E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. “¡Que sale Lena Horne!”

Cuando era joven, esas palabras eran la señal de dejar todo y correr al salón, donde Ed Sullivan o Perry Como o Dean Martin acababa de presentar a la próxima artista. En aquel momento no entendía por qué era impensable perderse alguna de las apariciones de Horne. No me daba cuenta de que era una de las artistas estadounidenses más significativas del siglo XX — y desde luego no me daba cuenta de lo marcada que estaba por su pionero éxito.

Horne, que falleció el domingo a los 92 años, era una infiltrada. Atravesaba con confianza puertas que habían estado cerradas a los artistas afroamericanos, y fue capaz de hacerlo porque la audiencia blanca no sólo la consideraba hermosa y con talento, sino también nada amenazante. Más adelante, dio alguna idea de lo difícil que había sido interpretar ese papel.

“Mi identidad está muy clara para mí ahora mismo”, declaró cuando tenía 80 años. “Soy una mujer negra. Soy libre. Ya no tengo que ser un ‘referente’. No tengo que ser un símbolo para nadie; no tengo que ser la favorita de nadie. No tengo que ser la imitación de la mujer blanca que Hollywood esperaba más o menos que me convirtiera. Soy yo, y soy única”.

En la práctica era distinta. Tenía piel oscura, con el suficiente bronceado en su complexión como para hacer evidente que no era blanca. Su nariz era aguileña, casi respingona; su pelo, en la moda de la época, siempre estaba planchado. Era, se mire por donde se mire, un bellezón. Pero sabía que la ambigüedad racial de su apariencia le permitía alcanzar un nivel de estrellato inalcanzable para los cantantes y los actores que se aproximaban más a la imagen de “negro” que tenían los blancos de América.

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No había ambigüedad, sin embargo, en su imagen de sí misma como mujer negra — ni en sus claras opiniones sociales y políticas. Fue la primera artista negra en firmar un contrato a largo plazo con uno de los principales estudios de Hollywood, ganando 1.000 dólares a la semana de MGM en los años 40; ganó miles más haciendo bolos en la radio y los clubs, y en 1945 era descrita en un artículo de revista como “la principal artista negra de la nación”.

MGM la encajó en una serie de musicales, grabando no sólo su voz sino su belleza y su sofisticación. Pero el estudio se aseguró de que sus escenas pudieran ser editadas con facilidad de las películas destinadas a exhibirse en los locales del Sur, donde la audiencia no habría aceptado un actor negro que no interpretara el papel de un salvaje o un criado. Al mismo tiempo, Horne era envidiada y hasta criticada por otros actores negros en Hollywood obligados a interpretar papeles de salvajes o criados para tener algún papel.

“No me daban papeles de sirvienta, pero tampoco me daban grandes papeles”, escribía Horne en su autobiografía. “Me convertí en la mariposa de exposición, cantando en la meca del cine”.

Horne fue siempre clara en cuestiones de derechos civiles. Durante la Segunda Guerra Mundial, denunció la forma en que eran tratados los soldados negros en el Ejército segregado — los que la habían convertido en la chica de portada popular, esencialmente la Betty Grable negra. Su negativa a actuar para audiencias segregadas le valió la expulsión de las giras para animar a las tropas.

Horne achacaba a su activismo y sus amistades la decadencia de su carrera cinematográfica después de que el contrato con MGM expirara en 1950; el actor Paul Robeson y el académico W.E.B. Du Bois, conocidos ambos por sus opiniones de extrema izquierda, se contaban entre sus amigos íntimos. No hay pruebas sin embargo de que fuera vetada realmente. Los gustos cambian, y los musicales pasaron de moda. Para cuando los actores negros empezaron a interpretar papeles de cierta carga dramática en las películas, a Horne ya se le había pasado el momento.

Ella no era una gran cantante como Ella Fitzgerald o Sarah Vaughan. Hattie McDaniel y Dorothy Dandridge eran mejores actrices. Pero Lena Horne fue una figura mucho más importante de la historia social estadounidense, porque fue capaz de superar el vacío entre blancos y negros como nadie. Podía ser franca, hasta estridente en su defensa de los derechos civiles; podía ser una mujer negra orgullosa defensora de las causas afroamericanas y que se negaba a pasar al anonimato. Pero sabía hacer todo esto sin parecer nunca ajena.

Podía aparecer en el programa de Ed Sullivan y cantar “Stormy Weather”, y llenar el escenario — una revolucionaria glamorosa y elegante que ayudó a cambiar la forma en que los estadounidenses distinguen entre blancos y negros.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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