E. Robinson

Premio Pulitzer 2009, Catedrático Neiman de Periodismo en Harvard y Editor de la sección Exterior del Washington Post.

 

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Eugene Robinson – Washington. Los Demócratas de la Cámara harán bien en empezar a tomar en serio las denuncias éticas del Representante Charlie Rangel. Sé que es difícil de entender para los inmersos en la cultura hermética del Capitolio, pero un veredicto de “se cometieron errores” ?? al que les gustaría llegar a muchos Demócratas ?? en el mundo real no se contempla. Por extraño que parezca. En serio.

Los Republicanos, debo señalar, están siendo abiertamente hipócritas al pedir la dimisión inmediata de Rangel, que ha pasado cuatro décadas en la Cámara, como presidente del Comité de Asignaciones ?? un cargo que le convierte en uno de los hombres más poderosos de Washington. Esos mismos Republicanos estaban encantados de conservar como secretario de la mayoría al expulsado del “Mira quién baila” Tom DeLay mientras tuvo encima nubarrones éticos del tamaño de un monzón.

Pero sólo porque los Republicanos adopten posturas de cara a la galería para fines políticos no significa que los Demócratas puedan hacer lo mismo sin pagar un precio. Si usted logra grandes mayorías tanto en la Cámara como en el Senado arremetiendo contra la “cultura de corrupción” de Washington, como hizo el Partido Demócrata, los votantes tienden a hacerse la extravagante idea de que en realidad usted habla en serio.

Las violaciones del código ético que presuntamente ha cometido Rangel son, inconvenientemente para él, fáciles de entender para cualquiera. La más grave quizá es la acusación de que defraudó impuestos por valor de 75.000 dólares en el impuesto sobre la renta obtenidos de alquilar una casa en primera línea de playa de la que es propietario en la República Dominicana. Tratándose del presidente del Comité de la Cámara encargado de redactar la legislación fiscal, defraudar su parte los impuestos sería presuntamente igual de malo que, digamos, un secretario del Tesoro que no paga impuestos. Espera, tal vez sea un mal ejemplo.

La presunta violación del código más impresionante es algo más que un tecnicismo: en su declaración fiscal, Rangel olvidó incluir activos por valor superior a los 500.000 dólares. No es probable que al ciudadano medio se le olviden de alguna manera medio millón de dólares, puesto que el ciudadano medio no  tiene  medio millón de dólares ni por asomo.

Y no estamos hablando de pasar por alto fácilmente activos de estilo “Antiques Roadshow” – un lienzo polvoriento guardado en el ático que resulta ser la obra de uno de los grandes maestros, o una silla desvencijada guardada en el sótano que los expertos datan del siglo XVIII. Lo que Rangel no declaró era líquido — una cuenta en el credit union cuyo saldo superaba los 250.000 dólares y una cartera de inversiones valorada también en más de 250.000 dólares- además de algunos inmuebles de los que es propietario en Nueva Jersey y diversos títulos accionariales.

Estas omisiones salieron a la luz después de que Rangel presentara la declaración de bienes obligatoria, de manera que se denunció sólo. Pero ya estaba en el punto de mira por otros presuntos errores, incluyendo el haber alquilado varios apartamentos en Nueva York de renta antigua — uno de los cuales utilizó como sede de campaña — a un valor inferior al mercado, incluso si se supone que los apartamentos deben utilizarse como residencia principal del inquilino. Técnicamente, esto se podría considerar un regalo ilegal del casero a Rangel. Esta acusación probablemente se inscribiría en la categoría del “demasiado retorcido para molestarse.”

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Y otra acusación encaja en la categoría del “demasiado trivial para mencionarse” — que Rangel utilizó su documentación oficial para pedir fondos destinados a un nuevo centro educativo que será bautizado en su honor en la Universidad pública de Nueva York.

El Comité de ?tica de la Cámara está investigando las denuncias y parece estar tomándose su tiempo. Si estuviéramos hablando del mal uso de la cabecera de un documento oficial o de apartamentos de la renta controlada, estaríamos dentro del territorio del “se cometieron errores.” La omisión en la declaración de las considerables cuentas del credit union y las carteras de inversión es más difícil de explicar, pero por lo menos no hay pruebas de que los fondos tuvieran procedencia dudosa. La cuestión fiscal es frontalmente problemática. No pagar impuestos va contra la ley.

El verdadero problema, sin embargo, es el retrato global de un bajá rico y privilegiado del Congreso que está más allá de los reglamentos. Es una imagen que eclipsa la larga e incansable labor de Rangel en la Cámara, en nombre de los necesitados y desposeídos. Me duele ver empañado su historial, porque me cae bien y le admiro. Pero es él quien lo empañó.

La presidenta de la Cámara Nancy Pelosi puede deber a Rangel su puesto, pero tiene que obligar al comité de ética a hacer su trabajo sin ningún trato de favor. Y tiene que contemplar la posibilidad de explicar a los votantes, llegado el próximo otoño, el motivo de que el hombre rico que fija sus impuestos defraudara los suyos.

Eugene Robinson
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