E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. El escándalo a cuenta de las directrices de quita y pon en torno a cuándo deben hacerse mamografías las mujeres es prueba de lo que salta a la vista: una reforma de la sanidad que controle realmente el gasto – y que no sólo lo pretenda simplemente – será prácticamente imposible de lograr.
Y digo ??será? porque ninguno de los voluminosos proyectos de reforma que circulan por las Cámaras en carretilla ni siquiera llega a intentar afrontar el factor central que descarrila el gasto, que es que cada uno de nosotros queremos la vida más larga y sana que la ciencia médica pueda ofrecer. Igual que toda política parte a nivel local, toda política sanitaria parte a nivel individual. Escatimar en las pruebas y las operaciones de los demás vale la pena intentarse, pero que nadie juegue con las mías.
A nivel intelectual, es simple entender el motivo de que para las mujeres sin factores de riesgo especiales para desarrollar un cáncer de mama pueda tener sentido esperar hasta los 50 años, en lugar de los 40, para empezar a hacerse mamografías con regularidad. El análisis realizado por el Grupo de Estudio de Servicios Preventivos de los Estados Unidos, que hace la recomendación, suena lógico. Según el panel, la friolera de un 10% de las mamografías arrojan un falso positivo que conduce a injustificadas preocupaciones y procedimientos innecesarios, como las biopsias. En un pequeño número de casos, las mujeres son sometidas a tratamientos oncológicos e incluso a mastectomías que no necesitan.
Este perjuicio, razona el grupo de estudio, desborda a los beneficios de descubrir un número relativamente escaso de casos de cáncer de mama de rápido crecimiento y elevado riesgo en mujeres de 40 y tantos a través de la realización de mamografías anuales. También es cierto que esperar a hacerse mamografías hasta que una mujer cumple los 50 años — y reducir la frecuencia a una vez cada dos años, como recomienda el grupo de estudio — ahorraría una parte de los más de 5.000 millones de dólares que se dedican a mamografías cada año en los Estados Unidos.

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El problema reside en esos relativamente pocos casos en los que la mamografía sí descubre que una mujer de 40 y tantos tiene un tumor que amenaza su vida, y cuando la detección temprana salva su vida. Esta situación puede parecer muy infrecuente, pero es real. Teniendo en cuenta las opciones, muchas mujeres van a preferir asegurar que lamentar — y la seguridad cuesta dinero.
El dilema análogo de los varones está relacionado con el cáncer de próstata: ¿deben realizarse los varones un análisis de sangre que determina la presencia del antígeno prostático específico (PSA), y si es así, con qué frecuencia? Unos niveles elevados del antígeno sugieren, pero no anuncian, la presencia de un cáncer de próstata, y no informan en absoluto de la progresión del probable tumor.
En mi caso, la cuestión de hacerse o no la prueba no tiene dudas: los varones afroamericanos tienen un riesgo elevado de desarrollar cáncer de próstata, y los análisis de niveles PSA están incluidos en el chequeo anual que me hago desde que cumplí los 40. Más vale prevenir que lamentar. Pero si los niveles se disparasen de pronto y se descubriera un tumor, tendría que decidir si se trata agresivamente — con radioterapia o cirugía, cada uno con sus riesgos y efectos secundarios ?? u optar por un período de “vigilancia?. Muchos cánceres de próstata se desarrollan tan lentamente que el paciente se muere de viejo antes de que el tumor se convierta en un problema.
En otras palabras, algunos caballeros se someterán a los análisis PSA un año tras otro, sometiéndose a continuación a un tratamiento oncológico caro, para curar una enfermedad que en última instancia no amenazaba sus vidas. La Sociedad Oncológica Norteamericana recomienda que los médicos discutan los pros y los contras de la supervisión de los niveles del antígeno con los pacientes, pero no recomienda a continuación que se supervisen los niveles de todos los varones. El pasado marzo fueron publicados dos estudios diferentes en el New England Journal of Medicine: uno concluía que los análisis PSA salvan vidas, el otro que no.
Pero las pruebas del antígeno se han vuelto tan rutinarias, al igual que las mamografías, que dudo que muchos estén dispuestos a prescindir de ellas. Cada uno de nosotros debemos hacernos esta pregunta: ¿Qué cantidad de pruebas y tratamientos caros, punteros e innecesarios estoy dispuesto a obligar a financiar a nuestro sistema sanitario de descontrolado gasto para salvar una vida, si la vida en cuestión me pertenece a mí o a un ser querido? La respuesta honesta creo que es: una auténtica barbaridad.
La solución honesta es una palabra inmencionable: racionamiento. Nuestro sistema ya raciona la atención basándose en el poder adquisitivo del paciente. Las aseguradoras administran ciertas pruebas y procedimientos quirúrgicos basándose en la edad, los factores de riesgo y lo que con frecuencia parece más la suerte. Este racionamiento improvisado no funciona muy bien, y no hay nada contenido en ninguno de los proyectos de reforma que aborde siquiera el consenso básico que hace que el gasto siga creciendo: puede cerrar el grifo al gasto de todos los demás, pero al mío no.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.

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