E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson-Washington. Una de las pequeñas ironías del escándalo del obispo Eddie Long es la queja autocompadeciente del predicador, en un sermón dominical examinado por los abogados de su defensa, en el que dice sentirse “igual que David contra Goliat”.

¿En serio? Vamos a ver, por un lado tenemos a uno de los ministros religiosos más destacados e influyentes del país, el pastor de una gigantesca iglesia de los barrios residenciales de Atlanta que presume de tener 25.000 fieles. Por la otra, tenemos a cuatro jóvenes que en sus demandas dicen que Long se aprovechó de su ministerio religioso para seducirles y obligarles a mantener mediante coacción relaciones sexuales con él. Al contrario que el obispo, hasta donde sé, ninguno de los acusados va por ahí transportado en un Bentley. Ni es atendido constantemente por un séquito de ayudantes y gorilas. Ni cultiva ni mantiene amistades próximas con políticos famosos, deportistas de élite ni figuras de la televisión.

Estoy bastante seguro de que el predicador entiende al revés todo el asunto de David y Goliat.

Una ironía mucho mayor, por supuesto, es que Long venga siendo un veterano cruzado contra el matrimonio homosexual — y contra la homosexualidad en general. Y la ironía más grande de todas es que sus tan públicos problemas pueden obligar a la iglesia afroamericana a plantar cara de una vez a su larga trayectoria de hipocresía homófoba.

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Iniciando su andadura en 1987 con apenas 300 fieles, Long levantó el Templo Baptista Misionero del Nuevo Nacimiento convirtiéndolo en una de las dos o tres mayores y más importantes congregaciones negras del país. El complejo del templo, de 1 kilómetro cuadrado, está ubicado en DeKalb County, una de las jurisdicciones de mayoría negra más acaudaladas del país. La iglesia es popular entre los famosos negros de Atlanta, y su éxito ha convertido también a Long en alguien famoso.

En el año 2004, Long encabezó una marcha hasta la tumba de Martin Luther King Jr. en apoyo a la enmienda constitucional de Georgia que prohíbe el matrimonio homosexual. Dos años más tarde, cuando se decidió que el funeral de Coretta Scott King se celebraría en el Nuevo Nacimiento — la hija de King, Bernice, es una de las oficiantes allí — el activista veterano de los derechos civiles Julian Bond se escandalizaba. “Yo conocí su postura hacia los derechos de gays y lesbianas”, decía de Coretta King. “Simplemente no me puedo imaginar que quisiera estar en esa iglesia con un oficiante de ceremonias que es un homófobo furibundo”.

La iglesia negra de América mezcla desde hace mucho tiempo el activismo político con un acusado conservadurismo social. Pero mientras que las encuestas muestran que la nación se ha vuelto más tolerante y abierta con la homosexualidad, la congregación negra se ha vuelto dolorosamente reticente al cambio. Hace varios años escribí una columna sugiriendo que los ministros negros bajaran de los púlpitos y empezasen a conocer a sus feligreses — y sigo pensando que sería un buen punto de partida.

“Es probablemente el momento más difícil de toda mi vida”, decía Long en su sermón dominical. “Se han presentado denuncias en mi contra y se me ataca. Nunca en toda mi vida me he presentado como el hombre perfecto. Pero yo no soy el hombre que aparece retratado en televisión. Ese no soy yo. Ese no soy yo”.

¿Quién es entonces Eddie Long? ¿El honrado padre de familia con cuatro hijos que subió al púlpito de la mano con su esposa y denunció — pero no negó — las alegaciones vertidas en su contra? ¿O el artista de la manipulación sexual que, según sus cuatro acusadores, no practica lo que predica ni remotamente?

Los cuatro caballeros, en sus demandas civiles, cuentan historias notablemente parecidas. Afirman que Long se tomaba un especial interés con algunos de los jovencitos que asistían a su iglesia de Atlanta y a un templo afiliado en Charlotte, N.C. Dicen que a continuación se los llevaba de convivencias por separado a lugares como Kenia, Sudáfrica o Nueva Zelanda mientras eran adolescentes — pero mayores que la edad legal para mantener relaciones en Georgia, que es 16 años.

Los caballeros dicen que Long les colmaba de regalos caros, incluyendo coches y joyería, y les conducía de forma gradual a la actividad sexual, citando pasajes bíblicos como justificación. Uno de los caballeros afirma que Long ofició una ceremonia religiosa “de unión” con él que suena notablemente parecida a un intercambio de votos matrimoniales.

Supongo que tal vez Long tiene por decidir ciertas cuestiones de identidad sexual. Podría elegir plantar cara y enfrentarse a las respuestas, o puede que no lo haga. Pero mientras tanto, los predicadores y los fieles afroamericanos de todo el país están mirando — y, espero, aprendiendo.

“Ese no soy yo”, decía Long. ¿Pero qué pasa si lo fuera?

Nada que descubra sobre sí mismo puede negar todas las buenas obras que ha realizado en su ministerio religioso — todas las personas cuyas vidas ha cambiado con un mensaje de fe y esperanza. Tal vez pueda perdonarse. Después tal vez pueda perdonar a todos los gays y lesbianas a los que condena insensiblemente.

Eugene Robinson
Premio Pulitzer 2009 al comentario político.
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