Coincidiendo con el auge de la reivindicación de los derechos de las mujeres, la existencia de movimientos que propagan discursos misóginos y antifeministas está creciendo en el mundo y en España. E Internet y las redes sociales están siendo el vehículo ideal para este conglomerado bautizado como «Manosfera» (por la combinación de las palabras inglesas Man, por hombre, y sphere, por esfera). Hay además una herramienta, según detalla The Conversation, que se está convirtiendo en uno de los recursos preferidos y herramienta clave de la propagación de estos mensajes: los memes. Y está siendo especialmente eficaz en la población más joven.


Shutterstock / ishara chathuranga

Elisa García Mingo, Universidad Complutense de Madrid y Anita Fuentes, Universidad Complutense de Madrid

La manosfera está cobrando cada vez más relevancia en España, hasta el punto de que ya podemos hablar de una manosfera española. Cuando hablamos de manosfera nos referimos al conglomerado de espacios virtuales heterogéneos que dan cabida a multitud de movimientos basados en la propagación de discursos misóginos y antifeministas.

Desde ella se crean todo tipo de contenidos –vídeos, memes, posts, gifs, tweets, etc.– que sirven para articular los postulados del discurso antifeminista. En este artículo nos centramos en el estudio de los memes creados, usados y extendidos desde la manosfera para difundir ideas antifeministas. Estos memes buscan deslegitimar y despolitizar los esfuerzos de los movimientos feministas y de las instituciones promotoras de la igualdad de género y tienen especial calado en el posicionamiento ideológico de la juventud española, que cada vez se identifica más con los discursos antifeministas.

En la investigación que hemos llevado a cabo para el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de FAD hemos analizado el papel de los memes en discursos antifeministas que surgen de comunidades misóginas de la manosfera española y que son determinantes en la configuración de la percepción social de políticas públicas destinadas a la erradicación de la violencia de género o el reconocimiento de derechos de personas pertenecientes al colectivo LGTBIQ+.



 

Por qué se recurre a los memes

Pero ¿por qué los postulantes de la misoginia antifeminista recurren a la memética?
Los memes, imágenes que se crean, modifican y difunden a través de internet, son el paradigma de la cultura digital contemporánea y, pese a su aparente banalidad, incorporan posicionamientos sociales sobre temas que están siendo sometidos a debate público.



 



 

Al contrario que los textos escritos –tweets, posts, mensajes, hilos, noticias–, los memes concretan, condensan y decantan los postulados de la manosfera mediante el recurso al humor y gracias a su uso conciso del lenguaje. Por otro lado, la apropiación del lenguaje feminista e institucional provoca risa cuando se descontextualiza y lleva a la caricatura reclamos históricos de la lucha por la igualdad.

En el contexto del giro reaccionario de internet y del auge del antifeminismo, los memes se han convertido en herramientas políticas fundamentales para debatir cómo debería ser el mundo y sugerir propuestas para su transformación.

La eficacia de los memes como agentes de pensamiento político se debe, por un lado, a que la utilización de memes políticos no constituye una discusión política al uso, sino que se produce en el contexto de las guerras meméticas, el término que se ha utilizado para referirse a la conversación política en redes caracterizada por una batalla dialéctica memética recíproca. Y, por otro lado, a su estrecha vinculación con la estética de la cultura digital, caracterizada por la polisemia y ambivalencia, que los coloca en una posición a caballo entre el extremismo y la sátira.

Dada la relevancia de los memes en la esfera política, hemos buscado conocer el trabajo político de la memética antifeminista con el fin de comprender por qué el antifeminismo recurre a estos artefactos digitales de apariencia tan banal. Como resultado de nuestro trabajo, vemos que los memes constituyen una forma de comunicación contemporánea privilegiada no solo para promover la discusión pública de ciertos temas, sino para contribuir a la constitución de una agenda política antifeminista.

Creando un enemigo común

En nuestro análisis de los espacios digitales misóginos que componen la manosfera española nos hemos percatado de que los discursos antifeministas permean en la sociedad en su conjunto en gran medida gracias al antagonismo memético, una estrategia consistente en unir a un grupo a través de la creación de un enemigo común, en este caso, el feminismo y las feministas.

Pese a que pueda parecer que los memes son utilizados de forma banal, su creación y puesta en circulación estratégica demuestran tener un altísimo potencial de antagonización, como demuestra la existencia de un sinfín de cuentas de memes antifeministas con un elevado número de seguidores cuyo único fin es difundir ideas antifeministas a través de las eficientes píldoras de misoginia que son los memes.



 

Estamos viviendo una guerra memética y los memes han pasado de constituir herramientas de activismo político feminista a ser vehículos del antifeminismo que trivializan los discursos de reivindicación feministas y los despojan de su contenido ideológico original. Los memes antifeministas han cooptado mecanismos como el humor y la ironía para desafiar los argumentos del feminismo, aprovechando la impunidad que estas estrategias confieren a sus autores para replantear las afirmaciones feministas como absurdas, ridículas e ilógicas.

En este sentido, nos parece especialmente relevante escuchar a Tina Askanius cuando dice que “necesitamos mirar más de cerca la fusión de lo no serio (cómico) con lo serio (político) y la relación cada vez más complicada entre el extremismo y la sátira”. Porque, no lo olvidemos, la guerra memética no es una guerra de memes, sino una guerra entre ideas.The Conversation

Elisa García Mingo, Profesora de Sociología, Universidad Complutense de Madrid y Anita Fuentes, Doctoranda en Sociología y Antropología, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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