y su pupilo y colaborador, Chandra Wickramasinghe. Pero en 1973 la panspermia recibió un espaldarazo inesperado en su versión más osada: el codescubridor de la estructura del ADN y Nobel Francis Crick y el químico Leslie Orgel publicaron un artículo defendiendo que la vida en la Tierra surgió por panspermia dirigida, la siembra deliberada por parte de alguna especie alienígena avanzada.
La propuesta de Crick y Orgel partía de un enigma derivado de los hallazgos en biología molecular: si las proteínas nacían del material genético (ADN y ARN), pero a su vez este nacía de aquellas (enzimas catalizadoras), ¿dónde comenzaba el círculo? Era el clásico problema de la gallina y el huevo. Los dos científicos proponían que la abiogénesis, vida a partir de no-vida, debía de haberse producido en “otros tipos de planeta” donde existiera “un mineral o compuesto de importancia catalítica crucial” capaz de iniciar el proceso. Desde allí, habría sido “deliberadamente transmitida a la Tierra por seres inteligentes”.
Años después, un nuevo hallazgo rompía ese círculo: el descubrimiento de que el ARN podía actuar como catalizador por sí mismo sin la intervención de proteínas. En 1993, Orgel y Crick escribían que “el problema de la gallina y el huevo […] podría resolverse si, temprano en la evolución de la vida, los ácidos nucleicos actuaron como catalizadores”. Así, el ARN pudo formarse espontáneamente y replicarse a sí mismo, sirviendo a un tiempo como huevo y gallina. Crick y Orgel no volvieron a mencionar panspermias ni sociedades alienígenas.
Defensores de una hipótesis
La panspermia dirigida es hoy poco más que un argumento de ciencia ficción. Pero incluso dejando fuera al monolito de 2001: Una odisea del espacio o a los ingenieros de Prometheus, la litopanspermia natural tampoco ha cosechado nunca un apoyo general entre la comunidad científica. Suele criticarse que se limita a desplazar el origen de la vida sin llegar a explicarlo. Hay quienes alegan que, al no ser verificable o refutable, no puede considerarse materia científica.
Sin embargo, no le faltan defensores. Según Simon Mitton, historiador de la ciencia de la Universidad de Cambridge y biógrafo del mencionado Fred Hoyle, “la panspermia ha sido una hipótesis científica plenamente respetable durante cien años”, comenta a SINC. Mitton alude a las investigaciones que han descubierto componentes básicos de la vida fuera de la Tierra y en meteoritos. Esta forma de panspermia blanda o pseudopanspermia, ladrillos moleculares transportados por asteroides, cometas, polvo o meteoroides, está científicamente asentada.
Pero una cuestión es que ciertas moléculas orgánicas hayan podido aterrizar en nuestro planeta desde el espacio exterior, y otra muy diferente es que lo hayan hecho seres vivos, sobreviviendo a un viaje espacial para caer en un planeta desolado e infectarlo de vida. El astrofísico de la Universidad de Harvard Avi Loeb cree en ello: “La transferencia de vida microbiana en rocas es ciertamente factible”, dice a SINC.
Microbios casi marcianos
Muchos meteoritos se originan por la expulsión de material al espacio cuando un asteroide colisiona con la superficie de un planeta, lo que podría arrastrar vida microbiana; por ejemplo, de Marte a la Tierra. Pero el primer inconveniente para la supervivencia de estos microorganismos es la enorme presión provocada por el impacto, en el orden de gigapascales (GPa), lo cual es unos 10 millones de veces mayor que nuestra presión atmosférica normal.
Investigadores de la Universidad Johns Hopkins han simulado estas condiciones en el laboratorio. Para ello han elegido una de las especies microbianas más duras que se conocen: Deinococcus radiodurans, una bacteria poliextremófila, que puede sobrevivir a distintas condiciones extremas como el vacío, ácidos, radiación, frío o deshidratación. “Nuestra elección se basó en qué tipos de microbios terrestres podrían representar una posible microbiota marciana”, indica a SINC el director del estudio, Kaliat Ramesh.
El propósito original era estudiar si tales microbios podrían llegar desde la superficie de Marte hasta Fobos, su luna más próxima. Pero naturalmente, subraya Ramesh, la bacteria elegida “también es una candidata potencial para litopanspermia”. Para replicar las presiones de un impacto, los investigadores embutieron los microbios entre placas de metal y los bombardearon con proyectiles a unos 480 km/h, generando presiones de 1 a 3 GPa.
Improbable, pero menos que antes
Los resultados, publicados en PNAS Nexus, muestran que los microbios soportan 1,4 GPa sin problema, y el 60 % resisten 2,4 GPa. A las mayores presiones se observaron roturas de membranas y algo de daño interno en las células. Pero según la primera autora, Lily Zhao, “eran realmente difíciles de matar”. De hecho, el sistema que mantenía unidas las placas metálicas sufrió más daños que las propias bacterias. “Nuestra pregunta era si podrían sobrevivir al lanzamiento, y aparentemente pueden”, dice Ramesh.
Para Mitton, el trabajo es “una contribución significativa” que demuestra que “se está haciendo mucha ciencia fiable para testar la hipótesis”. Loeb insiste en que aún falta información sobre la supervivencia de los microbios frente al resto de los rigores del espacio: la ausencia de nutrientes esenciales, las temperaturas de congelación y el bombardeo de rayos cósmicos y radiación ultravioleta. Todo ello limita cuán lejos podrían viajar estos microbios.
En definitiva y según Ramesh, “queda un largo camino para probar que la litopanspermia es factible”. “Pienso que sigue siendo muy improbable, a falta de pruebas de vida en otro lugar distinto a la Tierra”, reflexiona; “pero hemos mostrado que es menos improbable de lo que creíamos”.

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