Este 26 de abril se cumplen 40 años del desastre de la central ucraniana de Chernóbil, el mayor accidente nuclear de la historia. Sus consecuencias aún perduran hoy, pero entre todo el daño provocado al menos ha podido extraerse, según detallan en Sinc, un mayor conocimiento de los efectos de la radiación y valiosas enseñanzas sobre la conservación de la naturaleza.

Al filo de la 01:24 de la madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central de Chernóbil explotó, liberando 400 veces más material radiactivo que la bomba atómica de Hiroshima en 1945 y provocando el mayor desastre nuclear de la historia.

La catástrofe de la planta ubicada en Ucrania —que entonces aún formaba parte de la Unión Soviética— fue el resultado de un test que nunca debió llevarse a cabo, un procedimiento negligente en una instalación defectuosa. Además de las muertes causadas, persisten las secuelas a largo plazo, incluyendo una zona contaminada de más de 4 000 km2 que implicó el realojo forzoso de 350 000 personas.

Pero las desgracias enseñan valiosas lecciones: las condiciones extremas creadas por el accidente han ofrecido una oportunidad excepcional a la investigación científica, sobre todo en lo relativo a los efectos de la radiación sobre la salud y el medio ambiente.

Los efectos de la lluvia radiactiva

El suceso de Chernóbil ha permitido estudiar a gran escala las diferencias entre los efectos sobre la salud de la irradiación aguda por altas dosis y la crónica a bajos niveles. La primera es bien conocida, o al menos lo son sus consecuencias rápidas y letales. En los días o semanas tras el accidente murieron por esta causa 28 trabajadores de la planta, personal de emergencias y bomberos, de un total de 134 casos diagnosticados con este síndrome.

Menos acuerdo hay en la afectación a largo plazo por exposición a menores niveles de radiactividad. Un estudio de 2012 calculó que entre casi 111 000 trabajadores ucranianos que participaron en la limpieza, la radiación provocó 22 casos de leucemia.

Según el Comité Científico para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas de Naciones Unidas (UNSCEAR), hasta 2005 se registraron más de 6 000 cánceres de tiroides en niños y adolescentes en las proximidades de Chernóbil, tanto en Ucrania como en Rusia y Bielorrusia. Por suerte, el de tiroides es uno de los cánceres más curables.

La responsable de este aumento en el riesgo de cáncer es la lluvia radiactiva, partículas que se dispersan por el aire y contaminan la tierra y el agua, pudiendo inhalarse, beberse o comerse con los alimentos. La nube afectó sobre todo al entorno cercano, pero su difusión llegó a 572 millones de personas en 40 países. En 2006, un estudio estimó que Chernóbil habría causado en Europa un millar de casos de cáncer de tiroides y unos 4 000 de otros tipos; y para 2065 se esperaría un total de 16 000 de los primeros y 25 000 de los segundos.

Yodo y cáncer de tiroides

El impacto predominante en el cáncer de tiroides y principalmente en niños —una relación que los estudios sobre Chernóbil han reforzado— se debe al yodo-131, uno de los isótopos radiactivos generados por los reactores nucleares y que el accidente dejó escapar. El cuerpo utiliza el yodo en la fabricación de hormonas tiroideas, por lo que dicha glándula es el órgano más afectado. Las investigaciones propiciadas por el desastre han revelado cómo los tumores se desarrollan debido a roturas en la doble cadena de ADN inducidas por la radiación.

La amenaza del yodo-131 es evitable: tomar pastillas del elemento normal previene que la tiroides absorba el radiactivo. Es por ello que en casos de peligro nuclear las autoridades suelen distribuir píldoras de yodo a la población, algo que no se hizo en Chernóbil, donde además la dieta habitual era pobre en este elemento. En todo caso, el riesgo del yodo-131 es breve, ya que su vida media es de unos ocho días; otros isótopos, como el cesio-137, duran décadas sin que exista el modo de impedir su absorción por el organismo.

Pese a todo, algunos estudios sugieren que la huella de Chernóbil en la salud ha sido más limitada de lo que cabría esperar. UNSCEAR recoge que, aparte del aumento en los cánceres de tiroides, “no se ha demostrado claramente un incremento en la incidencia de cánceres sólidos o leucemia a causa de la radiación en las poblaciones expuestas”, ni tampoco de otras enfermedades. En 2021, un estudio no encontró defectos genéticos en los hijos de quienes sufrieron la exposición, por lo que no parece haber secuelas en la siguiente generación.

Discrepancias científicas

Sin embargo, esta visión ilustra la controversia sobre los efectos de Chernóbil en la salud. Como destacaba la experta en residuos nucleares Claire Corkhill, de la Universidad de Sheffield, “los científicos todavía discrepan sobre el impacto en la salud humana, como cuánta gente desarrolló cáncer y cuál es el peligro hoy en las zonas de exclusión”.

Así y mientras algunos investigadores han insistido en el riesgo de niveles bajos de radiación, incluyendo no solo leucemias sino también cataratas y enfermedad cardiovascular, otros defienden que a dosis menores los daños no son proporcionales a la exposición, sino que el cuerpo responde adaptándose a través de los mecanismos celulares de reparación del ADN.

También la adaptación ha sido objeto de debate en lo que se refiere a la respuesta del medio ambiente. Chernóbil ha proporcionado a los científicos una ocasión excepcional para investigar las consecuencias de un fuerte bombardeo radiactivo en el entorno natural y sus especies, así como los flujos de los isótopos en el medio y en las cadenas alimentarias.

linea

Radiocable.com y su programa La Cafetera se financian con las aportaciones de lectores y oyentes. Necesitamos tu ayuda para sobrevivir. Si te gusta el periodismo que defiende el programa y sientes que te acompaña, hazte suscriptor-mecenas aquí.

linea

Print Friendly, PDF & Email