E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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WASHINGTON — Al cierre de los colegios electorales en Carolina del Sur el sábado, me encontraba por casualidad en el vestíbulo de un hotel de Charleston donde unas parejas vestidas elegantemente se dirigían a un acto social de etiqueta. Una mujer se detuvo y preguntó si tenía alguna noticia de los resultados.

“Newt se lo lleva de calle”, dije.

El rostro de la mujer se descompuso. “Pero si gana Newt”, se lamentaba, “entonces ganará Obama”.

Con la salvedad de que no hay garantías, tiene parte de razón.

Newt Gingrich se alzó con una sorprendente victoria en las primarias Republicanas el sábado, dando una paliza a Mitt Romney y reactivando una batalla por la candidatura que parecía estar cantada. En medio de todo el nerviosismo, es fácil perder de vista el hecho de que América lleva tres décadas conociendo a Gingrich — y no le gusta nada.

La prueba más reciente se encuentra en el sondeo realizado los días 12 a 14 de enero por Fox News entre los votantes registrados de todo el país — no sólo los Republicanos sino también los Demócratas y los independientes — demostrando que el 56% de los encuestados tiene una opinión desfavorable de Gingrich, mientras que sólo el 27% le ve con buenos ojos. En otras palabras, sus detractores superan a sus admiradores 2 a 1.

Por el contrario, el 51% de los encuestados en el sondeo de la Fox tenía una opinión favorable del Presidente Obama, mientras el 46% tenía una opinión desfavorable. Por un margen más o menos parecido, los votantes tenían una opinión positiva de Romney. Las opiniones de Ron Paul y Rick Santorum eran ligeramente negativas, demuestra la encuesta, pero sólo por unos puntos porcentuales. Ninguna figura pública mencionada en el sondeo era remotamente tan impopular como Gingrich.

Y tampoco es que no se conozca al caballero. Tiene fama prácticamente universal, superando el 92% en el sondeo de la Fox y todavía más en otros sondeos. Los estadounidenses parecen decir: “Sí, conocemos a Gingrich hace tiempo y no, no nos cae muy bien”.

Resultados prácticamente idénticos — 58% desfavorable, 28% favorable — eran arrojados por un sondeo de CNN a principios de este mes. Y esta antipatía hacia Gingrich no es nada nuevo. Una lista de encuestas a lo largo de los dos últimos años, recopiladas por el portal TalkingPointsMemo, demuestra que el mercurial Gingrich es consistente en un aspecto por lo menos: su impopularidad.

Es una barrera enorme que se interpone entre Gingrich y el que él parece convencido de que es su destino — la presidencia. Es bastante difícil para un neófito forjarse una imagen positiva, como hizo Obama en 2007 y 2008. Es mucho más difícil desafiar a alguien tan familiar como Gingrich a cambiar la percepción de la gente.

¿Deberían estar saltando pues los corchos de champán en la Casa Blanca? No, o todavía no por lo menos.

Es importante recordar que con el paro en el 8,5% y con los Republicanos habiendo logrado una victoria arrolladora en 2010, Obama tiene de cara el viento electoral. La popularidad del presidente — en contraste con su popularidad personal más favorable — ha mejorado, pero sólo hasta rozar el 45%.

Y aunque la mayoría de las encuestas de comparación demuestran que Obama aniquilaría a Gingrich en noviembre, sigue siendo difícil imaginar que Gingrich vaya a ser el candidato.

Aquella mujer enjoyada y engalanada que me preguntaba tan impacientemente por los resultados electorales en Charleston era la viva imagen de la institución Republicana, e intuí en su voz más decisión que desprecio. Es seguro dar por sentado que el imperio va a contraatacar, empezando por un ataque desmesurado a la insurgencia Gingrich en Florida.

Romney sigue teniendo considerables ventajas. Está organizado y dotado de personal competente en cada estado, a diferencia de Gingrich, que ni siquiera aparece en las listas de algunos comicios — en las importantes primarias de Virginia, por ejemplo. La campaña de Romney tiene toneladas de dinero. Y aunque la aprobación de la institución no es lo que era, sí cuenta para algo.

Pero a lo mejor lo más importante que aprendimos en Carolina del Sur es que Romney tiene vulnerabilidades reales. La gestión por su parte de los interrogantes a tenor de su patrimonio — cómo lo ganó, cuánto tributa, por qué tiene aparcadas parte de sus inversiones en las Islas Caimán — manifiesta una impactante falta de preparación. Dejó que Gingrich le afectara de formas difíciles de olvidar. A la hora de hacer cuentas, fue vapuleado por uno de los políticos más impopulares del país.

El principal gancho de Romney, de pronto — que sea el que puede derrotar a Obama — es puesto en tela de juicio. Sí, los sondeos le sitúan en empate técnico con el presidente. Pero hace un par de semanas, los sondeos le situaban 20 puntos por delante de Gingrich. Mire lo que ha pasado.

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