Ellen Goodman

Premio Pulitzer al comentario periodístico.

 

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Ellen Goodman – Boston. Tal vez fuera el sexo lo que atrajo nuestra atención. El sexo siempre ha tenido esa cualidad. El corazón de la noticia, después de todo, era que cualquier mujer chiíta de Afganistán estará obligada por ley a “satisfacer los deseos sexuales de su marido.?

O tal vez no fuera el sexo. Tal vez fue la noticia de que bajo esta ley religiosa, las mujeres chiítas sólo podrán abandonar sus domicilios solas por “motivos legítimos.?

Sea como sea, la noticia retumbó por todo el mundo como si fuera el tráiler de una película de terror: “Los Talibanes, la secuela.?

Esta vez nuestro hombre en Kabul, el Presidente Hamid Karzai, introducía en vigor una Ley de Comportamiento Individual que asignaba la posición social más baja a las mujeres de la mayoría chiíta que componen el 10% de la población afgana. Negoció con las vidas de las mujeres en la lucha por el poder político igual que un niño, cortejando a la derecha religiosa en vísperas de las elecciones del verano.

La reacción internacional fue pronta y contundente. Los titulares rezaban “Violación marital” y “Mujeres esclavas sexuales de sus maridos.” Los activistas de los derechos humanos protestaron. El Presidente Obama declaró “repugnante” la ley.

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No me sorprendió el escándalo. Desde que comenzara la guerra afgana, nos aseguramos a nosotros mismos de que por encima de todo, teníamos una victoria moral. Habíamos liberado a las mujeres del gobierno de los Talibanes.

Antes del 11 de Septiembre, el mundo había hecho oídos sordos a las mujeres tapadas como si fueran setas azules bajo los burqas, que vivían bajo el arresto domiciliario de los Talibanes. No tenían un rostro público, no tenían una voz pública. No podían trabajar. No podían estudiar. Eran apaleadas por mostrar un tobillo y asesinadas ante la sospecha de una violación. Hasta tenían prohibido reírse.

Algunos vieron esto como la continuación de una arcaica cultura represora, pero la verdad era mucho más escandalosa. Las mujeres afganas habían ganado derechos despacio a lo largo del siglo XX. Ayudaron a redactar la constitución del país de 1964. Desempeñaron puestos en el parlamento e iban a la Universidad. Eran el 40 por ciento de los médicos y el 70% de los profesores. Entonces los Talibanes convirtieron su patria en una cárcel patriarcal.

Después de que invadiéramos el país que había brindado asilo a al-Qaeda, hasta el Presidente Bush describía repetidamente la emancipación de la mujer como uno de los méritos de la guerra. En su discurso de estado de la nación de 2002, afirmaba: “Las mujeres hoy son libres y forman parte del nuevo gobierno de Afganistán.” ¿Misión cumplida?

En la práctica, las mujeres de Kabul y de otras partes se quitaban sus burqas y las chicas iban al colegio. La nueva constitución afgana garantizaba igualdad y las cosas iban mucho mejor. Pero gradualmente, la atención estadounidense se desvió y los Talibanes y los señores de la guerra empezaron a volver.

¿Los Talibanes, la secuela? En 2007, 236 centros escolares que enseñaban a chicas fueron reducidos a cenizas. En 2008, se produjeron ataques a 256 escuelas que dejaron 58 muertos. Han matado a los profesores delante de los estudiantes y las estudiantes han sido atacadas con ácido. Los crímenes de honor proliferan, los burqas vuelven a verse en muchos lugares. Una anciana de 75 años era clavada en un árbol y asesinada, y un legislador afgano permitió que su hija fuera raptada por un marido después de casarse con una segunda esposa.

La lista prosigue mientras un Karzai cada vez más débil aplaca a los señores de la guerra, lejos de la atención pública.

??Las mujeres son el canario de la mina de carbón,” dice Ellie Smeal, de Mayoría Feminista, que se centra en las mujeres afganas cuando están de moda y cuando no lo están. ??Hay una campaña de terror en marcha por parte de estas fuerzas reaccionarias de corte Talibán,” dice, añadiendo que, “Ahora de pronto recibe la atención de la gente.?

En ocasiones se necesita una ley religiosa que recoge la violación marital para llamar nuestra atención. A veces, a esos efectos, se necesita de un video del móvil de una chica de 17 años que es azotada en Pakistán para obligarnos a ver lo que sucede cuando un gobierno intenta canjear parte de una provincia por la paz. Pero muchos dramas diarios siguen siendo invisibles.

Esta vez el escándalo mundial ha conducido a Karzai a prometer “revisar” la ley.

Pero si esa mayoría chiíta es salvada de que su represión sea legal, ¿volveremos a ignorar la lucha por todas las mujeres afganas?

“Los derechos humanos no son un concepto occidental,” dice Sima Samar, presidenta de la comisión de derechos humanos afgana,” sino universal, y necesario para todos los seres humanos.? En alguna parte del sur de Afganistán otra niña está siendo “protegida” de ir al colegio, otra mujer ocultada en el anonimato de un burqa suplica un permiso para traspasar la puerta de su casa. Esto está sucediendo delante de nuestras narices. Tengamos los ojos muy abiertos.

Ellen Goodman
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